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Catequesis del papa Francisco sobre la santa Misa (V)

15 mayo 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2018.

La Eucaristía fluye del corazón traspasado de Cristo

En la quinta catequesis del ciclo que el papa Francisco está dedicando a la Santa Misa explicó el significado de los Ritos de introducción, pórtico de la celebración eucarística. Puso de relieve que dichos Ritos están encaminados a «hacer que los fieles reunidos en la unidad construyan la comunión y se dispongan debidamente a escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía». Publicamos a continuación el texto, pronunciado en la Audiencia general del 20 de diciembre de 2017.


Queridos hermanos y hermanas: Hoy quisiera entrar en el corazón de la celebración eucarística. La Misa está compuesta por dos partes, que son la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, tan estrechamente unidas entre sí que constituyen un único acto de culto (cf. Sacrosanctum Concilium, 56; Instrucción General del Misal Romano [OGMR], 28).

Saborear su belleza
Introducida por algunos ritos preparatorios y concluida por otros, la celebración es por tanto un único cuerpo y no se puede separar. Para una mejor comprensión trataré de explicar sus diferentes momentos, cada uno de los cuales es capaz de tocar e implicar una dimensión de nuestra humanidad. Es necesario conocer estos signos santos para vivir plenamente la Misa y saborear toda su belleza.

Cuando el pueblo está reunido, la celebración se abre con los ritos introductorios, incluidas la entrada de los celebrantes o del celebrante, el saludo –«El Señor esté con vosotros», «La paz esté con vosotros»–, el acto penitencial –«Yo confieso», donde nosotros pedimos perdón por nuestros pecados–, el Kyrie eleison, el himno del Gloria y la oración Colecta. Se llama «oración Colecta» no porque allí se hace la colecta de las ofrendas: es la colecta de las intenciones de oración de todos los pueblos; y esa colecta de las intenciones de los pueblos sube al cielo como oración.

El fin de estos ritos introductorios es «hacer que los fieles reunidos en la unidad construyan la comunión y se dispongan debidamente a escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía» (OGMR 46). No es una buena costumbre mirar el reloj y decir: «Voy bien de hora, llego después del sermón y con esto cumplo el precepto». La Misa empieza con la señal de la cruz, con estos ritos introductorios, porque allí empezamos a adorar a Dios como comunidad. Y por esto es importante prever no llegar tarde, más bien antes, para preparar el corazón a este rito, a esta celebración de la comunidad.

El altar, figura de Cristo
Normalmente, mientras tiene lugar el canto de entrada, el sacerdote con los otros ministros llega en procesión al presbiterio, saluda al altar con una reverencia y, como signo de veneración, lo besa y, cuando hay incienso, lo inciensa. ¿Por qué? Porque el altar es Cristo: es figura de Cristo. Cuando miramos al altar, miramos donde está Cristo. El altar es Cristo.

Estos gestos, que corren el riesgo de pasar desapercibidos, son muy significativos, porque expresan desde el principio que la Misa es un encuentro de amor con Cristo, que «con la inmolación de su cuerpo en la cruz […] quiso ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar» (Prefacio de Pascua V).

El altar, de hecho, en cuanto signo de Cristo, «es el centro de la acción de gracias que se consuma en la Eucaristía» (OGMR 296), y toda la comunidad en torno al altar, que es Cristo; no por mirarse la cara, sino para mirar a Cristo, porque Cristo es el centro de la comunidad, no está lejos de ella.

La Cruz de Cristo
Después está el signo de la cruz. El sacerdote que preside lo hace sobre sí y hacen lo mismo todos los miembros de la asamblea, conscientes de que el acto litúrgico se realiza «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

Y aquí me detengo en un tema muy breve. ¿Vosotros habéis visto como se hacen los niños la señal de la cruz? No saben qué hacen: a veces hacen un gesto que no es la señal de la cruz. Por favor: mamá y papá, abuelos, enseñad a los niños, desde el principio –de pequeños– a hacer bien la señal de la cruz. Y explicadles qué es tener como protección la cruz de Jesús. Y la Misa empieza con la señal de la cruz.

Toda la oración se mueve, por así decir, en el espacio de la Santísima Trinidad –«En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo»–, que es espacio de comunión infinita; tiene como origen y como fin el amor de Dios Uno y Trino, manifestado y dado a nosotros en la Cruz de Cristo. De hecho su Misterio pascual es don de la Trinidad, y la Eucaristía fluye siempre de su corazón traspasado. Persignándonos, por lo tanto, no solo recordamos nuestro Bautismo, sino que afirmamos que la oración litúrgica es el encuentro con Dios en Cristo Jesús, que por nosotros se ha encarnado, ha muerto en la cruz y ha resucitado glorioso.

Sinfonía orante
A continuación, el sacerdote dirige el saludo litúrgico con la expresión: «El Señor esté con vosotros» u otra parecida –hay varias–, y la asamblea responde: «Y con tu espíritu». Estamos en diálogo; estamos al principio de la Misa y debemos pensar en el significado de todos estos gestos y palabras. Estamos entrando en una sinfonía en la que resuenan varios tonos de voces, incluidos tiempos de silencio, para crear el acorde entre todos los participantes, es decir, reconocerse animados por un único Espíritu y por un mismo fin.

En efecto, «con este saludo y con la respuesta del pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia congregada» (OGMR 50). Se expresa así la fe común y el deseo mutuo de estar con el Señor y vivir la unidad con toda la comunidad.

Y esta es una sinfonía orante, que se está creando y presenta enseguida un momento muy conmovedor, porque quien preside invita a todos a reconocer los propios pecados. Todos somos pecadores. No lo sé, quizá alguno de vosotros no es pecador… Si alguno no es pecador que levante la mano, por favor, así todos lo vemos. Pero no hay manos levantadas, va bien: ¡tenéis buena la fe!

Todos somos pecadores y por eso al inicio de la Misa pedimos perdón. Es el acto penitencial. No se trata solamente de pensar en los pecados cometidos, sino mucho más: es la invitación a reconocerse pecadores ante Dios y ante la comunidad, ante los hermanos, con humildad y sinceridad, como el publicano en el templo. Si realmente la Eucaristía hace presente el Misterio pascual, es decir, el paso de Cristo de la muerte a la vida, entonces lo primero que tenemos que hacer es reconocer cuáles son nuestras situaciones de muerte para poder resucitar con Él a la vida nueva.

Esto nos hace comprender lo importante que es el acto penitencial. Y por eso retomaremos el argumento en la próxima catequesis. Vamos paso a paso en la explicación de la Misa. Os pido: Enseñad bien a los niños a hacer la señal de la cruz, ¡por favor!

Papa Francisco
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