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Con mirada eucarística (mayo 2018)

10 mayo 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2018.

La madre es la belleza y la luz

Otra vez mayo. Otra vez la primavera brota en el color esperanzado de los verdes y el campo se llena con promesas de frutos y de espigas. Las calles de las ciudades se hacen luminosas. María, la madre, que hace pocas fechas reflejaba en su rostro la soledad por la muerte del Hijo, ahora nos muestra la sonrisa de la resurrección. Todo el universo tiene el aspecto de una flor inmaculada. Seguro que vosotros también os habéis preguntado más de una vez, lo mismo que nosotros, qué es eso de ser madre. En este mes de mayo dedicado a María, y con ella a todas las madres del mundo, vamos a intentar la osadía de dar una respuesta. La madre es la belleza.

María es la belleza tangible, palpable, visible, alcanzable, la que está al lado de nosotros, la que podemos saludar con nuestras manos, la que tiene formas y contornos, a la que se puede siempre apelar y recurrir porque es reconocible. María no es la belleza del abstracto, es la belleza con nombre. Mira que se la reconoce con infinidad de nombres: Virgen de los Llanos, de la Almudena, del Camino, de la Esperanza, de la Soledad, de las Angustias…, pero cuando sale a la calle todos la llamamos con el mismo nombre: Guapa. La madre tiene el don de ser siempre guapa para el hijo, aunque su piel se cruce de arrugas, aunque su pelo se pueble de nieve, aunque sus huesos se curven por el peso de los años. Siempre será guapa.

Un día se terminó el vino. El revuelo que se armó fue enorme. La desesperación cundió entre los hijos sin saber cómo solucionar tal dificultad sobrevenida. Hay en la vida muchos días como esos en los que no encontramos la salida. Dificultades económicas, familiares, de todo tipo, de convivencia, de salud, de trabajo… Ella está siempre ahí al lado, porque ella nunca muere, para indicarnos siempre la respuesta. La belleza de la madre consiste en que alguien haga un milagro por nosotros.

Esperanza nuestra
Cuando rezamos la Salve a María decimos: «Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra». Aun siendo muy importantes todos esos elogios, sin duda el más singular es el que cierra esa «y» («…y esperanza nuestra»), como si fuera el definitivo y sobre todo porque lo hacemos muy de nosotros, es nuestra esperanza, es la esperanza de todos nosotros. María, la madre, es ante todo la esperanza.

Es curioso que, cuando una madre lleva en el vientre a su hijo, digamos que se encuentra en estado de buena esperanza. Bien, no es curioso, es la pura realidad. No hay mayor esperanza que una mujer embarazada, porque es anunciadora de vida.

En otra ocasión, también otro día María, que esperaba a su hijo, fue a visitar a su prima Isabel, que a su vez también esperaba a su hijo. Dos mujeres, dos madres, repletas de esperanza como no podía ser de otra manera. Y ambas, cada cual a su manera, manifiestan entre otras muchas cosas que les inunda la alegría, la felicidad, como si se tratara de un desbordamiento incontenible.

Exclama Isabel: «Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas» (Lc 1, 45). Dice María: «En adelante todos los hombres dirán que soy feliz» (Lc 1, 48). Donde hay esperanza hay alegría, hay felicidad. Hay mucha tristeza desparramada por la vida. Demasiada niebla que no nos deja ver la luminosidad del sol, que existe; demasiadas dudas que nos impiden ver la verdad de las cosas, que también existe. En esas circunstancias la fe se tambalea, cuando no hace aguas y se marcha; y el amor se convierte en un señuelo de sí mismo, en una pantomima, en un parecido. La esperanza es el cimiento para creer y para amar. Ahí está la madre, siempre esperando, con la sonrisa puesta para abrazar al hijo.

Dio a luz a su hijo
«Dios es amor», dice en su carta el apóstol Juan (1Jn 4, 8). Y Jesús, el Hijo de Dios y de María, se proclama a sí mismo como luz del mundo: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8, 12). Él viene de la luz, y Dios hizo posible la luz a través de una mujer, de una madre. Si María no es la luz, como mínimo es el interruptor que hay que accionar para que se haga la claridad en la tiniebla. Precisamente la advocación de Virgen de la Luz puede encontrarse en múltiples lugares de la geografía española y universal. Concretamente en Cuenca, de donde procedemos, la Virgen de la Luz vigila a su ciudad desde la orilla del Júcar con ojos de piedad y alma de madre.

Luz para distinguir y aceptar la voluntad de Dios. Es mucho lo que le pidió el ángel a María en aquella mañana de marzo. Sabía lo que le esperaba, incluso más allá de la maledicencia, la calumnia y el posible desprecio de José. Le esperaba toda una carrera de sufrimientos hasta el final, hasta el pie de la cruz, donde estaba la madre dolorosa acompañando al hijo abandonado.

Luz para seguir a la verdad, aunque ello cueste muchas renuncias y sacrificios. Luz para cuidar, para velar, para mimar, para querer. Siempre la madre atenta para buscar al hijo que se ausenta, aunque este tenga sus motivos distintos, incluso superiores, como aquel del Jesús perdido por el templo. Son incontables las noches en blanco, las noches de cuidado y de vigilia, las noches de las madres. Luz para confortar, para consolar, para auxiliar, para la confidencia. Luz para comprender, para callar, para besar. Siempre. Porque para la madre el amor no tiene ninguna excusa. Luz que no se cansa, siempre ahí: «Madre, que no nos cansemos».

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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