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Historias de familia (junio 2018)

24 junio 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2018.

Tocado por «la sonrisa triste de la Virgencita blanca»

Son muchas las veces que en los escritos de san Manuel González encontramos mención a la «Virgencita blanca», expresión cariñosa que usará para referirse a la imagen de la Inmaculada que se venera en Lourdes desde 1862. Sabemos que, siendo arcipreste de Huelva, llegó allí por primera vez en 1907 y, como recoge Campos Giles, en ocasiones manifestó lo especial que resultó para él aquella visita. Serían muchas las veces que buscó el refugio y la paz de la Gruta «en la que estuvo Ella».

La sección de noticias del Boletín Oficial Eclesiástico del Arzobispado de Sevilla, publicaba el 27 de junio de 1907: «El Centro Católico de Huelva, con el beneplácito y bendición del Ilmo. Sr. Vicario Capitular de la Diócesis, ha organizado una peregrinación a Lourdes». Se anunciaba que el viaje se realizaría saliendo de Huelva el 13 de agosto y regresando a esta ciudad el 23 o 24. No podía faltar la referencia a los precios; los billetes de ida y vuelta, en tren especial, costaban 160 ptas. si se viajaba en primera clase, 120 si se escogía segunda clase, y 60 ptas. para quienes iban en tercera.

De camino a Lourdes
Estaba prevista una parada en Zaragoza, para visitar a la Virgen del Pilar en el día de la Asunción y al llegar a Lourdes la expedición onubense coincidiría con la Gran Peregrinación Nacional francesa. La noticia explicaba que se había buscado esta coincidencia para poder participar en los actos especiales que se organizaban durante la «Nacional», dando cuenta que «sólo durante la procesión del Santísimo Sacramento hubo el año pasado durante la presencia de la Nacional en Lourdes más de treinta curaciones milagrosas».

A través de la prensa conocemos del éxito de esta peregrinación que llevó a muchos onubenses hasta la Gruta de Lourdes, pues encontramos referencia a ella en varios periódicos. La revista Ilustración Católica. La hormiga de oro en su número de 31 de agosto de 1907 con el título «Peregrinación andaluza al Pilar de Zaragoza y a Lourdes» reproducía una foto del momento de la bendición a los peregrinos; debajo se podía leer la siguiente crónica: «Presidida por el Cura Párroco Rdo. D. Pedro Román, de la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Huelva, se ha realizado felizmente esta peregrinación, abundando las tiernas notas de una piedad entusiasta y de un fervor efusivo de las que guardarán los romeros perdurable recuerdo».

Contaba que en todas las estaciones de la línea aragonesa salían los vecinos a saludar a los romeros y que «dijo uno de los baturricos: Queremos mucho a los andaluces porque aquella es la tierra de María Santísima». Se explicaba que una vez en la basílica fueron recibidos por la Comisión precursora «dándose repetidos vivas a España, Huelva y Lourdes». El pie de foto indicaba que «el pendonista señalado con un aspa blanca es el del Círculo Católico de Huelva», aunque la verdad es que en la fotografía, pese a tener cierta calidad para ser una imagen de prensa de 1907, no resulta fácil reconocerle.

El primero de muchos viajes
En agosto de 1907 no había nacido El Granito de Arena, de modo que no contamos con una narración de aquel viaje hecha por el que fuera director y principal redactor de aquella publicación en esos sus primeros años, pero existen dos datos que nos ofrecen la certeza de que entre aquellos peregrinos se encontraba el joven arcipreste D. Manuel González.

Así, en la primera edición de la obra de Campos Giles, El Obispo del Sagrario Abandonado, (Palencia 1950, p. 348) podemos leer: «A Lourdes fue dos veces siendo Arcipreste de Huelva. La primera en una peregrinación salida de Sevilla en agosto de 1907. Luego más tarde volvió a Lourdes con motivo de su viaje a Roma en compañía del Cardenal Almaraz, en diciembre de 1912».

Por otra parte tenemos otro testimonio de aquella visita que resulta especialmente emocionante, pues por enésima vez se comprueba cómo las almas nobles y santas parecen llamadas a encontrarse e incluso contagiarse del amor de Dios.

Mateo Crawley-Boevey era un sacerdote de ascendencia inglesa que pertenecía a la Congregación de los Sagrados Corazones, fue el iniciador de la «Obra de la entronización del Sagrado Corazón» y viajó por todo el mundo difundiendo esta devoción. Nacido en Perú, de donde era su madre, residía desde muy joven en Valparaíso pero sus superiores decidieron enviarle a Europa en 1907, confiando en que de este modo pudiera recuperar su salud, muy minada a causa de su celo apostólico y de su afán de ayudar a los necesitados. Uno de sus biógrafos, el Prof. Salinas Araneda, ha escrito: «Una vez en Francia, el 24 de agosto de 1907, un joven sacerdote enfermo y agotado entró en la capilla de las Apariciones de Paray-le-Monial, en el monasterio de la Visitación donde el Corazón de Jesús se había aparecido por primera vez a una desconocida religiosa, santa Margarita María de Alacoque. Según cuenta el mismo padre Mateo, “allí, me puse a rezar y sentí en mi interior una extraña sacudida. Acababa de recibir la llamada de la gracia, a la vez muy fuerte e infinitamente suave. Cuando me levanté, estaba completamente curado. Entonces, arrodillado en al santuario, absorto en la acción de gracias, comprendí lo que Nuestro Señor quería de mí. Aquella misma tarde, concebí un plan de conquistar el mundo para entregárselo al amor del Corazón de Jesús, casa por casa y familia por familia”».

Con el P. Crawley
Pues bien, unos días antes de este suceso, este sacerdote residente en Chile de viaje por Francia y D. Manuel González en peregrinación desde Huelva, habían coincidido en la Gruta de Lourdes. Pasados los años, en septiembre de 1928, este último mencionaría el providencial encuentro en el prólogo que elaboró para la décima edición del conocido libro de Crawley, Jesús Rey de Amor. Entonces, desde la pequeña reproducción de la cueva de la Virgen que los padres Agustinos tenían en Elorrio, el obispo de Málaga, en aquellos días de descanso en Vizcaya, recordaba «aquella otra Gruta grande, atrayente y misteriosa, como puerto y arsenal que es de la Misericordia de Jesús, ante la cual, hace ya hartos años, quiso Él que usted y yo nos conociéramos y quedáramos para siempre amigos».

Debieron ser momentos muy especiales para ambos pues, al rememorarlos en 1928, D. Manuel escribía: «la Obra de la Entronización del Corazón de Jesús en los hogares que tiene a usted por inspirador, paladín y apóstol, y la Obra de las Tres Marías y Discípulos de San Juan para compañía de los Sagrarios-Calvarios, de la que el AMO me ha hecho pregonero, van trazando por el mundo dos grandes líneas de fuego y de combate por el Rey de Amor. Esas dos Obras, repito, y esas dos líneas ¿no cree usted que de un modo o de otro partieron de aquella sonrisa triste de la Virgencita blanca, de la Madrecita buena que a todas horas está mandando a su Hijo Sacramentado que haga milagros de salud en favor de todos los tristes y de tantos enfermos del cuerpo y del alma que tocan aquellas rocas, se bañan en aquellas aguas y respiran aquellos aires de oración, penitencia y confianza? ¿No cree usted como yo, que de allí salimos usted para su Chile y yo para mi Huelva llevando quizá sin darnos cuenta, la semilla de aquellas dos Obras, tan amorosamente acogidas y enriquecidas por los Papas, tan calurosamente bendecidas por los Prelados, tan ardiente y rápidamente abrazadas por el pueblo fiel?» (Prólogo a Jesús Rey de Amor, Madrid, 1929).

Tras aquella primera visita a la Gruta, D. Manuel volvería a Lourdes en 1912, pero no en peregrinación junto a sus queridos feligreses de Huelva como estuvo previsto, sino con las personas que, como él, acompañaban al arzobispo de Sevilla, D. Enrique Almaraz, a Roma, donde el prelado iba a recibir de manos del papa el capelo cardenalicio. ¿Qué fue lo que sucedió? Ante el éxito de la peregrinación de 1907, sus organizadores (que no eran otros que aquel grupo de «chiflados» en los que tanto se apoyaba el arcipreste para emprender sus iniciativas pastorales), decidieron repetir la experiencia y pusieron en marcha la que iba a ser la segunda peregrinación desde Huelva a Lourdes, que arrancaría el 18 de agosto para poder coincidir de nuevo con la peregrinación Nacional francesa. Así se anunciaba en El Granito (20 de junio de 1912, n. 112, pp. 8-9), pero a pesar del anuncio, nunca se llevó a cabo.

Una de las causas que determinaron su suspensión fue precisamente la muerte del principal promotor de la iniciativa, D. Andrés Mora Batanero que falleció en Sevilla el 6 de agosto de 1912. En el mismo número de El Granito que daba cuenta de esta triste noticia y recogía su semblanza, se podía leer este aviso: «por la falta de número suficiente de peregrinos en lo que ha influido no poco la enfermedad y muerte del que era alma de la peregrinación, se ha suspendido la que se proyectaba de Huelva a Zaragoza y Lourdes. Los inscritos en ella que hubieren adelantado dinero, pueden reclamar su devolución» (20 de agosto de 1912, n. 116 , p. 8). Pero seguramente hubo otra razón que influyó en que no se realizara aquel proyecto. Desde el arzobispado de Sevilla se anunciaba una magna peregrinación al Pilar para el año 1913 y es posible que muchos de los convocados tuvieran que elegir entre asistir a una u otra, reduciéndose por esta razón el número de los inscritos.

Sin embargo, D. Manuel sí visitaría Lourdes en 1912. Como se dijo antes, el arcipreste de Huelva fue uno de los invitados en la comitiva que acompañaba al cardenal Almaraz a recibir el capelo en Roma y el viaje de retorno a España se organizó pasando por ese santo lugar.

De sus sentimientos en aquella visita al postrarse ante los pies de la Virgen dejaría constancia al escribir contando el relato del viaje: «Y después de Roma a Lourdes, a presentar a la Virgencita blanca de la Gruta, la Obra de los abandonados Sagrarios de su Hijo. A pedirle, como allí se pide, luces y ampliación de horizontes y firmeza y rectitud en el obrar. Y premios muy grandes para el generoso Pontífice y bendiciones muy largas para los Cardenales intercesores. Y amor, mucho amor activo, abnegado, fino, incansable, ingenioso para las Marías, los Juanes, los Juanitos, sus directores, y fidelidad, mucha fidelidad para mí… ¡Qué días más sabrosos aquellos de Lourdes! ¡Qué bien me hizo Ella sentir lo que esperaba de la Obra, lo que pedía para ésta!…» (El Granito de Arena, 5 de enero de 1913, n. 125, p. 8, también en Aunque todos yo no, OO.CC. I, n. 112).

Sin duda D. Manuel había quedado tocado ante «la sonrisa triste de la Virgencita blanca», a la que siempre quiso volver. No sabemos exactamente cuántas veces lo hizo, o lo que es lo mismo, en cuántas ocasiones volvió san Manuel González a dar gracias a la Inmaculada en aquel lugar. En algún momento habrá que repasar los testimonios con los que contamos para poder relacionar e ilustrar la historia de todas estas visitas.

Por ejemplo, podemos colegir al leer una crónica realizada para El Granito con fecha 13 de octubre de 1919, que los párrafos «La Pasión impedida» y «La Pasión glorificada» del libro Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario (OO.CC. I, nn. 448-449) fueron redactados por D. Manuel en Lourdes, a donde se «escapó» desde San Sebastián.

En aquella ocasión, tras recorrer el monumental Vía Crucis, que todavía hoy impresiona a quienes visitan el Santuario, y fijándose en la figura de la Virgen que allí está representada en cada una de las estaciones, describió la misión de las Marías ante el sacrificio de la Pasión de Nuestro Señor (El Granito de Arena, 20 de octubre de 1919, n. 290, pp. 453-456).

Y es que, como escribió en esa misma crónica «¡se reza y se pide tan de corazón ante aquella abertura de la roca en donde estuvo Ella!» que no dejó nunca de pedir allí por sus obras pastorales, y también por las personas que se acercaban a ellas. «No la olvido ante la Virgencita blanca y le he encargado muchas bendiciones para usted y los suyos», escribía el 8 de septiembre de 1921 en una tarjeta postal a una María de la provincia de Cádiz. Seguramente aprovechando sus estancias en Elorrio, habitualmente durante los últimos días del verano, serían muchas las ocasiones en las que se acercara hasta la Gruta. Su devoción a la Inmaculada de Lourdes le llevó a construir una réplica de la cueva en una de las capillas de la iglesia de San Pedro en Huelva, y era frecuente que usara tarjetas de ese santuario mariano para felicitar por diversos acontecimientos a sus amigos.

Por otro lado también consta que mantuvo contacto con las religiosas de la congregación en la que ingresó Bernardette Soubirous, de modo que seguramente llegó a conocer muy bien todo lo relativo a las apariciones de Lourdes y a su significado.

Traslademos a hoy todo lo relacionado con esta devoción de san Manuel. El papa Francisco precisamente en el día de la Virgen de Lourdes del pasado año 2017, promulgaba el Motu proprio Sanctuarium in Ecclesia. Mediante esta norma el pontífice pretende potenciar una pastoral de los santuarios como centros propulsores de la nueva evangelización y favorecer una renovación de la pastoral de la piedad popular y de la peregrinación hacia lugares de devoción. La Iglesia proclama la santidad de las personas para que el ejemplo de sus vidas nos sirva de guía. ¡Cómo aprovechó san Manuel González aquellos ratos de Gruta! Ojalá aprendamos a acercarnos a estos lugares donde se vive tan especialmente la presencia de Dios, de la Virgen y de los santos, con espíritu reparador y también con ánimo de escuchar hoy su voz.

Aurora Mª López Medina
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