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La liturgia, encuentro con Cristo (junio 2018)

5 junio 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2018.

Celebrar el gran misterio de la cercanía de Dios

De entre las fiestas litúrgicas especiales que el Tiempo Ordinario nos regala, destaca una «que brilla más que el sol»: la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Esta fiesta es muy reciente en la liturgia de la Iglesia. Surge en el s. XIII con motivo de las revelaciones privadas a santa Juliana de Lieja (Bélgica).


Al principio se celebraba de modo particular en aquella ciudad, pero será el papa Urbano IV quien la extienda para toda la Iglesia con la bula Transiturus de hoc mundo (1264) atribuyendo el formulario del oficio y de la Misa al angélico doctor santo Tomás de Aquino, también del mismo siglo. Este formulario se ha conservado hasta hoy. Veamos su contenido.

Antífona de entrada
«El Señor los alimentó con flor de harina y los sació con miel silvestre». Tomado del Salmo 80, versículo 17. Estamos ante la tradicional antífona cibavit eos que da nombre a esta Misa. Con esta antífona, la liturgia nos sitúa en el núcleo de la fiesta: el alimento que nutre a los hijos de Dios. Este manjar viene descrito con dos ingredientes: uno sólido, la harina de trigo molido; y otro líquido, la miel pura que se extrae de los panales de la colmena. Ambos eran ofrecidos en el templo para el culto de Yahvé de ahí su gran significación en el mundo judío y, por tanto, su inclusión en el cristianismo, donde la flor de harina se amasará para producir las formas para ser consagradas y la miel dará lugar al fruto de la vida, imagen del vino con el que se llena la copa del cáliz de la Misa. Por tanto, entremos en la celebración con ánimo de saciarnos de los exquisitos manjares que el Señor nos brindará. Hoy es la fiesta del alimento.

Oración colecta
«Oh Dios, que en este sacramento admirable nos dejaste el memorial de tu pasión, te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención, Tú, que vives y reinas con el Padre…».

Esta oración está tomada del Misal romano de 1570. Estamos ante un prodigio de la ingeniería eucológica de santo Tomás de Aquino. Como particularidad de esta oración hemos de destacar que está dirigida a Jesucristo. Esto es una excepción en el conjunto oracional romano, pues lo normal es que la oración esté dirigida al Padre tal como lo dispuso en el canon 21 del Concilio de Hipona (390): «Cum altari adsistitur semper ad Patrem dirigatur oratio» («cuando se asiste al altar siempre sea dirigida la oración hacia el Padre»).

El segundo aspecto que destacamos en esta oración es el uso de la categoría teológica de memorial. El memorial es un concepto judío, incorporado al cristianismo, que, en síntesis, significa que la fuerza salvífica de los prodigios y hazañas del pasado pueden volver al presente afectando a quienes las recuerda, es decir, confiriendo esa misma gracia que se prefiguraba entonces. De tal modo esto es así, que con razón la Iglesia ha sostenido que la Eucaristía es la actualización incruenta del sacrificio de Cristo en la cruz.

Así pues, en virtud de esta actualización del misterio pascual de Cristo (la redención), al adorar tanto como se pueda el sacrosanto Cuerpo y Sangre del Señor podemos estar seguros de que estaremos recibiendo las gracias insondables y suficientes que de él se desprende.

Oración sobre las ofrendas
«Señor, concede propicio a tu Iglesia los dones de la paz y la unidad, místicamente representados en los dones que hemos ofrecido. Por Jesucristo, nuestro Señor».

También tomada del Misal romano de 1570. Dos son los dones por los que se ofrece el Cuerpo y la Sangre del Señor, pero ¿por qué dice la oración que están representados en estas ofrendas? En primer lugar, respecto del don de la paz: no podemos olvidar que Cristo, muriendo en la cruz, ofrece un sacrificio de expiación que busca reconciliar con Dios todos los seres del cielo y de la tierra (cf. Col 1,20), su sangre es signo de la paz entre Dios y los hombres. La alianza de amor, rota por el pecado de Adán, ahora se restablece por la sangre del Cordero, que habla mejor que la de Abel (cf. Heb 12,24).

En segundo lugar, respecto de la unidad, hemos de acudir al antiguo texto de la Didajé: «Como este fragmento estaba disperso sobre los montes, y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder, por Jesucristo, por los siglos» (IX). Aquí se hace un símil entre la dispersión de los granos de trigo y la dispersión de los hijos de la Iglesia, y cómo en Cristo, ambos forman una unidad, pues tanto los granos como los fieles dispersos, se unen para formar el único Cuerpo del Señor. De este modo, vemos que los dones de la paz y la unidad expresados en el ofertorio hacen referencia a una realidad eclesial: la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia (cf. Henri de Lubac).

Antífona de Comunión
«El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él, dice el Señor» (cf. Jn 6,57).

En este momento de la celebración ya no es flor de harina ni miel silvestre lo que se nos da a comer, sino el mismo Cuerpo y Sangre de Jesucristo; garantía de su presencia entre nosotros. Vuelve a aparecer aquí el misterio de la inhabitación: Dios quiere hacer morada en nosotros y esto se hace realidad, de manera excelente, en virtud de la Comunión sacramental. Recibir este sacramento crea entre Dios y nosotros un vínculo fuerte que se va acrecentando poco a poco hasta alcanzar su culmen en el cielo. Por eso es importante comulgar frecuentemente, y hacerlo siempre en gracia de Dios.

Oración después de la Comunión
«Concédenos, Señor, saciarnos del gozo eterno de tu divinidad, anticipado en la recepción actual de tu precioso Cuerpo y Sangre. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos». Tomada del Misal romano de 1570. Esta breve oración expone de manera sencilla la dimensión escatológica de la Eucaristía, esto es, la Eucaristía como prenda de la gloria futura, como viático para ir al cielo, como anticipo de la eternidad.

Visión de conjunto
Como cada año, la festividad del Corpus trae a nuestra contemplación uno de los misterios centrales de nuestra fe católica: la presencia real de nuestro Señor Jesucristo bajo las especies de pan y de vino; o lo que es lo mismo: la conversión de toda la sustancia del pan y del vino en la sustancia del Cuerpo y Sangre de Jesucristo. A esta conversión la llamamos transubstanciación. Desde el inicio del cristianismo siempre se tuvo muy claro que este prodigio era real en virtud de las mismas palabras que el Señor había dicho. Desde la mañana de Pascua la Iglesia no ha cesado de creer en que en el pan y en el vino, Cristo estaba presente; pero no es menos cierto, que la forma de comprender y entender este misterio se fue perfilando a lo largo de los siglos.

La fe en el misterio eucarístico ha sido siempre fundamental en el conjunto dogmático católico. No se puede ser verdaderamente católico si no se cree con fe firme y sincera en la presencia real y verdadera del Cuerpo, Sangre, alma y divinidad de nuestro Señor Jesucristo bajo las especies de pan y de vino. Bien entendió esto el pueblo cristiano que siempre se volcó en celebrar con gran entusiasmo y profusión esta fiesta, hasta el punto de que aun hoy hay hermandades y cofradías en España que renuevan cada año su adhesión de fe a esta verdad con estas o parecidas palabras: «Y que estamos dispuestos, con el favor de Dios, a derramar hasta la última gota de nuestra sangre, si fuera necesario, en defensa de estas verdades, particularmente en la Confesión de la Real presencia de Jesucristo en el Sacramento adorable de la Eucaristía, y que la Santísima Virgen Madre de Dios y Madre Nuestra fue, por especial gracia y privilegio».

Nosotros, los católicos, al acercarnos al misterio de la Eucaristía hemos de tener presente aquella pregunta que Moisés le hace al pueblo hebreo «Porque, en efecto, ¿hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que lo invocamos?» (Dt 4,7). Y es que, efectivamente, la Eucaristía es el gran misterio de la cercanía de Dios y su presencia en medio de su pueblo. La Eucaristía hace posible que Jesús siga caminando al paso de su grey. Sin Eucaristía no hay vida cristiana que se precie. La Eucaristía ha de ser el imán de atracción de las almas porque es allí donde reside el Amor. La Eucaristía es el alimento celestial del cual se sacian los ángeles del cielo y también nosotros podemos saciarnos. Así lo entendió san Manuel González, hombre eucarístico por excelencia que hasta en su muerte quiso ser el gran profeta de la Eucaristía: «Pido ser enterrado junto a un Sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No dejadle abandonado!».

Francisco Torres Ruiz, Pbro.
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