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Herederos de un carisma (junio 2018)

26 junio 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2018.

¿Somos familia carismática?

La llamada del Concilio Vaticano II a todos los bautizados a participar en la misión evangelizadora de la Iglesia ha producido en el interior de esta un dinamismo que se proyecta en diversos frentes, los cuales, a su vez, quedan influidos unos por otros. El Concilio, atento a los signos de los tiempos, supo leer esta realidad que el Espíritu estaba promoviendo en la Iglesia, le proporcionó un cauce doctrinal bien fundamentado y le reconoció su carta de ciudadanía en la Iglesia.

Afirma el decreto conciliar Apostolicam actuositatem sobre el apostolado de los laicos que «las asociaciones no son un fin en sí mismas, sino que han de servir a la misión que la Iglesia debe cumplir en el mundo; su eficacia apostólica depende de la conformidad con los fines de la Iglesia y del testimonio cristiano del espíritu evangélico de cada uno de sus miembros y de toda la asociación» (n. 19).

Las asociaciones como signo
Sin la menor duda puede afirmarse que uno de los signos de nuestro tiempo es el aumento de las relaciones sociales. El hombre contemporáneo multiplica su pertenencia a grupos, asociaciones, movimientos, organizaciones e instituciones varias cada día en mayor número, al mismo tiempo que surgen continuamente nuevas formas asociativas y comunitarias a distintos niveles.

Las diversas formas asociadas pueden representar para muchas personas una ayuda preciosa para llevar una vida cristiana coherente con las exigencias del Evangelio y para comprometerse en una acción misionera y apostólica. «La incidencia “cultural”, que es fuente y estímulo, pero también fruto y signo de cualquier transformación del ambiente y de la sociedad, puede realizarse, no tanto con la labor de un individuo, como con el trabajo de un “sujeto social”, o sea, de un grupo, de una asociación, de un movimiento» (Christifideles laici, 29.).

También el Código de derecho canónico expresa la estima por el hecho asociativo en la Iglesia y lo recomienda vivamente a todos. Los fieles laicos han de tener en gran estima las asociaciones que se constituyen para los fines espirituales enumerados en el can. 298, sobre todo aquellas que tratan de informar de espíritu cristiano el orden temporal, y fomentan así una más íntima unión entre la fe y la vida.

«Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia como comunión en estos últimos años ha sido la toma de conciencia de que sus diversos miembros pueden y deben aunar esfuerzos, en actitud de colaboración e intercambio de dones, con el fin de participar más eficazmente en la misión eclesial. De este modo se contribuye a presentar una imagen más articulada y completa de la Iglesia, a la vez que resulta más fácil dar respuestas a los grandes retos de nuestro tiempo con la aportación coral de los diferentes dones» (Vita consecrata, 54).

También el papa Francisco se hace eco de esta corriente en la vida de la Iglesia: «Los movimientos y otras formas de asociación son una riqueza de la Iglesia que el Espíritu suscita para evangelizar todos los ambientes y sectores. Muchas veces aportan un nuevo fervor evangelizador y una capacidad de diálogo con el mundo que renuevan a la Iglesia» (Evangelii Gaudium, 29).

El Espíritu pide la palabra
Nadie, duda hoy de la existencia de diversos movimientos, asociaciones, Institutos, que con sus diversos dones y carismas contribuyen al bien de la sociedad y de la Iglesia. Dirigiéndose a los participantes al Congreso mundial de los movimientos eclesiales organizado por el dicasterio para los laicos en mayo de 1998 Joseph Ratzinger señalaba: «E improvisadamente surge algo que nadie había proyectado. El Espíritu Santo, por decirlo así, había pedido de nuevo la palabra. Y en hombres y mujeres jóvenes, sin “quizás” o “peros”, sin subterfugios o excusas, reflorecía la fe, vivida en su integridad como don, como un regalo precioso que da vida».

La Familia Eucarística Reparadora a lo largo de los años ha tenido la gracia de vivir y experimentar esta realidad tan significativa que está aconteciendo hoy en la Iglesia. ¿Quiénes formamos esta Familia?

  • Unión Eucarística Reparadora: Marías de los Sagrarios y Discípulos de San Juan; Juventud Eucarística Reparadora; Reparación Infantil Eucarística
  • Misioneros Eucarísticos Diocesanos
  • Misioneras Eucarísticas Seglares de Nazaret
  • Misioneras Eucarísticas de Nazaret

En estas reflexiones hemos ido señalando y delineando el proyecto fundacional de nuestro Padre y el consecuente desarrollo del mismo. En este florecimiento fecundo de nuevas vidas asociadas que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia en los últimos tiempos, ¿dónde nos encontramos nosotros como Familia Eucarística Reparadora?

Somos conscientes que en nuestro caminar no faltan dificultades, algunas de ellas dolorosas. No es de extrañar que la adaptación a nuevas formas y presencias encuentre problemas para abrirse camino. Hay de eso, y también de la experiencia de un tiempo de gracia que nos acompaña e ilumina para seguir comunicando «lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos […] y se nos manifestó» (1Jn 1,1-2).

No podemos olvidar tampoco que las relaciones se establecen sobre lo que une, no sobre lo que separa. La misión, llama a la comunión. Cristo Eucaristía nos convoca a todos y nos llama a todos a trabajar en su viña. Desde esta perspectiva no pueden ser dificultades las diferencias que provienen de cada vocación personal o de los dones que cada uno posee, o de los diferentes modos de servicio a la misión, sino que se valoran como riqueza en el conjunto de la misión compartida.

Desde la propia vocación
Cada una de estas ramas, desde su vocación particular ha sido llamada a vivir el carisma eucarístico reparador. Unidos por un mismo ideal cada grupo está determinado por unas pautas concretas, según consta en las normas aprobadas por la Iglesia para cada una de ellas.

Y si unimos las fuerzas, ¿no será mayor la riqueza? En torno al carisma y al proyecto fundacional queremos caminar juntos con verdadera pasión por anunciar la Vida que brota de la Eucaristía, vivir el agradecimiento, que es siempre el motor de la reparación y dar una respuesta con nuestra entrega a los abandonados de nuestra historia. Se trata de dar forma reconocible al rostro del Cristo Eucarístico con nuestra vida y misión.

¿Es posible un reconocimiento eclesial oficial de la Familia carismática? El Código de Derecho Canónico no tiene una figura o modelo para el reconocimiento jurídico de todo el conjunto de las Familias carismáticas. Se aconseja que el órgano representativo de la Familia solicite la aprobación de los Estatutos o Carta de Identidad de la Familia ante la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y, simultáneamente, ante el Consejo Pontificio para los Laicos.

Estas aprobaciones nuestra Familia ya las tiene. No perdamos la esperanza y la ilusión por seguir sembrando y construyendo juntos.

El papa Francisco afirmó que «la novedad de vuestras experiencias no consiste en los métodos y en las formas, por importantes que sean, sino en la disposición a responder con renovado entusiasmo a la llamada del Señor: es esta valentía evangélica la que permitió el nacimiento de vuestros movimientos y nuevas comunidades. Si se defienden las formas y los métodos por sí mismos, se convierten en ideológicos, alejados de la realidad que está en continua evolución; cerrados a la novedad del Espíritu, terminarán por sofocar el carisma mismo que los ha generado. Es preciso volver siempre a las fuentes de los carismas, y reencontraréis el impulso para afrontar los desafíos» (Discurso a los participantes en el III Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales y las Nuevas Comunidades, 22 de noviembre de 2014).

Mª Teresa Castelló Torres, m.e.n.
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