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Catequesis del papa Francisco sobre la santa Misa (IX)

22 octubre 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2018.

La Palabra de Jesús está viva y llega al corazón

La catequesis anterior del papa Francisco sobre la Misa estuvo dedicada al diálogo de Dios con su pueblo en la Liturgia de la Palabra. En esta comentó la centralidad de la proclamación del Evangelio y cómo ha de ser la homilía. Publicamos a continuación el texto de la novena catequesis, pronunciada el pasado 7 de febrero.

Queridos hermanos y hermanas: Seguimos con las catequesis sobre la santa Misa. Habíamos llegado a las lecturas. El diálogo entre Dios y su pueblo, desarrollado en la Liturgia de la Palabra en la Misa, llega al culmen en la proclamación del Evangelio. Lo precede el canto del Aleluya –o, en Cuaresma, otra aclamación– con el cual «la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor, quién le hablará en el Evangelio» (Instrucción General del Misal Romano, 62). Como los misterios de Cristo iluminan toda la revelación bíblica, así, en la Liturgia de la Palabra, el Evangelio es la luz para entender el significado de los textos bíblicos que lo preceden, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Efectivamente, «Cristo es el centro y plenitud de toda la Escritura, y también de toda celebración litúrgica» (Introducción al Leccionario, 5). Jesucristo está siempre en el centro, siempre.

Honor y veneración
Por lo tanto, la misma liturgia distingue el Evangelio de las otras lecturas y lo rodea de un honor y una veneración particular (cf. Instrucción General del Misal Romano, 60 y 134). En efecto, solo el ministro ordenado puede leerlo y cuando termina besa el libro; hay que ponerse en pie para escucharlo y hacemos la señal de la cruz sobre la frente, la boca y el pecho; las velas y el incienso honran a Cristo que, mediante la lectura evangélica, hace resonar su palabra eficaz. A través de estos signos, la asamblea reconoce la presencia de Cristo que le anuncia la Buena Noticia que convierte y transforma. Es un diálogo directo, como atestiguan las aclamaciones con las que se responde a la proclamación, «Gloria a Ti, Señor», o «Alabado seas, Cristo». Nos levantamos para escuchar el Evangelio: es Cristo que nos habla allí. Y por eso prestamos atención, porque es un coloquio directo. Es el Señor el que nos habla.

Así, en la Misa no leemos el Evangelio para saber cómo han ido las cosas, sino que escuchamos el Evangelio para tomar conciencia de lo que Jesús hizo y dijo una vez; y esa Palabra está viva, la Palabra de Jesús que está en el Evangelio está viva y llega a mi corazón. Por eso escuchar el Evangelio con el corazón abierto es tan importante, porque es Palabra viva. San Agustín escribe que «la boca de Cristo es el Evangelio. Él reina en el cielo, pero no deja de hablar en la tierra» (Sermón 85, 1: PL 38, 520; cf. Tratado sobre el Evangelio de San Juan, XXX, I: PL 35, 632; CCL 36, 289). Si es verdad que en la liturgia «Cristo sigue anunciando el Evangelio» (SC 33), se deduce que, al participar en la Misa, debemos darle una respuesta. Nosotros escuchamos el Evangelio y tenemos que responder con nuestra vida.

Retomar el diálogo
Para que su mensaje llegue, Cristo también se sirve de la palabra del sacerdote que, después del Evangelio, pronuncia la homilía (cf. Instrucción General del Misal Romano, 65-66; Introducción al Leccionario, 24-27). Vivamente recomendada por el Concilio Vaticano II como parte de la misma liturgia (cf. SC 52), la homilía no es un discurso de circunstancias, –ni tampoco una catequesis como la que estoy haciendo ahora–, ni una conferencia, ni tampoco una lección: la homilía es otra cosa. ¿Qué es la homilía? Es «un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo» (EG 137), para que encuentre su cumplimiento en la vida. ¡La auténtica exégesis del Evangelio es nuestra vida santa!

La Palabra del Señor culmina su recorrido haciéndose carne en nosotros, traduciéndose en obras, como sucedió en María y en los santos. Acordaos de lo que dije la última vez, la Palabra del Señor entra por los oídos, llega al corazón y va a las manos, a las buenas obras. Y también la homilía sigue a la Palabra del Señor y hace este recorrido para ayudarnos a que la Palabra del Señor llegue a las manos pasando por el corazón.

Ya he tratado el tema de la homilía en la exhortación Evangelii gaudium, donde recordé que el contexto litúrgico «exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida» (n. 138).

Homilía: Dar voz a Jesús
El que pronuncia la homilía debe cumplir bien su ministerio –el que predica, el sacerdote, el diácono o el obispo–, ofreciendo un verdadero servicio a todos los que participan en la Misa. Pero también quienes lo escuchan deben hacer su parte. En primer lugar, prestando la debida atención, es decir, asumiendo la justa disposición interior, sin pretensiones subjetivas, sabiendo que cada predicador tiene sus méritos y sus límites. Si a veces hay motivos para aburrirse por la homilía larga, no centrada o incomprensible, otras veces es el prejuicio el que constituye un obstáculo. Y el que pronuncia la homilía debe ser consciente de que no está diciendo algo suyo, está predicando, dando voz a Jesús, está predicando la Palabra de Jesús.

Y la homilía tiene que estar bien preparada, tiene que ser breve ¡breve! Me decía un sacerdote que una vez había ido a otra ciudad donde vivían sus padres y su papá le había dicho: «¿Sabes? Estoy contento porque mis amigos y yo hemos encontrado una iglesia donde se dice Misa sin homilía». Y cuántas veces vemos que durante la homilía algunos se duermen, otros charlan o salen a fumarse un cigarrillo… Por eso, por favor, que la homilía sea breve, pero esté bien preparada. Y ¿cómo se prepara una homilía, queridos sacerdotes, diáconos, obispos? ¿Cómo se prepara? Con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve; no tiene que durar más de diez minutos, por favor.

En conclusión, podemos decir que en la Liturgia de la Palabra, a través del Evangelio y la homilía, Dios dialoga con su pueblo, que lo escucha con atención y veneración y, al mismo tiempo, lo reconoce presente y activo. Si, por lo tanto, escuchamos la Buena Noticia, ella nos convertirá y transformará, y así podremos cambiarnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Por qué? Porque la Buena Noticia, la Palabra de Dios entra por los oídos, va al corazón y llega a las manos para hacer buenas obras.

Papa Francisco
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