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Con mirada eucarística (septiembre 2018)

5 septiembre 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2018.

Se levanta el telón, sigue la función

Pasó el verano con la velocidad de siempre, incluso diríamos que con mayor velocidad. Llega septiembre y con él el otoño de las hojas amarillas que se descuelgan de los árboles con una pereza un tanto triste. Comienza un nuevo curso.


Todos, a nuestra manera, comenzamos el nuevo curso solamente por esa manía, manía necesaria, que tenemos los humanos de acotar actividades. Pero la vida, queremos decir el tiempo, sigue su curso inexorable sin tapones que lo detengan ni vallas que lo parcelen.

Es cierto que hemos leído más de un letrero en más de un establecimiento que dice más o menos: «Cerrado por vacaciones». ¿Y qué hemos cerrado por vacaciones? Se entiende normalmente que hemos dado carpetazo a nuestra actividad rutinaria, a nuestro trabajo de siempre, para tomarnos un tiempo diferente, tiempo de descanso, de desconexión, de recarga… Los problemas siguen siendo los mismos. Ojalá encontremos soluciones diferentes.

Cerrado por vacaciones
Todos también, cada cual a su manera, hemos echado cierre. Nosotros, como siempre, nos hemos ido unos días –de cierre veraniego, claro– a Navas de Riofrío para engancharnos al silencio que se enreda entre las ramas de sus peculiares carrascas, para escuchar la palabra sabia y encendida que sale por la boca del Padre Arribas.

Qué belleza del cielo limpio y su aire fresco, qué distinta la siempre igual voz de la chicharra, qué armonía de estrellas que descienden hasta recostarse junto al lecho del cerro de la Mujer Muerta, qué luz la del Sagrario. Qué paz, Señor. Pero ya estamos de vuelta a casa. De vuelta a casa para seguir representando el papel que a cada uno Dios nos ha encomendado.

El teatro del mundo
Pedro Calderón de la Barca escribió en el s. XVII un auto sacramental titulado «El gran teatro del mundo». En esta alegoría cada personaje, desde el rey hasta el pobre, representa el papel que su creador le ha encomendado. En el fondo están siempre presentes la caducidad de la vida y la recompensa. Y un lema repetido hasta la saciedad: «Haz el bien, que Dios es Dios».

Nada ha cambiado. Lo que ocurre es que el hombre actual olvida con frecuencia que al final hay recompensa. Somos portadores de una herencia que no depende de nosotros, se nos han dado unos talentos en un cuerpo determinado, en una familia determinada, en un sitio y en un país determinado, pero de nosotros depende la voluntad de hacer el bien o hacer el mal, de rentabilizar la herencia recibida. Nadie es más que nadie, pero nadie puede sustraerse a la responsabilidad de sus actos. Es curioso este mundo donde está desapareciendo la posibilidad del pecado.

Y encima el hombre de hoy actúa sin reconocer la finitud de su existencia, claro que sabe que es limitado, pero se niega a reconocerlo. Todos los papeles terminan con la muerte, con la muerte termina la función de todos los personajes y todo se queda aquí, los vestidos, las haciendas, la tramoya, el escenario incluso. No se quiere reconocer la verdad obvia: No hay ningún entierro en el que vaya detrás el camión de las mudanzas.

Comienza el nuevo curso y sigue la función. Y el hombre de hoy, en cualquier papel que le corresponda, olvida –y esto es mucho más grave– que ha sido creado, que no ha hecho ningún mérito para aparecer un día en la representación de este mundo. Olvida que es depositario de una conciencia divina que en él ha puesto Dios, su creador, que le obliga, por supuesto libremente a hacer el bien. Un teatro sin autor, ¡qué disparate!

El brillo de Dios
Tenemos que seguir buscando al autor, como propuso Pirandello en su conocida obra «Seis personajes en busca de autor», pero aún más allá de la propia existencia y sus debilidades, hay que buscarlo donde el hombre se topa con el sitio misterioso de las preguntas sin respuesta, da las causas sin razones, del amor sin ninguna contrapartida.

Es tiempo de misión, siempre el personaje buscador de Dios se encuentra en misión permanente. Nosotros tenemos una gran ventaja, conocemos el rostro de Dios, sabemos cómo se llama, cómo actúa, qué quiere de nosotros y, sobre todo, Él sabe qué queremos nosotros de Él. Nos dijo: «Id, pues, enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado. Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo» (Mc 28, 19-20).

Todos tenemos que seguir siendo misioneros de nosotros mismos y también de los demás. Hay en nuestra misión de hoy demasiado silencio cómplice que quiere venderse como prudencia, cuando en realidad es cobardía. Hay en nuestra misión de hoy demasiadas cadencias de omisiones, que son producto del miedo, pero que se nos quieren ofrecer como valientes. Falta en nuestra misión mucha rodilla ante el Sagrario.

Y encima nuestra misión resulta ser más complicada para este hombre nuestro de hoy, sin autor, que no desea ser ayudado. Misioneras Eucarísticas de Nazaret, sed bienvenidas de nuevo en este otoño que, como se dice, será caliente. Nosotros (Teresa y Lucrecio) os estamos muy agradecidos. Gracias, Hna. Mª Leonor, por tu verbo cálido, tu labor paciente y callada, por tu arrojo. Sea cualquiera el papel que Dios te tenga reservado, lo desempeñarás al pie de la letra, sin necesidad de apuntador. Y gracias, Hna. Mª Teresa, por empuñar el timón con la fuerza que te es propia, la sabiduría que te caracteriza y con tu sentido amor al Amo, el que habita en el Sagrario. Gracias por vuestra misión eucaristizadora.

Misión que se conquista de rodillas, Señor, ante el Sagrario, donde «los ojos azules del santo arcipreste de Huelva, D. Manuel González, estaban quemados, como Moisés, por el brillo de Dios» (Consumarse en el amor, p. 204).

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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