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Catequesis del papa Francisco sobre la santa Misa (VII)

28 julio 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2018.

La liturgia: verdadera escuela de oración

Proseguimos el ciclo de catequesis que el papa Francisco ha dedicado a la santa Misa. En la séptima explicó el significado del Gloria y de la oración denominada Colecta, pero sobre todo insistió en la importancia de los silencios que hay que respetar dentro de la celebración eucarística. Y concluyó con un deseo: «Que la liturgia pueda convertirse para todos en una verdadera escuela de oración». Publicamos el texto pronunciado en la Audiencia general del 10 de enero.


Queridos hermanos y hermanas, en el recorrido de catequesis sobre la celebración eucarística hemos visto que el Acto penitencial nos ayuda a despojarnos de nuestras presunciones y a presentarnos a Dios como somos realmente, conscientes de ser pecadores, con la esperanza de ser perdonados. Precisamente del encuentro entre la miseria humana y la misericordia divina toma vida la gratitud expresada en el «Gloria», «un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y glorifica y le suplica al Cordero» (Ordenamiento General del Misal Romano, 53).

Gratitud
La introducción de este himno –«Gloria a Dios en el cielo»– retoma el canto de los ángeles en el nacimiento de Jesús en Belén, alegre anuncio del abrazo entre cielo y tierra. Este canto también nos involucra reunidos en oración: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra, paz a los hombres que ama el Señor».

Después del «Gloria», o cuando este no está, inmediatamente después del Acto penitencial, la oración toma forma particular en la oración denominada Colecta, por medio de la cual se expresa el carácter propio de la celebración, variable según los días y los tiempos del año (cf. ibíd., 54). Con la invitación «Oremos», el sacerdote insta al pueblo a recogerse con él en un momento de silencio, con el fin de tomar conciencia de estar en presencia de Dios y hacer emerger, cada uno en su corazón, las intenciones personales con las que participa en la Misa (cf. ibíd., 54). El sacerdote dice «Oremos» y, después, viene un momento de silencio y cada uno piensa en las cosas que necesita, que quiere pedir en la oración.

Silencio orante
El silencio no se reduce a la ausencia de palabras, sino a la disposición a escuchar otras voces: la de nuestro corazón y, sobre todo, la voz del Espíritu Santo. En la liturgia, la naturaleza del silencio sagrado depende del momento en el que tiene lugar: «Pues en el acto penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran» (ibíd., 45).

Por lo tanto, antes de la oración inicial, el silencio ayuda a recogerse en nosotros mismos y a pensar en por qué estamos allí. He ahí entonces la importancia de escuchar nuestro ánimo para abrirlo después al Señor. Tal vez venimos de días de cansancio, de alegría, de dolor, y queremos decírselo al Señor, invocar su ayuda, pedir que nos esté cercano; tenemos amigos o familiares enfermos o que atraviesan pruebas difíciles; deseamos confiar a Dios el destino de la Iglesia y del mundo. Y para esto sirve el breve silencio antes de que el sacerdote, recogiendo las intenciones de cada uno, exprese en voz alta a Dios, en nombre de todos, la oración común que concluye los ritos de introducción, haciendo de hecho «la colecta» de las intenciones.

Cristo es el orante
Recomiendo vivamente a los sacerdotes observar este momento de silencio y no ir deprisa: «Oremos» y que se haga el silencio. Recomiendo esto a los sacerdotes. Sin este silencio, corremos el riesgo de descuidar el recogimiento del alma. El sacerdote recita esta súplica, esta oración colecta, con los brazos extendidos y la actitud del orante, asumida por los cristianos desde los primeros siglos –como dan testimonio los frescos de las catacumbas romanas– para imitar a Cristo con los brazos abiertos sobre la madera de la cruz. Y allí, Cristo es el orante y es también la oración. En el crucifijo reconocemos al Sacerdote que ofrece a Dios el culto que le agrada, es decir, la obediencia filial.

En el Rito Romano las oraciones son concisas pero ricas de significado: se pueden hacer tantas meditaciones hermosas sobre estas oraciones. ¡Muy hermosas! Volver a meditar los textos, incluso fuera de la Misa, puede ayudarnos a aprender cómo dirigirnos a Dios, qué pedir, qué palabras usar. Que la liturgia pueda convertirse para todos nosotros en una verdadera escuela de oración.

Papa Francisco
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