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Catequesis del papa Francisco sobre la santa Misa (VI)

7 junio 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2018.

La gracia que renueva el corazón

Continuamos la publicación del ciclo de catequesis que el papa Francisco ha dedicado a la santa Misa. En la sexta reflexiona sobre el acto penitencial, momento en el que se nos invita a dejarnos envolver por la mirada misericordiosa de Dios para abrirnos a la gracia que renueva el corazón. Publicamos a continuación el texto pronunciado por el santo padre en la Audiencia general del pasado 3 de enero.

Queridos hermanos y hermanas: Retomando las catequesis sobre la celebración eucarística, consideramos hoy, en nuestro contexto de los ritos de introducción, el acto penitencial. En su sobriedad, favorece la actitud con la que disponerse a celebrar dignamente los santos misterios, o sea, reconociendo delante de Dios y de los hermanos nuestros pecados, reconociendo que somos pecadores. La invitación del sacerdote, de hecho, está dirigida a toda la comunidad en oración, porque todos somos pecadores. ¿Qué puede dar el Señor a quien ya tiene el corazón lleno de sí, del propio éxito? Nada, porque el presuntuoso es incapaz de recibir perdón, al estar lleno de su presunta justicia.

La voz de la conciencia
Pensemos en la parábola del fariseo y del publicano, donde solamente el segundo –el publicano– vuelve a casa justificado, es decir, perdonado (cf. Lc 18,9-14). Quien es consciente de las propias miserias y baja los ojos con humildad, siente posarse sobre sí la mirada misericordiosa de Dios. Sabemos por experiencia que solo quien sabe reconocer los errores y pedir perdón recibe la comprensión y el perdón de los otros.

Escuchar en silencio la voz de la conciencia permite reconocer que nuestros pensamientos están lejos de los pensamientos divinos, que nuestras palabras y nuestras acciones son a menudo mundanas, guiadas por elecciones contrarias al Evangelio. Por eso, al principio de la Misa, realizamos comunitariamente el acto penitencial mediante una fórmula de confesión general, pronunciada en primera persona del singular. Cada uno confiesa ante Dios y ante los hermanos «que ha pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión». Sí, también de omisión, o sea, que he dejado de hacer el bien que habría podido hacer. A menudo nos sentimos buenos porque –decimos– «no he hecho mal a nadie». En realidad, no basta con no hacer el mal al prójimo, es necesario elegir hacer el bien aprovechando las ocasiones para dar buen testimonio de que somos discípulos de Jesús.

Ante Dios y los hermanos
Está bien subrayar que confesamos tanto ante Dios como ante los hermanos ser pecadores: esto nos ayuda a comprender la dimensión del pecado que, mientras nos separa de Dios, nos separa también de nuestros hermanos, y viceversa. El pecado corta: corta la relación con Dios y corta la relación con los hermanos, la relación en la familia, en la sociedad, en la comunidad: El pecado corta siempre, separa, divide.

Las palabras que decimos con la boca están acompañadas del gesto de golpearse el pecho, reconociendo que he pecado precisamente por mi culpa, y no por la de otros. Sucede a menudo que, por miedo o vergüenza, señalamos con el dedo para acusar a otros. Cuesta admitir ser culpables, pero nos hace bien confesarlo con sinceridad. Confesar los propios pecados. Yo recuerdo una anécdota, que contaba un viejo misionero, sobre una mujer que fue a confesarse y empezó a decir los errores del marido; después pasó a contar los errores de la suegra y después los pecados de los vecinos. En un momento dado, el confesor dijo: «Pero, señora, dígame, ¿ha terminado? Muy bien: usted ha terminado con los pecados de los demás. Ahora empiece a decir los suyos». ¡Decir los propios pecados!

La comunión de los santos
Después de la confesión del pecado, suplicamos a la bienaventurada Virgen María, a los ángeles y a los santos que intercedan por nosotros ante el Señor. También en esto es valiosa la comunión de los santos: es decir, la intercesión de estos «amigos y modelos de vida» (Prefacio del 1 de noviembre) nos sostiene en el camino hacia la plena comunión con Dios, cuando el pecado será definitivamente cancelado. Además del Yo confieso, se puede hacer el acto penitencial con otras fórmulas, por ejemplo: «Señor, ten misericordia de nosotros. / Porque hemos pecado contra ti. / Muéstranos, Señor, tu misericordia. / Y danos tu salvación» (cf. Sal 123,3; 85,8; Jer 14,20). Especialmente el domingo se puede realizar la bendición y la aspersión del agua en memoria del Bautismo (cf. OGMR, 51), que cancela todos los pecados. También es posible, como parte del acto penitencial, cantar el Kyrie eléison: con una antigua expresión griega, aclamamos al Señor –Kyrios– e imploramos su misericordia (ib., 52).

Quitar la máscara
La Sagrada Escritura nos ofrece luminosos ejemplos de figuras penitentes que, volviendo a sí mismos después de haber cometido el pecado, encuentran la valentía de quitar la máscara y abrirse a la gracia que renueva el corazón. Pensemos en el rey David y en las palabras que se le atribuyen en el Salmo. «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa» (Sal 51,3).

Pensemos en el hijo pródigo que vuelve a su padre; o en la invocación del publicano: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!» (Lc 18,13). Pensemos también en san Pedro, en Zaqueo, en la mujer samaritana. Medirse con la fragilidad de la arcilla de la que estamos hechos es una experiencia que nos fortalece: mientras que nos ayuda a ser conscientes de nuestra debilidad, nos abre el corazón para invocar la misericordia divina que transforma y convierte. Y esto es lo que hacemos en el acto penitencial al principio de la Misa.

Papa Francisco
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