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Historias de familia (noviembre 2018: Las Marías de Roma)

26 noviembre 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2018.

«Espero mucho bueno de ellas por estar tan cerca del Vicario de Cristo en la tierra»

El 27 de junio de 1925 se erigía canónicamente, en Roma, mediante un decreto dado por el Cardenal Vicario, Basilio Pompilj, la obra de las Marías de los Sagrarios. Se instituía a solicitud del padre jesuita Enrico Radaeli, que se lo comunicaba en aquel verano a D. Manuel quien, «con alegría y gratitud», publicaba en el primer número de octubre de El Granito la noticia de la creación este nuevo centro llamado a ser un centro muy especial, por estar en el centro de la cristiandad y junto a la sede de Pedro.


No se sabe con certeza cómo este sacerdote jesuita, residente en el Colegio Romano, había sabido de D. Manuel, a quien escribía en francés, «por resultarle más fácil» (El Granito de Arena, 5/10/1925, n. 433, p. 585). Se me ocurre teorizar sobre una circunstancia que podría relacionarles. La traducción al francés de libro Lo que puede un cura hoy se publicó a finales de 1923, realizada por el padre Romain Pechdo de la Compañía de Jesús. Una segunda edición de Ce que peut un Curé aujourd’hui, saldría en 1925 y poco después, en 1926, el libro aparece recensionado en el n. 77 de la prestigiosa revista La Civiltà cattolica, editada por los jesuitas. ¿Podría ser el anónimo autor de esta reseña, que manifestaba ya el deseo de contar pronto con una edición italiana de esta obra, el P. Radaeli? Este podría haber sido un motivo para que contactaran, pero hay que anotar otra circunstancia que pudiera justificar la correspondencia entre ambos.

Génesis de la Obra en Roma
En una de las primeras cartas que se intercambia con D. Manuel, Radaeli se refería a unas señoras que colaboraban con él encargándose del cuidado y exorno de determinados Sagrarios. Es posible que, existiendo en Roma desde 1922, alentadas por este jesuita, un grupo de personas que cuidaban los ornamentos de algunas iglesias (lo que en España conocemos como un ropero), él escribiera al fundador de la obra de las Marías de los Sagrarios para convertir este grupo en el primero de la Obra en Italia.

Seguramente es por esto que D. Manuel, sin dejar de alabar esta iniciativa, le explica que cuidar materialmente los Sagrarios puede ser consecuencia de la acción de las Marías, pero que aquellas que se conformen con esa función no podrían considerarse verdaderamente tales. Desconocemos pues el origen de la relación entre D. Enrico y D. Manuel, pero sí sabemos que nunca llegaron a conocerse en persona. Radaeli contaba en la carta donde anunciaba el establecimiento de la Obra en Roma, que había sufrido un accidente el mismo día en el que lo solicitó ante el Vicariato y que, a consecuencia de aquella caída, se encontraba muy débil. No sabemos si este accidente fue el desencadenante de su muerte, pero el 13 de diciembre de 1926 falleció aquel primer director de las Marías romanas, sin haber podido encontrarse nunca con su fundador.

En efecto, El Granito se hace de nuevo eco de noticias del centro romano para dar cuenta de la carta en la que la presidenta de las Marías, la condesa Cecilia Aluffi Pentini, comunica a D. Manuel la muerte del padre Radaeli (cf. 5/1/1927, n. 463, p. 20).

La condesa había sido la promotora de la Obra en Roma. Ella, con un grupo de amigas entre las que cabe destacar a la hermana de quien más tarde sería el papa Pío XII, Josefina Pacelli, empezaron a visitar las iglesias del centro de Roma. Era esta una zona donde, precisamente por ser muchos los templos, también era mucho el abandono de los Tabernacoli.

La condesa había nacido en Bolonia en 1875, en el seno de la familia Malvezzi Campeggi. Tras su matrimonio con el conde Aluffi Pentini, muy vinculado al Vaticano, vivirá en Roma. Uno de sus hijos, Mario, será sacerdote; otro, Piero, contraerá matrimonio con una joven de Siena que también se uniría al grupo de las Marías romanas y que falleció prematuramente dejando cinco hijos.

Para comprender bien la idiosincrasia de aquel grupo hay que tener en cuenta que hasta el año 1929 no se normalizarían las relaciones entre la Santa Sede y el Reino de Italia, enfrentados políticamente desde 1870. En aquella Roma del primer tercio del s. XX existían familias italianas que permanecían del lado del pontífice, frente a las exigencias del Gobierno de su propio país en el asunto que se conoció como «la cuestión Romana» y no es de extrañar que fueran mujeres de estas familias las que se unieran con la intención de reparar el abandono de aquellos Sagrarios de la ciudad, abandonados quizás por culpa de la larga confrontación entre los intereses políticos del Vaticano y del Reino de Italia.

Vinculada a un oratorio
Como todas las asociaciones, también la Obra de las Marías debería tener una sede. El c. 712 del Código de Derecho Canónico entonces vigente, señalaba que podrían «erigirse asociaciones integradas solo por mujeres siempre que estuvieran vinculadas a un oratorio público de religiosas». El P. Radaeli pensó en un primer momento que las Marías se establecieran en torno al oratorio de las Hermanas de San Giuseppe dell’Apparizione, pero por alguna razón esto no sería posible. Finalmente, un decreto del Vicariato de 9 de diciembre de 1926 determina que se ubicaran en el que tenían en Via Agostino Depretis 74, las religiosas de la congregación de los Ángeles Custodios, fundada por la española Rafaela Ybarra, que en esos días estrenaban su primera casa en Roma. Años más tarde al trasladarse estas religiosas al Lungotevere delle Armi, también la Obra de las Marías cambiaría allí su sede.

Algunas fechas quedarían señaladas en la historia de aquellas primeras Marías romanas. Quizás la primera, la del 1 de marzo de 1929, cuando, dirigidas ya entonces por el padre Rovella, fueron recibidas en audiencia por el papa Pío XI. En aquella ocasión se unió al grupo la esposa del Embajador de España ante la Santa Sede, persona sobre la que recaía la presidencia honoraria del Centro. En aquel momento la embajadora–consorte era Dª María de los Ángeles Fernández de Henestrosa. Y es que, aunque las Marías de los Sagrarios era una asociación con sede en Roma, en aquellos inicios siempre estuvieron en contacto con la representación diplomática de España ante la Santa Sede, como muestra de cortesía al país donde la Obra había sido fundada.

Debió ser emocionante aquella audiencia, y no menos debió ser para D. Manuel leer en Málaga la carta en la que Mons. Rovella se la narraba con detalle. En la crónica que él mismo escribiría para El Granito, redactada a partir de las noticias que recibió desde Roma, D. Manuel destacó unas palabras del pontífice que sin duda debieron emocionarle: «Un antiguo filósofo decía que la verdad y la bondad se identifican. El bien que las Marías hacen es particularmente bello, porque consiste propiamente en continuar la Obra de las Tres Marías, llamando a las almas alrededor de los Sagrarios: y la Obra es tanto más meritoria cuanto que se congregan en torno a los Sagrarios más abandonados».

Al transcribir estas palabras del papa, D. Manuel añadirá «¡cómo se derrite el alma de gratitud al oír decir [esto] al Pontífice Sumo, al Vicario del Jesús abandonado que buscan las Marías!» (El Granito de Arena, 20/4/1929, n. 518, p. 234).

D. Manuel había anunciado una visita al centro de Roma para el 1927 que, sin embargo, no tuvo lugar hasta octubre de 1932, pues las circunstancias retrasaron hasta ese momento la visita ad limina de los obispos españoles.

El día 13 de aquel mes tuvo una reunión con las Marías «en italiano». Para entonces, además del instalado en Roma, contaban con centros de las Marías en otras tres diócesis de Italia. Es por ello que, en una carta que desde allí escribió a su hermana y a su sobrina, D. Manuel afirmaba que cuando hiciera una nueva visita, habría que convocar ya «una asamblea de Marías italianas». Y en cierto modo así fue pues la siguiente reunión de la Obra en Roma convocó a algunas de otros lugares de Italia y tuvo un carácter incluso «internacional».

En efecto, D. Manuel volvería a Roma en abril de 1934, en los días en los que se cerraba el año santo de la Redención y se celebraba la ceremonia de canonización de D. Juan Bosco. Para asistir a estos eventos, muchas Marías de España se encontraban en Roma en esos días. El 2 de abril se celebraría una asamblea en la que participaron las españolas e italianas (no solo de Roma, también las de Florencia), que aparece recogida en El Granito de Arena del 5 de junio (cf. n. 638, pp. 328-329).

La reunión tuvo lugar en la casa de las religiosas españolas de los Ángeles Custodios. A los saludos protocolarios y los discursos siguió «una función Eucarística, dando el Sr. Obispo la bendición con el Santísimo y terminó la simpática asamblea con una merienda en que reinó la más sincera cordialidad fraterna entre las Marías romanas y las españolas».

Décimo aniversario
Esta fue la última visita de D. Manuel a Roma, aunque siempre siguió de cerca la actividad de las Marías de esta ciudad. Además, supervisó la traducción al italiano del Libro de oraciones y con gran alegría siguió los actos del décimo aniversario de la fundación del centro.

Como el día 9 de diciembre de 1926 había sido fechado el decreto que fijaba la sede de la Obra en la casa de las religiosas de los Ángeles Custodios, sería el 10 de diciembre de 1936, cuando Mons. Miguel de los Santos Díaz Gomara, obispo de Cartagena, celebrara la Misa y presidiera una asamblea conmemorativa de este aniversario. Unos actos que tuvieron repercusión hasta el punto que el diario L’Osservatore Romano en su número del 19 de diciembre publicaría un extenso artículo titulado «La Obra eucarística de las ‘Tres Marías’ en su primer decenio en Roma». Como se podía leer allí, eran entonces veinticinco las iglesias romanas que recibían las visitas de 75 Marías activas y unas 400 las personas participantes en los actos que se organizaban.

Aun podrían decirse cosas interesantes de las personas que pusieron en marcha la obra en Roma, especialmente del P. Radaeli, s.j., y de D. Giovanni Rovella, un sacerdote que abandonaría su importante puesto en la Congregación de la Visita del Vaticano para hacerse cargo de la parroquia de Santa María la Mayor, en unos momentos en los que se pidió a los sacerdotes de la Urbe que se interesaran por el trabajo parroquial en la diócesis de Roma, pues habiendo muchos en la ciudad, la mayoría preferían trabajar en la Curia Vaticana.

Y por supuesto de la condesa Cecilia Aluffi–Pentini, fallecida en 1948, que, durante su última enfermedad y estando la actividad de las Marías suspendida a causa de aquella II Guerra Mundial, no dejó de insistir a quienes la rodeaban de la necesidad de continuar con la Obra en cuanto fuese posible, como afortunadamente sucedió.

Don Manuel fue siempre muy «romano», amó a Roma como origen de la cristiandad, como tierra de los primeros mártires y como sede del sumo pontífice. Atento siempre a las sugerencias de los papas, todas sus iniciativas fueron en consonancia con las indicaciones de los sucesores de Pedro, de modo que para D. Manuel contar con un grupo de Marías en aquella ciudad tenía un significado muy especial, y por eso escribiría en 1937 al director de las Marías en Roma: «El Corazón Eucarístico de Jesús se complace en bendecir nuestra Obra y ésta se arraiga y crece en la Capital del Orbe católico, bajo la protección y a la vista del Santo Padre, y esto es de una trascendencia extraordinaria por el ejemplo que dan esas buenas Marías romanas a las Marías de todo el mundo». Seamos pues de algún modo «Marías romanas» estando, como aquellas, siempre «cerca del Vicario de Cristo en la tierra».

Aurora Mª López Medina
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