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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (enero 2019)

10 enero 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2019.

«Hijos míos, no amemos de palabra y de boca
sino de verdad y con obras»

«Señores, señoras o señoritas, permitidme que os diga que no queréis de verdad a los pobres. ¿Os enteráis?
Eso no es querer. Llamadlo como os plazca; pero, por Dios, no profanéis esa palabra tan grande, aplicándosela a una cosa tan chica» (OO.CC. III, n. 5000).


Fuerte, firme, contundente es san Manuel González a la hora de denunciar la escasa dedicación de tiempo de los católicos a los pobres. Pregunta con valentía y decisión: «Y vamos a ver, ¿cuánto tiempo dedicáis a hablar de y con vuestros pobres? ¿Media hora a la semana, cuando vais a la junta o unos minutillos mientras les dais los bonos o les dais lección y esto no todas las semanas, sino cuando otras atenciones no os lo impiden? De modo que media horita de cuando en cuando, ¿eh?» (OO.CC. III, n. 5000).

La Iglesia, a lo largo de los siglos, siempre ha estado con los pobres y para los pobres. Más todavía: ha de ser la Iglesia de los pobres, Iglesia pobre con los más desfavorecidos: «Para la Iglesia la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica. Dios les otorga su primera misericordia. Esta preferencia divina tiene consecuencias en la vida de fe de todos los cristianos, llamados a tener “los mismos sentimientos de Jesucristo” (Flp 2,5)» (EG 198).

El papa Francisco es claro y directo en sus afirmaciones y se apoya en lo que ya dijeron san Juan Pablo II y Benedicto XVI: « Sólo desde esta cercanía real y cordial podemos acompañarlos adecuadamente en su camino de liberación. Únicamente esto hará posible que “los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como en su casa. ¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la Buena Nueva del Reino?” (NMI 303)» (EG 199).

No caben ambigüedades. Nos sobra mediocridad. Nos falta decisión y desprendimiento. Nos llama Francisco a ser pobres con los pobres: «Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos» (EG 198).

Contemplemos hoy, en profundo silencio, la presencia eucarística de Jesús vivo en el Pan de la Vida. ¡Adorémosle!

Eucaristía y opción por los pobres han estado siempre inseparablemente unidas en la vida de la Iglesia, en el testimonio de los santos y en la entrega generosa de las comunidades cristianas a los más desfavorecidos y marginados.

Oración inicial
Oh, Dios Padre de los pobres, que enviaste a tu Unigénito como Salvador y Él, en obediencia a ti, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza, concédenos descubrir en los pobres el rostro de Cristo y ser la voz profética de sus causas y luchas, la mano sanadora de sus heridas, el amigo entrañable de quien se siente solo, abandonado o explotado. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
1Jn 3,13-18

Escuchamos a san Manuel
San Manuel González es claro, directo, rotundo, a la hora de denunciar la apariencia, el boato, el paternalismo o el tranquilizar la conciencia cuando se participa en una obra a favor de los pobres y necesitados: «No pocas veces he sentido pena cuando al preguntar a algún director o fundador de obras por el estado de las mismas, me ha salido con este gran dato, ¡muy bien, sí, señor; muy bien! ¡Si he logrado coger para presidente al marqués o diputado tal, o a la duquesa cual y tengo ya metidos en la junta a todo lo principalito…!» (OO.CC. III, n. 5004). Le repugnaba tanta apariencia o el buscar solo llenar la caja del dinero: «Amigos y hermanos, mucho cuidado con las oligarquías católicas» (OO.CC. III, n. 5005).

Por el contrario, apostaba por católicos capaces de la abnegación de sí mismos, dedicando su tiempo y su esfuerzo, su entrega y su servicio a los mas desfavorecidos: «Yo aseguro, y al que lo dude lo remito a la experiencia de muchos desastres, que una obra católica, piadosa, social, benéfica, educativa, como quiera que sea, será tanto más próspera y fecunda cuanto más abnegación haya en los que la dirijan o informen» (OO.CC. III, n. 5006).

Los primeros en la entrega, desprendimiento y servicio han de ser los que están al frente de esa obra social o educativa: «La curva de su prosperidad va siempre paralela a la de la abnegación de sus jefes y directores» (OO.CC. III, n. 5006).

El ejemplo es lo que va por delante, lo que convence a otros, el ejemplo de los responsables de cualquier obra social: «He observado que sólo cuando se convencen los demás de que el que está al frente de esa obra ha gastado el último céntimo suyo, es cuando se deciden a dar con gusto y espontáneamente su dinero» (OO.CC. III, n. 5010).

Junto a la abnegación del dinero propio y del nombre propio, san Manuel destaca la abnegación del trabajo propio. «Obras son amores y no buenas razones», dice el refrán. «Pues verá: usted tiene manos ¿es verdad? Y fuera de un ratillo que se las ocupan la cuchara y el tenedor para comer, o la pluma para escribir alguna carta y el bastón para dar un paseíto ¿verdad que se les pasa mucho rato a sus manos sin ocuparse en nada? Pues mire usted en aquel centro u obra a que usted pertenece hacen falta manos que escriban libros de cuentas, o cartas de propaganda o recomendación, que estrechen manos callosas de obreros o de gente a quien nadie les da la mano… sí señor; allí hacen falta manos» (OO.CC. III, n. 5020).

«Usted tiene horas libres, pocas o muchas, ¿verdad? y hasta horas aburridas; pero ¿usted se ha fijado en todo lo que se puede hacer en una hora? ¿Le gustan las obras de Misericordia? Es una lista de obras buenas que subyugan a las almas generosas, ¿no es esto? Pues hágase usted cuenta de que en una hora bien empleada se pueden practicar todas esas catorce obras. Y no digo nada si en vez de una se dispone de muchas horas todos los días» (OO.CC. III, n. 5022). Estas palabras de san Manuel son continuación de los mil gestos de servicio que ha prestado la Iglesia a lo largo de los siglos; y son anticipo de lo vivido por tantos santos que en el siglo XX se han entregado a los más pobres.

«Dad, pues, a los pobres, hermanos míos. Teniendo qué comer y con qué vestirnos, ¿no deseamos más? No obtiene otro beneficio el rico de sus riquezas, a no ser lo que le pide el pobre, alimento y vestido. ¿Qué otro provecho saca de todo lo que tiene? Recibe de ello el alimento y el vestido necesario. Necesario, digo, no vano ni superfluo. Los que son tus bienes superfluos son necesarios a los pobres» (San Agustín, Sermón 61).

«Existen muchas clases de pobreza. Incluso en países cuyo nivel económico parece ser elevado existen expresiones de pobreza oculta, tales como la tremenda soledad de la gente que se siente abandonada y sufre por ello. Personalmente estoy convencida de que el peor de los sufrimientos es el de sentirse solos, no queridos, no amados» (santa Teresa de Calcuta). «El amor de Dios tiene que engendrar un servicio total. Cuanto más repugnante es el trabajo, mayor debe ser el amor, cuando lleva socorro al Señor disfrazado con los harapos del pobre» (ídem).

En Cristo, por Cristo y con Cristo, brota la caridad; caridad hecha servicio; servicio hecho con humildad, sencillez, olvido de sí mismo, abnegación, silencio,… descubriendo en el pobre al mismo Cristo: «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

El alimento eucarístico, la comida de salvación, el Pan vivo bajado del Cielo nos introducen más y más en los mismos sentimientos de Cristo, para dar gratis lo que de Él recibimos gratis.

Afirma Benedicto XVI: «en la Eucaristía Jesús nos hace testigos de la compasión de Dios por cada hermano y hermana. Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco» (SC 88).

Invocación de perdón ante los pobres
Vivamos en continuo estado de conversión, reconociendo nuestra miseria y pecado ante la realidad de los pobres y los que sufren. Respondemos: Señor, ten misericordia de nosotros

  • Porque estamos apegados a los bienes de este mundo.
  • Porque nos ata la comodidad y el confort.
  • Porque nos cuesta prestar tiempo al que está solo.
  • Porque pasamos de largo ante el que está pidiendo en la calle o en la puerta de la parroquia.
  • Porque somos tacaños en la entrega de dinero a instituciones eclesiales dedicadas a los pobres.
  • Porque nos falta olvido de nosotros mismos para estar más implicados en tareas concretas con los más desfavorecidos.
  • Porque no trabajamos más en favor de la justicia y el reparto equitativo de los bienes.
  • Porque no somos abnegados en ocupar el último lugar en los servicios más humildes que nos piden en la familia o en otros ámbitos eclesiales.
  • Porque nos da repugnancia atender al que huele mal, o está incapacitado, o lleva mucho tiempo enfermo, y huimos de él.
  • Porque permanecemos impasibles a la tragedia de tantos inmigrantes que mueren o pasan múltiples penalidades para llegar a Europa.
Miguel Ángel Arribas, Pbro.

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