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Ecos del XII Capítulo general de las Misioneras Eucarísticas

19 septiembre 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2018.

Haced de vuestras vidas profecía de amor

La capilla del Sagrario de la catedral palentina, bajo el cual reposan los restos de san Manuel González, fue el sitio escogido para presentar al Dios de todo don los trabajos que se realizaron con motivo del XII Capítulo general de las Misioneras Eucarísticas. Era el sábado 23 de junio. Presidió la celebración D. Ginés Ampudia. Ofrecemos a continuación el texto completo de la homilía.


Queridas hermanas, sobre todo las que habéis sido capitulares, que venís a realizar la acción de gracias, especialmente por la que ha salido designada Superiora general y por la anterior. Damos gracias a Dios de todo corazón.

El celebrar aquí significa que damos gracias a los pies de alguien que soñó con este día, no sabemos cómo pero los sueños de los santos suelen ser de este tipo. El pensaba que se iba a extender toda esta obra, con esta apariencia o con otra pero con el mismo carisma y los mismos fines.

«Se acaban los buenos»
La primera lectura me recordó a san Manuel, cuando escribió aquella carta pastoral en Palencia que afirmaba: «que se acaban los buenos» al reflexionar sobre la situación en Palencia y en España en general. Al mismo tiempo entonaba un canto de esperanza e invitaba a tener un «alma castellana».

Y ahora vosotras, que sucedéis a san Manuel, tenéis que identificaros con el alma castellana y con el alma valenciana, y con el alma catalana y con el alma andaluza, extremeña, pero tenéis que identificaros también con el alma de otras muchas naciones por donde os habéis extendido.

Identificarse con el alma de otras naciones por una parte es un gozo porque es que han nacido más hijos, más hermanas y por otra parte pueden surgir pequeñas dificultades ya que al comunicar un carisma muchas veces está expresado con frases ocurrentes. Sin embargo, cuando se trata del carisma de san Manuel González las ocurrencias son bonitas cuando se comprenden. Por eso hay que ir al fondo, hay que ahondar en el carisma, porque allá en el fondo está el Espíritu Santo hablando lo mismo para un andaluz que para un castellano que para una persona de América. Allí está el Señor, y ahí está hablando de lo que es fundamental en su carisma.

Y recordaba yo tantas de sus palabras porque es menester ahondar en lo que dice él, a la puerta de un Sagrario, por la puerta de un pobre. Es decir hay que ir por una parte a lo esencial, y por otra parte a lo que también es esencial pero está en la periferia, los ultimos papas nos lo han dicho. Benedicto XVI, por ejemplo, dice en toda la historia bíblica hay dos presencias: la presencia de Dios y la presencia del hombre, especialmente del hombre que está más necesitado, ese que ni siquiera es como el lirio del campo porque no tiene con qué vestirse, que no tiene tampoco con qué comer.

Y el papa Francisco dice que entre la maraña de mandamientos y de prescripciones y de reglas y de normas viene Jesús y nos dice algo enormemente sencillo, dos rostros: el rostro de Dios y el rostro del hombre, especialmente el rostro del hombre que sufre. El rostro de Dios porque Dios también comprende al hombre, porque Dios es creador del hombre.

Afán contemplativo
En vuestro afán contemplativo, queridas hermanas, muchas veces estáis ante el Jesús del Sagrario y ante esa presencia tiene que haber muchas veces ratos de aburrimiento porque está el alma monótona; otras veces habrá un alma que está a punto de llorar, otras veces queremos tirar todas las herramientas porque decimos y para qué tanto trabajar y en otras muchas ocasiones el señor os dirá : «Aquí estoy, Yo estoy contigo, Tú eres mi presencia, tú eres mi profecía, a los pies del Sagrario, y a los pies del más pobre».

Y, cuando una congregación tiene ya varios años, como la vuestra, el más pobre a veces es la hermana que tienes al lado, otras veces es la hermana que nunca quieres tener al lado, otras veces a lo mejor eres tú misma porque eres una presencia incómoda. San Manuel también fue una presencia incomoda, un piadoso incómodo, tan incómodo que lo expulsaron de la diócesis que cuidaba, de la que era pastor.

Y parece mentira, porque él era de cercanía, él era de presencia. Parece mentira porque él tenía gracejo. Parece mentira porque él era tan generoso. Pero hay veces que la gente no soporta a los generosos. La gente, a veces, soporta mejor al que ahorra que al que da a manos llenas.

Vosotras, en vuestro carisma lleváis el daros a manos llenas, es el pecado que a veces se puede percibir en una congregación: en vez de darlo, intentar acaparar el don. Pero el don no se puede acaparar, porque si es Dios, es también el hermano, porque si es Dios tú tienes también que dar. Porque recibís para dar, y vivís en una comunidad que tiene todas las características que san Manuel quería para vosotras.

Por una parte quería que recibieseis del don, el don del Señor, el don de la Eucaristía, el don de la Presencia, el don de ser presencia, el don de tener una Presencia que nunca se acabará porque mas allá de la muerte seguirá la Presencia… ¡Hermanas, que esto es muy importante! Al mismo tiempo tenéis que vivir la tarea, la gran tarea, de construir comunidad. Es cierto que de vez en cuando podemos sentir la tentación de pensar: «bueno ya está». Pero, ¿ya está qué?, ¿ya está hecho? No, no está hecho. Y si nos sentamos, tal vez cansados, ahí podemos sentir la brisa suave de la Eucaristía que nos dice, levántate, come y vete, sigue, sigue construyendo, es don y es tarea, porque los dones cuando son carismas no son para ti, son para los demás.

No se os olvide nunca, queridas hermanas: no consumas comunidad, ¡crea comunidad!; no exijas comunidad, ¡crea comunidad! Y puede ser que, al construir se te escape una queja, pero una queja que la pueda soportar el Sagrario. Así que ponte delante de Él, y háblale.

Anuncio e invitación
Por otra parte, también tenéis que ser en el mundo, profecía. Donde quiera que haya una Misionera Eucarística de Nazaret, una comunidad, tiene que haber profecía, una palabra que invite: «miradle, ahí está, no le dejéis abandonado». No, hermanas, no abandonéis nada de la tarea, no abandonéis a nadie, tened compasión, misericordia de todos, que hay muchos que son desgraciados porque no conocen, otros mucho más desgraciados porque no saben amar, otros porque nadie les ama, hay muchas presencias necesarias. Tú tienes que serlo en todas, abarcar todas.

Profecía, profecía diciendo una verdad, es decir anunciando, y profecía con vuestra presencia denunciando. Si alguna vez tenéis ganas de denunciar que hay mucho que denunciar, denunciadlo. Pero denunciadlo siendo presencia, siendo, en el mundo, una presencia de justicia, de amor entregado, de amor que no pide nada a cambio, de amor que, siendo misterio, se hace ternura en vuestras manos, en vuestra sonrisa, en vuestro corazón. Denunciad mostrando que no venís exigiendo nada, venís dando presencia.

Así denunciaréis, en un mundo que tiende a dividirse porque, es innegable, la gente tiende a dividirse. Vosotras, en cambio, sois el grano de trigo que se deja inmolar para formar una hostia… No lo olvidéis nunca: el carisma nunca se puede perder, si perdéis el carisma es señal de que sois odres malos. Pero si sois odres buenos sabréis contener el vino bueno, que es la Eucaristía, y ese vino bueno lo tenéis que dar.

Escuchad de vez en cuando a María que dice: «¡que no tienen vino!». Se lo dice a Jesús y os lo dice a vosotras: «sed odres nuevos»; al nuevo consejo general: «sed odres nuevos, tened iniciativas que rompan al mundo» ¡Vamos! No a acusar a nadie no a insultar, sino que os presentamos un plan, el verdadero y eterno plan de Dios. ¿Lo queréis? Aquí está la verdadera Presencia.

D. Ginés Ampudia, Pbro.
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