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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (diciembre 2018)

4 diciembre 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2018.

«El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo»

«La liturgia es la Iglesia viviendo su fe, su adoración, su amor. El culto es el cuerpo visible de la religión. Y la liturgia es su expresión, su gesto, sus modales, su palabra» (OO.CC. I, n. 175). Sí, a través de la liturgia, la Iglesia celebra su fe, robustece su esperanza, fortalece la comunión y unidad entre sus miembros, participa de la vida divina, se colma de gracia, se testimonia el misterio de Cristo, se anticipa ya en la tierra la ciudad futura.

La adoración eucarística es un sacramental que prolonga e intensifica la acción espiritual de la Eucaristía. Así lo afirmaba san Manuel: «la liturgia es el dogma vivido, y metido en lo más hondo de la vida de los creyentes, enseñando auténtica, instintiva, solemne y oficialmente, y puesto al alcance de los rudos y abriendo horizontes sin fin a los sabios humildes» (OO.CC. I, n. 175).

El culto eucarístico fuera de la Misa está al alcance de todos: los rudos y los sabios, los ricos y los pobres, los laicos y los consagrados, los solteros y los casados, los sacerdotes y los obispos: prolonga y acrecienta lo que hemos vivido y celebrado en el sacrificio del altar, en el banquete del amor.

En la adoración silenciosa y pausada, en actitud de amor y confianza, con humildad y perseverancia, el adorador eucarístico deposita todas sus alegrías y esperanzas, todas sus tristezas y angustias en el Corazón de Cristo. Que es, con mucho, el mejor escuchador de quien acude a Él en larga conversación espiritual.

Ahí se palpa su amor infinito. Ahí se da la fusión de corazones: el Corazón de Cristo en el corazón del adorador, y viceversa. Fusión de corazones como dos cirios que arden y se funden al unísono.

¡Cuánta paz y sosiego, cuánto consuelo y apoyo, cuánta fuerza y esperanza recibe del Señor Sacramentado quien acude a Él con confianza y se asemeja al discípulo amado (cf. Jn 13,25), reclinando su cabeza en el pecho de Jesús!

Oración inicial
¡Oh, Jesús Sacramentado, presencia viva y sacramental, que estáis ahí, en la custodia, para que os adoremos, te damos gracias porque podemos adorarte con fervor, reconociendo que estás con nosotros como Pan vivo bajado del cielo; concédenos que gustemos las delicias de amor transformante y nos dejemos asimilar por ti. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
«Jesús les respondió: –Os aseguro que me buscáis, no por las señales que habéis visto, sino porque os habéis hartado de pan. Trabajad no por un sustento que perece, sino por un sustento que dura y da vida eterna; el que os dará este Hombre. En él, Dios Padre ha puesto su sello. Le preguntaron: –¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios? Jesús les contestó: –La obra de Dios consiste en que creáis a aquél que él envió. Le dijeron: –¿Qué señal haces para que veamos y creamos? ¿En qué trabajas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Les dio a comer pan del cielo. Les respondió Jesús: –Os lo aseguro, no fue Moisés quien os dio pan del cielo; es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: –Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,26-34).

Para meditar
El Verbo eterno del Padre, el Unigénito, en la plenitud de los tiempos, se encarnó en el vientre purísimo de la Inmaculada Concepción, cuando pronunció el «Hágase» de la Anunciación: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria» (Jn 1,14). El Verbo eterno se hizo Verbo encarnado: hombre «en todo como nosotros, menos en el pecado» (Hbr 4,15). Nació pobre y humilde. Su madre «dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre». Tan pobre, tan pobre que vino al mundo en un establo: «porque no había sitio para ellos en la posada» (Lc 2,7). El Niño Dios «iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52).

Ya adulto, bajó desde Nazaret hasta el lugar del río Jordán, «donde Juan estaba bautizando» (Jn 1,28). Allí, el Bautista dijo de Él: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

El buen Pastor (Jesucristo), en la cruz, se hizo Cordero de Dios, dando su vida en rescate por muchos. En la víspera de su muerte, instituyó la Eucaristía: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19).

El Pastor se hizo Cordero. El Cordero es «el alimento que perdura hasta la vida Eterna», «el Pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo»; Él es quien nos asegura: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado»; «es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo»; «Yo soy el Pan de vida» (Jn 6,29.32.35).

Comamos y bebamos este Cuerpo entregado y esta Sangre derramada. Adoremos con mirada de fe y bajo la luz del Espíritu esta Presencia real y sacramental de Cristo Resucitado como Pan vivo bajado del cielo. Dejémonos transformar por su infinito amor: «Quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar al más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía de la resurrección corporal al fin del mundo. Por eso san Ignacio de Antioquía definía con acierto el Pan eucarístico «fármaco de inmortalidad, antídoto contra la muerte» (EdE18).

Escuchemos a san Manuel
«Y trabajar con Cristo es ir mucho al sagrario, para preguntar al Maestro que está allí, para hacerse fuerte con la mirada del Capitán que está allí, para disipar tinieblas y dudas con la Luz que está allí, para reparar pérdidas y cobrar alientos con el Pan que está allí y para transformarse en valiente, en héroes, en loco, que todo es preciso a veces, con el amor de Cristo que está allí» (OO.CC. II, n. 3778).

«¿Cómo se paga en la casa del Pan vivo? En la casa del Pan vivo se paga agradeciendo; se agradece digiriendo, asimilando y comiendo más a Jesús. ¿Me quieres explicar en qué consiste la digestión y la asimilación del Pan vivo?» (OO.CC. I, n. 824).

«Y ¿llegará alguna vez el alma bien alimentada del Pan vivo a la visión total de Jesús? En la tierra los buenos comulgantes llegarán a la bienaventuranza de ver a Jesús prometida por Él a los habitualmente limpios de corazón, visión que, aunque no es completa, llega a veces a una contemplación muy parecida a la del cielo y a una especie de instinto de Jesús que les hace como adivinarlo y verlo en donde los demás no lo ven» (OO.CC. I, n. 833).

Oración de súplica
Presentemos con alegría nuestras oraciones ante el Niño Dios, Príncipe de la paz, que trae la luz a las naciones y la reconciliación entre los pueblos:

R/ Que tu infinito amor, Señor Jesús, traiga la paz a todos los hombres.

  • Tú, Verbo eterno, que viniste del Padre para hacerte hombre, perdona nuestros pecados y transfórmanos en cristianos eucarísticos y eucaristizadores. R/.
  • Tú, Pan vivo bajado del cielo, naciendo del vientre purísimo de la Virgen María, haznos vivir en esperanza ante tu llegada jubilosa y humilde. R/.
  • Tú, que eres reflejo de la gloria del Padre e impronta de su ser, visítanos con tu luz, tu paz y tu salvación en esta Navidad. R/.
  • Tú, que descendiste a la tierra en el silencio de la noche, danos la gracia de gustar la soledad habitada, la escucha de tu Palabra, la meditación de los misterios de tu infancia y de tu vida oculta en Nazaret. R/.
  • Tú, que eres el Hombre perfecto, desde la entrega total en la cruz, concédenos que la comunión eucarística diaria, bien digerida y asimilada, nos haga ser signo e instrumento de tu amor entre los pobres y los que sufren. R/.

Letanías de acción de gracias al Niño Dios
Respondemos: Te damos gracias, Señor Jesús.

  • Porque estabas desde el principio junto a Dios.
  • Porque siendo el Eterno entraste en el tiempo.
  • Porque eres la Vida y la Luz de los hombres.
  • Porque alumbras a todo hombre, viniendo al mundo.
  • Porque reconociéndote el Hijo, nos has adoptado como hijos de Dios.
  • Porque tu Nacimiento nos envuelve en tu gloria.
  • Porque la plenitud de tu amor nos santificó.
  • Porque la gracia y la verdad nos ha llegado por tu misterio de Encarnación.
  • Porque nos has dado a conocer al Padre.
  • Porque, siendo el Pan de vida, naciste en Belén, Casa de Pan.
  • Porque el canto de los ángeles sigue resonando hoy.
  • Porque tu paz llega hoy a los hombres de buena voluntad.
  • Porque nos permites adorarte como los pastores en Belén.
  • Porque siendo el Verbo eterno te has hecho Verbo encarnado.
  • Porque naciste pasando por uno de tantos.

Padre nuestro
Terminemos nuestras súplicas dirigiéndonos confiadamente al Padre con la oración que nos enseñó Jesús: Padre nuestro.

Oración final
Bendito y alabado seas, Padre, porque en la plenitud de los tiempos, enviaste a tu Hijo como Salvador y Mesías, desde la pobreza y humildad de su nacimiento en el pesebre de Belén; concédenos compartir con Él su vida divina, igual que ha compartido con nosotros nuestra condición humana desde su Encarnación. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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