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Ecos del XII Capítulo general de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret

31 julio 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2018.

Gozo y gratitud en la apertura del XII Capítulo general

Como informábamos en el anterior número de El Granito de Arena, el pasado 13 de junio dio comienzo el XII Capítulo general de las Misioneras Eucarísticas de Nazaret, un acontecimiento de gracia que se prolongó hasta el día 23 del mismo mes. Ofrecemos, en estas páginas, las palabras con las que la Superiora general del sexenio 2012-2018, hna. Mª Leonor Mediavilla, inauguró los trabajos capitulares.

De izquierda a derecha, Hna. Mª Antonia Moreno, consejera general desde el año 2000, Mons. Manuel Herrero Fernández, o.s.a., obispo de Palencia, hna. Mª Leonor Mediavilla, Superiora general de los dos últimos sexenios y hna. Mª Teresa Castelló, Vicaria general desde el año 2006 y nueva Superiora general.

Con gozo y con un profundo sentimiento de gratitud a Dios y a todas vosotras, y en nombre de las hermanas del Consejo general y en el mío, os doy la bienvenida.

Comenzamos hoy a vivir una experiencia muy importante y significativa, pues es una alegría encontrarnos y saber que aquí está la vida de nuestras comunidades, o sea, de la Congregación entera. Todas hemos sido convocadas, estamos aquí porque nuestras hermanas han puesto su confianza en nosotras, para que sigamos dando vida nueva a lo que el día 3 de mayo de 1921 empezó a nacer.

Venimos de varios lugares de América y Europa, lugares donde estamos, impulsadas por esa llamada, y necesitamos estar por este tiempo sin prisa, aunque hayamos dejado grandes responsabilidades, sabiendo que el Señor habla a través de todos, especialmente de los más pequeños.

Hemos invocado con fervor al Espíritu Santo en la celebración de la Eucaristía. Deseamos ser muy conscientes de su presencia para vivir este acontecimiento bajo su protección. Él nos acompañará durante este tiempo, lo necesitamos cerca. Sigamos pidiendo que nos ilumine, que nos conceda un corazón atento y abierto, capaz de captar su paso, para que busquemos con toda sinceridad cuál es la voluntad de Dios para nuestra Congregación.

Nos proponemos, para ello, acoger la invitación de san Pablo, «Reaviva el don de Dios que hay en ti» (2 Tm 1,6), como lema para nuestro Capítulo. Reaviva, es decir, haz activo y eficaz, el don que has recibido.

Elegidas para eucaristizar
La vocación es un carisma, una gracia, un don de Dios, y estamos llamadas y exhortadas siempre a reavivar este fuego, es decir, a dar oxígeno y combustible a una llama que no está apagada, de la que siempre permanecen al menos las brasas ardientes bajo la ceniza.

Todo don de Dios es algo definitivo: «Los dones y la llamada de Dios son irrevocables», (Rm 11,29). Pero nuestra libertad, a la cual se confía cada don de Dios, es responsable de que arda o permanezca bajo las cenizas. Esto por designio de Dios, que nos eligió para esta vocación eucarística-reparadora, pero además, por deseo de nuestro fundador; sabemos que somos responsables de permitir al carisma que sea fuego y no solo brasas, de que el carisma viva de verdad, en nosotras y en la Familia Eucarística Reparadora.

El don de Dios es, podríamos decir, el «primer amor» (Ap 2,4), el fuego del amor primero que, quizá, podríamos haber ido disminuyendo y que estamos convocadas constantemente a reavivar. ¿Cómo? Es dicho, en otro pasaje del mismo libro, a la Iglesia de Laodicea: «Sé ferviente y arrepiéntete. Estoy a la puerta llamando. Si alguien oye y me abre, entraré y cenaremos juntos» (Ap 3,19-20).

En definitiva, es necesario abrir la puerta al Señor para que haya esa corriente de aire que reavive el fuego del primer amor, del don de Dios que se nos ha encendido desde el comienzo, que ha inflamado desde el inicio a nuestra Congregación, como lo hizo en el comienzo de la Iglesia el día de Pentecostés.

Lo que reaviva el fuego del don de Dios es el entusiasmo y la conversión, que permitirán a la Palabra y a la presencia de Jesús entrar en nuestro corazón y en nuestra sala capitular. Por eso, lo primero, a nivel personal, cada una reavivemos, hagamos emerger lo que hoy el Espíritu pide o sugiere a nuestro corazón.

Intercesión poderosa
Solo de esta forma, nuestra vida y el trabajo que realicemos se reanimarán en la fuente del don de Dios, de la presencia de Jesús y del Evangelio. «Abrid el corazón para acoger las mociones interiores de la gracia de Dios; ampliad la mirada para reconocer las necesidades más auténticas y las urgencias de una sociedad y de una generación que están cambiando» (papa Francisco, 8/11/2014). San Manuel González, nuestro padre fundador, estará muy presente. Él, sin duda, intercederá por nosotras y a él acudiremos con frecuencia buscando la luz que nos permita ser fieles, hoy, al carisma que el Espíritu le regaló para bien propio, de la Congregación y de la Iglesia.

Finalmente, queremos sentir la presencia de las hermanas que, en todas las comunidades de nuestra Congregación, realizarán con nosotras el Capítulo, y también de los miembros de la Familia Eucarística Reparadora que están pendientes de este acontecimiento. La oración y el interés de todos por seguir el día a día de lo que viviremos, a través de Internet o de otros medios, será un apoyo muy valioso. Sentiremos también la presencia de tantas hermanas que nos han precedido. Aquí quiero tener un recuerdo especial para las veinte hermanas que han fallecido durante este sexenio. Desde la plenitud de Dios que las envuelve estoy segura que nos acompañan, junto con nuestros padres fundadores.

Encomendamos a nuestra Madre Inmaculada el trabajo capitular y los nuevos caminos que se abren a la Congregación como espacios de gracia y revelación de Dios. Con Ella y como Ella, queremos acoger y mantener nuestro «sí» al proyecto salvador de Dios para continuar eucaristizando el mundo.

Mª Leonor Mediavilla, m.e.n.
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