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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (julio-agosto 2018)

24 julio 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2018.

Que todos se sometan a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios (Rm 13,1)

«Y dar la razón a los que están un dedo más alto que nosotros, con prontitud y sinceridad, sin reservas ni recámaras de segundas o terceras intenciones… ¡heroísmo, heroísmo!» (OO.CC. III, n. 5116). ¿Cuándo se debe dar la razón a los que mandan? ¿Qué es razonable y qué no? ¿Cómo discernir? ¿Qué criterios aplicar?


San Manuel lo tiene claro: «Ante todo advierto que el apostolado que ahora preconizo no es apostolado de dar la razón a troche y moche, ni a ojos cerrados. El negar la razón a lo no razonable puede ser tan meritorio como darla a lo razonable» (OO.CC. III, n. 5117).

El papa Francisco, en la exhortación apostólica Alegraos y regocijaos, insiste en la necesidad de pedir el don del discernimiento, para obtener la luz del Espíritu que nos ayude a mirar con ojos de fe los acontecimientos, a razonar si las mociones interiores vienen de Dios o del diablo, a crecer en el cumplimiento de la voluntad divina.

Este tiempo de adoración eucarística es tiempo de luz, porque la oración larga y serena ante el Señor Sacramentado, la escucha atenta del Evangelio, el examen de conciencia que lo que vamos haciendo, es luminosidad que viene de lo Alto para sosegar nuestro espíritu y acertar a quién debemos dar la razón.

De entrada, es apostolado menudo dar la razón a los que mandan. Porque suponemos que lo hacen con responsabilidad, buscando el bien común, cuidando a los más débiles y desfavorecidos, y siendo justos y equitativos en el reparto de los bienes. Pero san Manuel advierte: «El error, el vicio, el escándalo y lo que envuelve peligro de unos u otros males, expóngase por quien se exponga, por alto que esté y preséntese como se presente, no merece más que esto sólo: desprecio y reprensión» (OO.CC. III, n. 5117).

Oremos para que quienes ejercen la autoridad, tanto en el ámbito civil como eclesial, lo hagan siempre buscando el bien común y el acierto en sus decisiones.

Oración inicial
Oh Dios, Padre Creador, que has constituido al ser humano a vivir en comunión con los otros y has establecido la necesidad de una autoridad que oriente a todos hacia el bien común, haz que quienes ejercen el gobierno de pueblos, ciudades, regiones o naciones lo hagan con la fuerza moral de ser honrados, limpios, honestos y responsables, trabajadores y serviciales, de modo que sean ejemplo para los ciudadanos a los que gobiernan. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Rm 13,1-5; Tit 3,1-2; 1Pe 2,13-14.

El bien común
El bien común reclama el desarrollo armónico, equilibrado, sostenido y sostenible de la naturaleza, el reparto equitativo de los bienes, la defensa de los derechos humanos, el logro de cultura, educación y sanidad básica para todos los seres humanos.

Quienes ejercen la autoridad deben regirse por el orden moral de las leyes justas, con conciencia recta, respetando a cada persona, evitando cualquier forma despótica, dictatorial o autoritarista de gobierno. Es así como los ciudadanos están obligados, en conciencia, a obedecer y a considerar la dignidad de los que gobiernan (cf. GS 74).

De su experiencia de ejercicio del ministerio episcopal, san Manuel nos invita a este apostolado menudo: «¡Cómo están pidiendo a gritos la paz de los pueblos, de las familias, de las comunidades, hermandades y agrupaciones de hombres y la amistad de los corazones y el buen orden de la vida la intervención y multiplicación de los apóstoles de dar la razón y por medio de su apostolado el apaciguamiento, el consuelo, la rehabilitación, la concordia, la cordialidad de las almas heridas y lastimadas por esta funesta avaricia de no dar la razón al que manda!» (OO.CC. III, n. 5125).

La avaricia de no dar la razón al que manda
En una sociedad huérfana de paternidad responsable, de políticos honestos y de maestros vocacionados, el ejercicio de gobernar instituciones, familias y Estados se hace cada vez más difícil.

Lo que sucede hoy sucedía en tiempos de nuestro fundador: todo el mundo cree poseer la verdad y desea quitar la razón a su padre, a su amigo, al vecino o a cualquiera.

Así lo escribe san Manuel: «Yo creo que hay hombres y mujeres para los que el día más feliz de su vida sería aquel en que se convencieran de que en todo el mundo nadie llevaba razón más que ellos» (OO.CC. III, n. 5117).

A esta inclinación, a este pecado lo llama: «una nueva clase de avaricia», la de no dar la razón a nadie.

«Y ahondando un poco en la psicología de este fenómeno tan extendido y tan intenso, de esa fuerte propensión del corazón humano a quitar o no dar razón, me inclino a establecer una nueva clase de avaricia: la de no dar la razón, como la hay de no dar dinero» (OO.CC. III, n. 5118).

Consecuencias de esta nueva avaricia
Enumeramos las más significativas:

  • se niega la razón a un superior
  • cuanto más próximo es el superior, mayor avaricia de negarle la razón
  • cuanta más categoría ejerce sobre mí, más ganas de quitarle la razón en todo
  • cuanto más lejano de mí esté el superior, menos ganas o avaricia siento de quitarle la razón
  • los propios hijos son los que quitan la razón a sus padres
  • experiencia de un superior que se lamentaba de la indocilidad y dureza de sus súbditos: «De ordinario, para los súbditos el mejor superior es el penúltimo».

Remedio a la avaricia de no dar la razón
Dice san Manuel González: «Contra el mal del amor propio, que no es otro ese taimado y levantisco avaro en dar razones, el remedio de la justicia, el de la caridad y el de la humildad de un corazón sinceramente cristiano y piadoso.

Y ante mi afán desordenado de comentar en público o a mis solas cada orden, precepto o consejo del que está sobre mí o junto a mí con el gesto de la desconfianza o de la rebeldía, la mueca de la burla o del ridículo con la palabra de la duda, discusión o tergiversación de las intenciones rectas… Frente a ese afán inconsiderado y temerario de mi amor propio, la inclinación habitual de mi espíritu a aceptar generosamente la determinación, el consejo, el aviso, el ruego de mi superior» (OO.CC. III, n. 5123).

¿Por qué es tan bueno este remedio? ¿Cómo sucede en el ámbito eclesial y comunitario?

  • Mi superior tiene más asistencia de Dios que yo, más abundancia de datos, elementos de juicio y experiencia para acertar en lo que me manda. Es de justicia ser generoso con él.
  • Mi superior es como un padre conmigo; me dice lo que le duele de mi, de mi altanería, discusiones o rebeldía adolescente. Es de caridad amarle porque está ejerciendo esa misión de ser autoridad en el nombre de Cristo y como servicio a la vida comunitaria.
  • Mi superior puede equivocarse. No es perfecto. pero desde la humildad, no debo ser receloso de sus decisiones, ni quitarle la razón, ni imponerle la mía, ni comentar nada con otro iguales. Cristo aprendió, sufriendo, a obedecer.

Oración final«Corazón de Jesús tan generoso en dar la razón al César en lo que es del César y tan sereno y apacible en negarla en lo que no lo es, multiplica entre tu pueblo los menudos apóstoles de dar la razón al que en tu nombre manda» (OO.CC. III, n. 5126).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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