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Iglesia hoy (junio 2018)

28 junio 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2018.

Una comunión de amor tan real que asume la forma de comida

Este año, el primer domingo de junio la Iglesia celebra la solemnidad del Corpus Christi, la gran fiesta de la Eucaristía. Recientemente, el viernes de la III semana de Pascua (20 de abril), la liturgia proclamaba uno de los textos eucarísticos más destacados: los versículos 52 al 59 del capítulo sexto del evangelio según san Juan. Ese día el papa Francisco realizó una visita pastoral a Molfetta (Italia), con ocasión del 25º aniversario de la muerte del siervo de Dios don Tonino Bello. Durante la celebración de la Santa Misa dirigió una profunda reflexión eucarística, que publicamos a continuación.


Queridos hermanos: las lecturas que hemos escuchado presentan dos elementos clave de la vida cristiana: el Pan y la Palabra.
El Pan. El pan es el alimento esencial para vivir y Jesús en el Evangelio se nos ofrece como Pan de vida, como si dijese: «Sin mí, no podéis vivir». Y utiliza expresiones fuertes: «Comed mi carne y bebed mi sangre» (cf. Jn 6,53). ¿Qué significa? Que para nuestra vida es esencial establecer una relación vital, personal con Él. Carne y sangre.

La comunión más asombrosa
La Eucaristía es esto: no es un rito hermoso, sino la comunión más íntima, más concreta, más asombrosa que se pueda imaginar con Dios: una comunión de amor tan real que asume la forma de la comida.

La vida cristiana recomienza continuamente desde aquí, de esta mesa donde Dios nos sacia de amor. Sin Él, Pan de vida, cada esfuerzo en la Iglesia es vano, como recordaba don Tonino Bello: «No son suficientes las obras de caridad, si falta la caridad de las obras. Si falta el amor desde el que  comienzan las obras, si falta la fuente, si falta el punto de partida que es la Eucaristía, cada compromiso pastoral resulta solamente un remolino de cosas».

Jesús en el Evangelio añade: «El que me coma vivirá por mí» (Jn 5,57). Como diciendo: quien se alimenta de la Eucaristía asimila la misma mentalidad del Señor. Él es Pan partido para nosotros y quien lo recibe se vuelve a su vez pan partido, que no fermenta con orgullo, sino  que se da a los demás: deja de vivir para sí mismo, para su propio éxito, para obtener algo o para ser alguien, y vive para Jesús y como Jesús, o sea, para los demás. «Vivir para» es el distintivo de quien come este Pan, la etiqueta del cristiano. Vivir para. Se podría poner como aviso fuera de cada iglesia: «Después de la Misa ya no se vive para uno mismo, sino para los demás».

Acariciar cada rostro
Don Tonino vivió así: ha sido entre vosotros un Obispo–siervo, un Pastor que se hizo pueblo, que ante el Sagrario aprendía a hacerse comer por la gente. Soñaba con una Iglesia hambrienta de Jesús y extraña a toda mundanidad, una Iglesia que «sabe descubrir el cuerpo de Cristo en los sagrarios incómodos de la miseria, del sufrimiento, de la soledad». Porque, decía, «la Eucaristía no soporta el sedentarismo» y si no nos levantamos de la mesa sería un «sacramento incompleto».

Nos podemos preguntar: En mí, ¿este Sacramento se realiza? Más concretamente: ¿Me gusta solo ser servido a la mesa por el Señor o me levanto para servir como el Señor? ¿Doy en la vida lo que recibo en Misa? Y en cuanto Iglesia nos podríamos preguntar: Después de tantas Comuniones, ¿nos hemos vuelto gente de comunión?

Junto con el Pan, la Palabra. El Evangelio recoge ásperas discusiones sobre las palabras de Jesús: «¿Cómo puede este darnos su carne de comer?» (Jn 6,52). Hay un tono de escepticismo en estas palabras. Muchas palabras nuestras se parecen a estas: ¿Cómo puede el Evangelio resolver los problemas del mundo? ¿Para qué hacer el bien en medio de tanto mal? Así caemos en el error de aquella gente, paralizada por la discusión sobre las palabras de Jesús, en vez de disponerse a acoger el cambio de vida que Él pedía. No entendían que la Palabra de Jesús es para caminar en la vida, no para sentarse a hablar de lo que es y de  lo que no es.

Don Tonino, precisamente en el tiempo de Pascua, manifestaba el deseo de recibir esta nueva vida, pasando por fin del dicho al hecho. Por eso exhortaba fervientemente a  los que no tenían el coraje de cambiar: a «los especialistas de la perplejidad. Los contables pedantes de los pro y los contra. Los calculadores desconfiados hasta el límite antes de moverse». No se responde a Jesús según los cálculos y las conveniencias del momento, se le responde con el sí de toda la vida. Él no busca nuestras reflexiones, sino nuestra conversión. Apunta al corazón.

Cirineos de la alegría
Es la misma Palabra de Dios la que lo sugiere. En la primera lectura (cf. Hch 9,1-20), Jesús resucitado se dirige a Saulo y  no le propone sutiles razonamientos, sino que  le pide que ponga en juego la vida. Le dice «Levántate y entra en la ciudad y se te dirá lo que debes hacer» (Hch 9,6). Ante todo, «levántate». La primera cosa que se ha de evitar es quedarse en el suelo, padecer la vida, quedarse atenazados por el miedo. Cuántas veces don Tonino repetía: «¡De pie!» porque «frente al Resucitado solo es lícito estar de pie». Volverse a levantar siempre, mirar hacia arriba, porque el apóstol de Jesús no puede contentarse con pequeñas satisfacciones.

El Señor después le dice a Saulo: «Entra en la ciudad». También a cada uno de nosotros nos dice «Sal, no te quedes cerrado en tus espacios seguros, ¡arriésgate!». ¡Arriésgate! La vida cristiana hay que invertirla por Jesús y gastarla por los demás. Después de haber encontrado al Resucitado no se puede esperar, no se puede aplazar; hay que ir, salir, no obstante todos los problemas y las incertidumbres. Fijémonos en Saulo, por ejemplo, que después de haber hablado con Jesús, aunque estaba ciego, se levanta y va a la ciudad. Fijémonos en Ananías que, aunque con miedo y titubeante, dice: «¡Aquí estoy, Señor!» (v. 10) y enseguida va donde Saulo. Todos estamos llamados, en cualquier situación que nos encontremos, a ser portadores de esperanza pascual, «cirineos de la alegría», como decía don Tonino; servidores del mundo, pero como resucitados, no como empleados. Sin entristecernos nunca, sin resignarnos nunca. Es hermoso ser «mensajeros de esperanza», distribuidores sencillos y alegres del Aleluya pascual.

Fuentes de esperanza y paz
Al final Jesús le dice a Saulo: «Se te dirá lo que debes hacer». Saulo, hombre decidido y de renombre, calla y va, dócil a la Palabra de Jesús. Acepta obedecer, se vuelve paciente, entiende que su vida ya no depende de él. Aprende la humildad. Porque ser humilde no significa ser tímido o resignado, sino dócil a Dios y vacío de sí mismo. Entonces también las humillaciones, como la que sintió Saulo tirado al suelo en el camino a Damasco, se vuelven providenciales, porque desnudan de la presunción y permiten a Dios levantarnos. Y la Palabra de Dios hace esto: libera, levanta, hace seguir adelante, humildes y valientes al mismo tiempo. No hace de nosotros protagonistas renombrados y campeones de nuestro propio talento, no, sino testigos auténticos de Jesús, muerto y resucitado, en el mundo.

Pan y Palabra. Queridos hermanos y hermanas, en cada Misa nos alimentamos del Pan de vida y de la Palabra que salva: ¡Vivamos lo que celebramos! Así seremos fuentes de esperanza, de alegría y de paz.

Papa Francisco
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