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La liturgia, encuentro con Cristo (diciembre 2018)

7 diciembre 2018

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2018.

Vino a los suyos como Maestro

Estos días de la venida del Señor proponemos rezar –ante el Santísimo– o meditar –en la oración privada– una bella oración: el prefacio de «Cristo, Maestro único y universal». Como ya sabemos, con el prefacio inicia la plegaria eucarística: el corazón de cada Misa.

Prefacio: Cristo, Maestro único y universal
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación,
glorificarte, Padre Santo,
Dios de misericordia infinita,
que, desde toda la eternidad,
ofreces a los hombres
tu vida inmortal.
Tú creaste el mundo
y con amor infinito lo conservas.
Como Padre bueno,
velas por tus criaturas
y reúnes en una sola familia
a todos los hombres
creados para gloria de tu nombre,
redimidos por la cruz de tu Hijo
y señalados con el sello
de tu Espíritu.
Te damos gracias por Jesucristo,
a quien nos diste
como Maestro único y universal.
El es tu Palabra viviente,
el camino seguro
que nos conduce hacia ti,
la verdad eterna que nos hace libres,
y la vida sin fin
que nos colma de alegría.
Por este don de tu benevolencia,
unidos a los ángeles y a los santos,
te entonamos nuestro canto
y proclamamos tu alabanza:
Santo, Santo, Santo.

En este formulario, propio de algunas familias religiosas, el cuerpo del prefacio está dividido en dos partes para terminar con una sencilla conclusión. Si bien, ya desde su inicio (protocolo) nos muestra el gran mensaje de salvación: Dios, con infinita misericordia, ofrece a los hombres su vida inmortal.

Misericordia es el nombre de Dios
En su primera parte (embolismo) se nos presenta la obra de la Trinidad: el Padre es Creador y lo ha hecho todo movido por su infinito amor. Esa ternura providente se ocupa de sus criaturas, conservándolas y velando por ellas. Los seres humanos no somos una casualidad: hemos sido creados (cf. Gn 1,26) para gloria de su nombre (cf. Is 43,7. 21; Ef 1,5-6. 12); un día, también nosotros también seremos manifestados con él en gloria (Col 3,1-4) y, mientras, le glorificamos (Rm 11,36).

El Padre quiere reunir a todos los hombres en una sola familia, la Iglesia, para que descubran que han sido redimidos por la entrega sacrificial del Hijo, como Sacerdote y Víctima (cf. Heb 10,19; 1Jn 1,9). Es decir, rescatados y comprados por Cristo para ser propiedad suya (1Cor 6,19-20; Ap 5,9-14). El «Credo del Pueblo de Dios» del papa Pablo VI (PF), nos enseñaba que «creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimió, por el sacrificio de la cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros» (n. 17).

El Espíritu Santo aparece como Aquel que «señala» a los redimidos por el Hijo marcándolos con su sello (cf. 2Cor 1,22; 5,5; Ef 1,13; 4,30). Esto es lo que llamamos «unción» y que permanece en nosotros como una garantía (cf. 1Jn 2,27): nos ofrece la seguridad de que pertenecemos a Dios y de que la promesa de salvación es cierta.

Ahora bien, el ser humano tiene que asimilar todo esto volviéndose discípulo que contempla, escucha y obra (cf. Gal 5,22-23). En definitiva, tiene que aprenderlo porque el Misterio de Dios supera infinitamente todo aquello que se puede entender de modo humano. Ante este misterio el discípulo se muestra agradecido.

Acción de gracias por Jesucristo Maestro
La segunda parte del prefacio se centra en Jesucristo como Maestro único y universal. Como atributos del Hijo, Palabra viva del Padre, aparecen las expresiones evangélicas de «camino, verdad y vida». Ya, desde su nacimiento, fue reconocido por los pastores, adorado por los magos y escuchado por los doctores del Templo. «Él mismo habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Anunció y fundó el Reino de Dios, manifestándonos en sí mismo al Padre. Nos dio su mandamiento nuevo de que nos amáramos los unos a los otros como él nos amó. Nos enseñó el camino de las bienaventuranzas evangélicas, a saber: ser pobres en espíritu y mansos, tolerar los dolores con paciencia, tener sed de justicia, ser misericordiosos, limpios de corazón, pacíficos, padecer persecución por la justicia» (PF 12). Él enseñó caminando a nuestro lado; siendo reconocido, durante su vida, como «Maestro bueno» (Mc 10,17).

Es Maestro que indica el camino hacia el Reino
Aprendemos con Él, en su Iglesia, que no tenemos en la tierra ciudad permanente (cf. Heb 13,14) pero fomentamos la justicia y la paz sirviendo, especialmente, a los más pobres y necesitados. La Iglesia, su Esposa, comparte el camino de la humanidad esperando con ardor a su Señor y el Reino eterno (cf. PF 27). Los ángeles mostraron el camino de Belén a los pastores (cf. Lc 2,11) y también nosotros mostramos a todos el camino de la salvación.

Es Maestro de la verdad eterna que libera
La verdad se ha revelado desde antiguo. La Iglesia es heredera de las divinas promesas e hija de Abrahán según el Espíritu, por medio de aquel Israel, cuyos libros sagrados conserva con amor y cuyos patriarcas y profetas venera con piedad. Edificada sobre el fundamento de los apóstoles, la Iglesia conserva, enseña, explica y difunde aquella verdad que, bosquejada hasta cierto punto por los profetas, Dios reveló a los hombres plenamente por el Señor Jesús (cf. PF 20). Los ángeles lo anunciaron como el verdadero Mesías de Israel; nosotros lo confesamos como el Ungido al que escuchamos.

Es Maestro de la vida sin fin que nos colma de alegría
Durante el transcurso de los tiempos el Señor Jesús forma a su Iglesia por medio de los sacramentos, que manan de su plenitud y no goza de otra vida que de la vida de la gracia. Sus miembros, ciertamente, si se alimentan de esta vida, se santifican; teniendo poder de librar de los pecados a sus hijos por la sangre de Cristo y el don del Espíritu Santo (cf. PF 19) y esperando el domingo sin ocaso cuando la muerte será destruida totalmente (cf. PF 28). Los ángeles cantaron su gloria como Kyrios; nosotros lo confesamos como el Señor de la vida.

Este prefacio es una acción de gracias a Dios Padre por la obra de la creación y especialmente por la nueva creación: la redención obrada por Jesucristo. Desde el comienzo nos hace profesar nuestra fe como alabanza al Dios creador de las cosas visibles, es decir, de este mundo en que pasamos nuestra breve vida. La conclusión del prefacio (escatocolo) nos recuerda la creación invisible, como son los espíritus puros, que llamamos también ángeles (cf. PF 8). Con ellos y los espíritus de los santos, cuyas almas espirituales e inmortales contemplan el misterio de Dios tres veces santo, queremos unirnos –un día– los que ahora seguimos las huellas del Maestro.

Manuel G. López-Corps, Pbro.
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