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Con mirada eucarística (octubre 2018)

23 octubre 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2018.

Perdón, por favor, gracias

No nos ha pasado desapercibido el Encuentro Mundial de las Familias que recientemente ha tenido lugar en Dublín. Todo lo contrario, porque la familia es la célula imprescindible para la estabilidad social y el lugar apropiado para el desarrollo y perfeccionamiento de la persona. Aún más, la familia, aunque no se reconozca, se sustenta en valores cristianos.


Todos, cada cual en la medida de sus posibilidades y de su responsabilidad, debemos contribuir al compromiso familiar. Debemos ser conscientes de que la desaparición de la familia, incluso su mal funcionamiento, produce caos individual y social. Atenciones tan importantes como la educación o la salud no serían posibles sin el concurso familiar.

Perdón
Por ello, y siguiendo la catequesis del papa Francisco, la primera palabra clave en la relación familiar es la palabra perdón. Corresponde a los cónyuges, primordialmente, la lucha por el mantenimiento de la institución familiar. La decisión tomada en su día de unirse en matrimonio, con la idea de traer hijos a este mundo, fue posible gracias al encuentro con el amor, el amor mutuo.
Y el amor no es un milagro caído del cielo, no. Nos atrevemos a hablaros desde la experiencia, la experiencia de 46 años de matrimonio. El amor es un campo que hay que cultivar permanentemente, sobre todo cuando vienen años de sequía. Hay muchos conflictos de intereses, algunos de ellos ajenos, que interfieren y dificultan la convivencia. En esos momentos dan ganas de arrojar la toalla. Pero no. Hay que acudir al diálogo.
El diálogo sereno, respetuoso, sin cortapisas se impone porque nace del cariño. Entonces uno se da cuenta de que el otro es diferente, que no se trata de cambiar al otro sino de aceptarlo tal como es, que el proyecto común está por encima de las diferencias y que la diferencia enriquece.
Y entonces surge la palabra mágica, el perdón, y en una doble dirección que es cambiante: Uno pide perdón y el otro perdona, y al revés. Casona decía que el matrimonio es como un carrillo chino monoplaza, uno tira y el otro va subido, pero hay que cambiarse. Si el amor fuera un rosal, la rosa más hermosa que produce es la rosa del perdón.

Por favor
Pues claro que el otro es diferente, aunque la diferencia no quiere decir desigualdad ni mucho menos discriminación. Dios creó al hombre y la mujer biológicamente distintos, de donde se infieren aptitudes complementarias para conformar ese proyecto maravilloso llamado familia. Pero nadie es superior a nadie. Al mismo tiempo Dios nos creó igualmente hijos suyos para su plan trascendente e inconmensurable de salvación universal. No hay mayor igualdad que la diferencia.
La relación familiar debe instalarse en el respeto mutuo a través del cual se reconoce al otro como ser igualmente valioso. El sometimiento no sirve, no es posible, es abominable porque lleva implícita la supremacía del uno sobre el otro. No es el macho mejor que la hembra, como sucede en las sociedades de incomprensible concepción machista. Y más abominable todavía es utilizar la fortaleza física para hacer prevalecer una posición dominante. O recurrir al vasallaje de naturaleza psíquica. Esa relación no puede tener el apellido de familiar.
La relación que predica el «por favor» se basa, en el fondo, no ya solo en el reconocimiento de la igualdad del otro sino en la inferioridad amorosamente reconocida de quien utiliza ese tipo de relación. «Por favor» quiere decir que nadie impone nada, porque siempre el otro aporta más y mejor que uno mismo. Y quiere decir algo más: Reconocerse y sentirse mutuamente libres.
El matrimonio es cosa de dos seres, hombre y mujer, que deciden declinar parte de su libertad en favor de una causa familiar. Cada uno tiene que decidir libremente. Y respetar mutuamente esa libertad porque se trata de una causa común, muy noble, que merece la pena. Dice Jesús de Nazaret: «La verdad os hará libres». Precisamente esa causa común, la familia, no es otra cosa que una búsqueda compartida de la verdad, la verdad que está por encima de cada cónyuge, la Verdad que está más allá y por encima de dos.

Gracias
Quien concede y acepta el «perdón», quien se instala en la relación del «por favor» a la postre se reconoce un menesteroso, un necesitado. Sabe, y así lo espera, que existe la otredad que le es necesaria porque le complementa, que es saludable porque le ayuda, que es salvífica porque le aporta. El otro está permanentemente dispuesto a la entrega, al sacrificio. Y es allí donde sucede la armonía de dos en compañía, armonía suculenta que amanece siempre en la palabra gracias. Y así un día y otro día. Es la gratitud que recompensa: Gracias por estar conmigo.
Decía Cicerón que la gratitud es la madre de todas las virtudes. Nosotros lo proclamamos así en nuestro refranero: «De bien nacido es ser agradecido». La gratitud presupone solera humana, es como el vino que mejora con el paso de los años. Y sobre todo es la autoconciencia permanente de saberse incompleto, es la aspiración a la plenitud de ser. Quien es capaz de la acción de gracias transita por el camino de la perfección.
No en vano Eucaristía significa etimológicamente acción de gracias. Y todos sabemos que en ella sucede la mayor entrega posible por amor. Digámoslo hasta la saciedad: Gracias por quererme. Y es que las palabras «perdón, por favor, gracias! son la tapadera tras la que se esconde el amor. Digámoslas con pasión. Alguna vez también, las manos enlazadas, digámoslas delante de la puerta de un Sagrario.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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