Saltar al contenido.

Palabra de vida (septiembre 2018)

27 septiembre 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2018.

La escucha evangélica

El Dios de Jesucristo se ha revelado a través de quien es el Verbo su Unigénito: Verbo eterno, Verbo creador, Verbo encarnado. La Palabra de Dios fundamenta nuestra fe: «Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas» (Dt 56,4).

También en el Nuevo testamento leemos: «Porque si profesas con tus labios que Jesús es el Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación» (Rm 10,16-17).

El hombre debe escuchar a Dios
En numerosas ocasiones la Biblia nos invita a la escucha divina: «Escuchad esta palabra que el Señor ha pronunciado contra vosotros, hijos de Israel» (Am 3,1). «¡Escucha, Judá, la palabra del Señor, los que entráis por esas puertas para adorar al Señor!» (Jer 7,2). «Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar» (Dt 4,1).

Escuchar la palabra de Dios, la Verdad divina, no es solo cuestión de un oído atento, de una reflexión inteligente, sino que la escucha implica toda la persona: es abrirle el corazón a la Palabra, de par en par, permitiéndole que penetre y transforme todo el ser: «Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16,14-15). «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).

Para el cristiano, la escucha lleva a la obediencia, y la obediencia a la puesta en práctica del amor. Creer es obedecer. Obedecer es amar. Amar es servir: «El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca» (Mt 7, 24). «Escucha, hija, mira, inclina el oído; prendado está el rey de tu belleza» (Sal 45. 11-12). La escucha de la voz de Dios enamora, seduce, conquista el corazón de la elegida. Por eso: «Si hoy escucháis su voz no endurezcáis el corazón» (Sal 95, 8).

Quien no escucha la Palabra de Dios no es del Señor
Es el mismo Jesús quien afirma: «¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra […]. El que es de Dios escucha las palabras de Dios, por eso, vosotros no escucháis, porque no sois de Dios» (Jn 8.43.47).

El hombre encerrado en sí mismo, autorreferencial, no quiere escuchar al Señor. Ahí radica su drama. Quien es sordo a la llamada de Dios es quien ha cerrado su oído y su corazón a su presencia permanente entre nosotros (cf. Mt 28,20).

Solo Dios puede abrir el oído al que busca la Verdad, a quien aspira a la Belleza, a quien anhela la Bondad infinita: «El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás» (Is 50,5).

Por eso es necesario pedirlo con insistencia, como el niño Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3,10).

La escucha lleva a la profundización de la voluntad divina: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, y, en cambio, me abriste el oído; no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios; entonces yo digo: “Aquí estoy –como está escrito en mi libro– para hacer tu voluntad, Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas”» (Sal 40,7-9).

Jesús hace históricos y concretos los tiempos mesiánicos que anunciaron los profetas: «Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen» (Lc 7,22).

El mayor milagro es que el pueblo sordo, finalmente, sea escuchador de la Buena Noticia y obedezca la propuesta de Dios en su Hijo, Jesucristo: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo» (Mt 17,5). Es la voz del Padre en el monte de la Transfiguración, proclamando quién es el Hijo y cómo han de acoger su Palabra los apóstoles: «¡Escuchadle!».

Le escuchamos, acogemos su Palabra, porque ella es la mejor arma para rechazar toda tentación del diablo, como el mismo Jesús lo hizo en el desierto ante la primera tentación del maligno: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4,4). Sí, es un arma poderosa contra las insidias de los dominadores de este mundo de tinieblas (cf. Ef 6,12). El buen soldado de Cristo se viste con las armas de la luz. Una esencial es la Palabra: «Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la Palabra de Dios» (Ef 6,17).

La mejor escuchadora de la Palabra es la Virgen María
Ella es el modelo perfecto del verdadero discípulo de Cristo. Ella escuchó con atención el anuncio del arcángel Gabriel; anuncio de llegar a ser la madre del Salvador. Preguntó con humildad: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?» (Lc 1,34). Se fió de la respuesta del arcángel. Se entregó por completo a la voluntad divina: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

El silencio interior, la soledad del alma, la atención a cuanto sucedía, era el clima espiritual de la Virgen María, de la llena de gracia. Estaba habituada a guardar fielmente la palabra divina, a obedecer, a meditarla en su corazón, a observar todo lo que sucedía como venido del mismo Dios: «María, por su parte, conservaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón[…]. Su madre conservaba todo esto en su corazón» (Lc 2,19.51).

Ella, la escuchadora por excelencia de la palabra divina, fue glorificada por su Hijo cuando este reveló el sentido profundo de su maternidad: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 28).

Hay otra María, la de Betania, hermana de Lázaro y Marta, a quien Jesús ensalza porque ha adoptado esta misma actitud de la Virgen María. Ella estaba «sentada a los pies del Señor, y escuchaba su palabra» (Lc 10,39). Ante la queja de Marta, Jesús ratifica la prioridad de la hermana: «María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada» (Lc 10,41).

Es lo mismo que expresan tantos salmos: «Mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren» (Sal 34, 3).

Dios escucha al hombre
La oración es el diálogo amoroso entre Dios y el hombre. El Padre de la misericordia escucha siempre a sus hijos adoptivos, como escuchó a su Unigénito cuando estaba delante de la tumba de Lázaro: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre» (Jn 11,41-42).

Dios Padre escucha siempre a sus hijos: «El afligido invocó al Señor, él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. Los ojos del Señor mirarán a los justos, sus oídos escuchan sus gritos. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias» (Sal 34,7.16.18). Dios escucha siempre a los que piden según su voluntad: «En esto consiste la confianza que tenemos en él: en que si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y si sabemos que nos escucha en lo que le pedimos, sabemos que tenemos conseguido lo que le hayamos pedido» (1Jn 5, 14-15).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: