Saltar al contenido

Historias de familia (septiembre 2018)

6 septiembre 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2018.

«Un persuadido… Un enamorado… ¡Un loco de Jesús!»

Con estas palabras («Un persuadido… Un enamorado… Un loco de Jesús») quiso el obispo de Málaga en 1926 definir a aquel frágil sacerdote ante cuyo cadáver se encontraba. D. Tiburcio Arnáiz había fallecido el 18 de julio y durante tres días los malagueños desfilaron tristes ante sus restos mortales con el convencimiento de que estaban ante un santo. Hasta su aspecto delataba su humildad. Había nacido humilde, había entrado en el seminario como fámulo (esto es, al servicio de uno de los profesores del seminario) y empezó su formación como jesuita cuando tenía ya treinta y un años junto a muchachos de poco más de quince.


Sin embargo fue un grande y así se le va a reconocer cuando, tras la ceremonia que ha de celebrarse D.m. el próximo 20 de octubre en Málaga, sea proclamado beato en la Iglesia católica.

Su infancia y juventud
Nacido en Valladolid en 1865, huérfano de padre a los cinco años, se formó en el seminario de la ciudad donde nació y se ordenó en 1890. Párroco durante algunos años, al morir su madre se incorpora en 1902 a la Compañía de Jesús y es destinado a la Residencia que los jesuitas tienen en Málaga en 1912, aunque durante el curso 1916-17 estuvo en la de Cádiz.

D. Manuel se lo encontró en la diócesis cuando llegó como obispo auxiliar a Málaga. Había estado durante algo más de un año en la vecina diócesis de Cádiz y su regreso coincidió con su estreno como obispo. Desde muy pronto D. Manuel encontró en el padre Arnáiz el mejor colaborador en una tarea que él siempre consideró esencial en su misión episcopal y que practicó con dedicación, la de la visita pastoral a las parroquias.

La diócesis de Málaga cuenta con una geografía bastante peculiar pues, además de contar con una importante capital, se extiende por la costa sur mediterránea (lo que hoy conocemos como Costa del Sol) pero también por la sierra y por los territorios españoles de Melilla. Antes de 1953 la diócesis malagueña comprendía algunos pueblos serranos de la provincia de Cádiz, como Olvera o Villaluenga del Rosario. No era fácil para el obispo visitarlos y, sin embargo, D. Manuel se propuso hacerlo y lo logró, en muchas ocasiones, con el apoyo de D. Tiburcio.

El obispo tenía interés en que la palabra de Dios y el amor de Cristo llegasen a todos y el padre Arnáiz, con su vocación de misionero, podía llevarla directamente. La pequeña biografía que sobre este escribió en 1928 D. Antonio García recoge la impresionante relación de pueblos en los que D. Tiburcio misionó, en pueblos de la costa, en los de la sierra, en las barriadas más humildes de Málaga, en el Campo de Gibraltar, en los territorios españoles en África, etc. Pues bien, sobre los frutos de aquellas misiones no solo se habló mucho durante años, sino que aún ahora perduran en algunos de aquellos lugares. No es difícil hoy ver en las hemerotecas la repercusión que la noticia de su muerte tuvo en la prensa en aquel momento y cómo su labor era recordada años después.

Devoción al Sagrado Corazón
Otro punto que unía al obispo con el padre Arnáiz, era la devoción de ambos al Sagrado Corazón de Jesús que quisieron extender por todos los rincones de aquella diócesis. Si por temor a provocar altercados en 1901 se suspendió la procesión del Sagrado Corazón, en 1915 la tozuda insistencia del padre Arnáiz consiguió que su imagen volviera a recorrer las calles de Málaga y hace dos años la ciudad de Málaga celebraba con júbilo el centenario de la restauración de esta procesión. Juntos estarían D. Tiburcio y el obispo Manuel González el día en que se colocó el Sagrado Corazón en el monte de Gibralmoro, introduciéndolo así en la sierra de Gibralgalia. Fue aquel día cuando el padre Arnáiz percibió que quienes allí vivían necesitaban especialmente conocer y tratar a Dios y, poco después, pediría a las personas que con él colaboraban como catequistas en los corralones de las barriadas de Málaga, que se trasladaran a estos lugares apartados de la sierra malagueña. Esta llamada encontró eco especial en una asturiana que estaba en Málaga con intención de ir a las misiones en el extranjero: Isabel González del Valle. Junto a él pondría en marcha las Doctrinas rurales, la primera en este lugar, en la sierra de Gibralgalia.

El obispo de los Sagrarios abandonados quiso que hubiera un Sagrario junto a estas mujeres que en aquel paraje aislado daban testimonio del amor de Jesús y dio la autorización necesaria para que el Señor se quedara en la capilla que dignamente allí prepararon. Poco después se construiría cerca una iglesita, a la que el padre Arnáiz y D. Remigio Jiménez, aquel primer Misionero Eucarístico Diocesano, trasladaron el Santísimo el 22 de diciembre de 1922. También sería allí donde acudiría el obispo Manuel González a celebrar la Nochebuena de aquel año, entre aquellas personas de las que había oído decir un año antes que «vivían como bichos» a casi dos horas andando del pueblo más cercano.

El padre Tiburcio Arnáiz murió desgastado, pues vivió sin descanso y en el verano de 1926 descansó finalmente en el Señor. El obispo no dudó en solicitar a la Nunciatura el permiso para que recibiera sepultura en la iglesia del Sagrado Corazón de Málaga. Agradeciendo la concesión, Don Manuel González escribía a Mons. Tedeschini «si con ello he recibido inmensa satisfacción, por honrar de este modo al gran apóstol de esta diócesis y otras vecinas, que hace largo tiempo no ha conocido el descanso ni la mas pequeña comodidad, siempre misionando; no ha quedado menos agradecido el pueblo de Málaga, que de ninguna manera quería oír hablar de su enterramiento en el cementerio».

En efecto, toda la ciudad se había conmovido y, como explicaba el obispo al nuncio, «desde el momento de su fallecimiento desfila ante su cadáver incesante multitud de fieles, que rezan ante él, con gran veneración tocan a su cuerpo gran número de medalla, rosarios, crucifijos, que guardan como preciadas reliquias».

Un enamorado del Cielo
Le correspondió a D. Manuel dar la plática en el funeral, un texto que no conocemos totalmente pero del que tenemos referencia gracias a un documento que escribió el padre Vicente Luque, s.j., uno de sus biógrafos.

Dos aspectos de estas palabras destacan de forma clara. De un lado, el lamento del propio obispo que, necesitado como estaba de obreros para el trabajo ingente que había en aquella diócesis, ve, una vez más, cómo el Señor le priva de los mejores; de otro unas palabras que resultan ciertamente hermosas y que dicen mucho de quien las dijo, el padre Arnáiz y de quien las recogió, D. Manuel González: Seguramente son muchas las anécdotas que este podría haber contado ante los restos mortales de D. Tiburcio, podría haber dado datos de las muchas misiones, retiros espirituales, sermones, etc., que a lo largo de su vida había realizado y que él conocía muy bien, y, sin embargo, prefirió destacar algo muy especial.

Cuentan que decía León XIII que «una de las causas del malestar horrendo que sufre la sociedad contemporánea, es el olvido del Cielo». Pues bien, D. Antonio García destacaba en su libro sobre el padre Arnáiz que era un hombre celestial, en tanto «en el Cielo tenía su corazón, allí iban sus deseos y del Cielo eran sus conversaciones». Quizás por esto Don Manuel recordaba, al despedir en la tierra a este sacerdote, unas palabras que le había dicho una mañana, mientras desayunaban en uno de aquellos pueblos en los que se encontraba de visita pastoral, el precioso pueblo de Grazalema. El padre Arnáiz le dijo «Señor Obispo: ¿qué será y qué sentiremos cuando vayamos al cielo y veamos que Jesucristo nos acaricia? ¡Jesucristo mismo, Señor Obispo! ¿No conmueve a V.E. pensar que Jesús le ha de acariciar?».

La Iglesia nos dice que estos dos apóstoles, que en la tierra tuvieron oportunidad de trabajar juntos por el reino de Dios y por el bien de sus hermanos, están gozando ya de esas caricias de Jesucristo que tanto anhelaron, y que desde allí gracias a la comunión de los santos nos ayudan cada día a alcanzar nuestro Cielo. Y es que, como también dijo san Manuel en la plática del funeral del padre Arnáiz: «el mundo no se ha de salvar con discursos, ni combinaciones políticas, sino con santos y solo con santos».

Aurora Mª López Medina
Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: