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Con mirada eucarística (junio 2018)

3 julio 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2018.

Al mundo lo dirige la verdad

En el Conocimiento inútil, libro publicado por el filósofo francés J.F. Revel en el lejano 1988, puede leerse: «La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira». Hoy traduciríamos como «postverdad», neologismo inventado para dar por verdadero lo que es únicamente una mentira encubierta. Sencillamente, alguien nos quiere dar gato por liebre. Para ello se manipulan, entre otras cosas, los potentes medios de comunicación, las llamadas redes sociales.


Corre el mes de junio, el mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, el mes del Amo en palabras de san Manuel González, el mes en el que las flores reventadas acompañan con su olor y su color el paso de Jesús Eucaristía, redondo y blanco en la custodia. En este mes de junio queremos deciros que, a pesar de los disfraces, al mundo lo dirige la verdad, tiene que dirigirlo la Verdad.

La entrega desinteresada
El mundo está corrupto. Tal es una verdad inapelable, inamovible, sin remedio. La corrupción recorre a todos y se acomoda en todas las esferas sociales. Pareciera un viento que lo envuelve todo y del que nadie se puede liberar porque forma parte de la respiración humana. Tiene grados, clases y matices, aunque sobresale la que podemos denominar como corrupción económica. Los defensores de la limpieza se rasgan las vestiduras y se hace una batida, porque hay que liberar al mundo de esta lacra. La liberación suele ser sectaria, falsa y propagandística.

Tampoco la institución eclesiástica aparece ajena a este tema. Aquí, como parece ser que no hay escándalos monetarios reseñables, hay que resaltar otros que repugnan tanto o más que estos. Ya está, la pederastia. Lancemos la gran verdad, que la sepan todos: Muchos, muchísimos curas, obispos…, casi todos son unos pederastas. Una postverdad. Sin embargo, como pecadores que somos todos los humanos, no hay ni más ni menos que en otros sitios, en otros colectivos, en otras profesiones. Tampoco importa que el mismísimo papa Francisco, el único que lo ha hecho, haya pedido perdón en nombre de la Iglesia católica.

Y mucho menos importa que hay muchas más personas comprometidas, seglares y consagrados, que entregan diariamente su vida a los demás en nombre del amor a Jesús Eucaristía. Hay muchas «Teresas de Calcuta» anónimas repartidas por el mundo. Y esta es la verdad.

Su riqueza es la pobreza
Todo lo que no es rentable no sirve. Se entiende la rentabilidad en términos monetarios. El bienestar social consiste exclusivamente en tener más cosas: más vacaciones, más vivienda, más cuenta corriente. La riqueza es el gran fin. No importan los medios para llegar a ella. El oro es el Dios.

En muy pocas manos, en un reducido número de países se concentra el acopio de los bienes. No importa la desigualdad, la injusticia, el hambre de los otros. Es cierto que en las democracias occidentales se vive más dignamente que en el resto del mundo, que las leyes son más protectoras de los derechos humanos, que la riqueza se distribuye más equitativamente. Pero no hay que preocuparse demasiado. Al fin y al cabo, la culpa de la miseria reside en los demás, los culpables son los demás. Los denunciantes suelen ser los más ricos.

Tampoco la Iglesia (la Iglesia Católica) se libra de este repudiable mal. No ha hecho en su historia más que acumular riqueza, dicen, sus templos están llenos de acaudalados tesoros, sus jefes son los que mejor viven, todo en ella es opulencia. Lo siguen denunciando los mismos con otra postverdad. No saben, por ejemplo, cuánto gana un cura, cuánto cuesta un misionero en el tercer mundo, con qué se mantiene una monja de clausura. No saben qué hace, por ejemplo, Cáritas. Su riqueza está en su pobreza, pues todo lo dan en nombre del amor a Jesús Eucaristía. Y ésta es la auténtica verdad.

Síndrome de la modernidad
Todo lo que no es moderno tampoco sirve. Incluso el modelo actuante de la modernidad aún se hace más obsesivo cuando aquella se convierte en postmodernidad. No hay quien dé más. A la vuelta quedan anticuados el último móvil, el último coche, el último vestido. Hay que cambiar, hay que gastar. Incluso –y esto es más grave– la escala de valores hay que cambiarla de acuerdo con la modernidad. No es moderno el respeto, la fidelidad, el sacrificio, la solidaridad, la ayuda, el cuidado…, ni por supuesto Dios. Parece ser que es mucho más moderno el hecho de la promiscuidad, el abandono, el individualismo, el hedonismo, la descreencia…y ¿para qué Dios?

También cabe aquí la Iglesia (sobre todo la Iglesia Católica) y cuanto ella significa. La Iglesia es un anacronismo, una antigualla, una reliquia. Se ha quedado atrasada en el tiempo, no responde a las exigencias de la modernidad. Limita los derechos o no baila con el derecho actual, el de hoy –dicen–, cuando predica el derecho a la vida de los inocentes, cuando acoge a los renegados y los sin techo, cuando denuncia la guerra, la miseria y la depravación. ¡Qué absurdo! Por supuesto, se trata de otra postverdad: la de la modernidad.

Mas quienes así claman no conocen o no quieren conocer o ignoran intencionadamente la figura de Jesús de Nazaret y su revolución individual y social. Aunque saben de sobra que lo más moderno, lo más rico y lo más desinteresado es el amor; y que al mundo no puede dirigirlo más que la verdad de amor.

Jesús es la Verdad y el Amor. Así queremos proclamarlo en este mes de junio dedicado al corazón, al más grande Corazón.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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