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Con mirada eucarística (enero 2019)

29 enero 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de enero de 2019.

La santidad de Manuel González

Ha llegado el año nuevo 2019. Han venido los Reyes Magos cargados de esperanzas en este ciclo del vivir hasta los brazos definitivos de Dios. A nosotros los Reyes de Oriente nos han traído una tesis doctoral nada menos que del año 1901, y encima escrita en latín.


– ¿De qué se trata?– le pregunto a mi marido que, armado de una lupa y acompañado de un diccionario de latín, vuelca literalmente los ojos sobre unas hojas fotocopiadas que tienen el color del invierno.
– Pues se trata de eso, de una tesis doctoral defendida por un joven de apenas veinticuatro años y escrita en un latín eclesiástico propio del siglo XIX.
– Interesante. ¿Y se puede saber cómo ha llegado hasta ti tan curioso documento?

La Verdad de Cristo
Lucrecio alza sus ojos miopes del texto y con media sonrisa entornada por la luz del flexo me contesta:
– Me lo ha regalado la Hna. Mónica, la monja que viene todos los meses a vuestra reunión de las Marías. Es una simple fotocopia de un manuscrito de dificultosa lectura, pues aparecen en él grafías casi indescifrables. Otra monja, la Hna. Ana María Palacios, me ha ayudado enormemente. Es especialista en adivinar estas letras como garabatos.
Y Lucrecio me muestra la fotocopia, orlada en los márgenes por manchones oscuros, como si me mostrara un preciado trofeo.

La fuerza de la fe
–Se trata de una tesis –continúa diciendo mi marido– que se enmarca en el ámbito de la apologética católica. Sin embargo, lo que trasluce el autor es una pasión fogosa por buscar la verdad. La Verdad está en Cristo, incluso por encima de los que no creen en Él. Toda ella está escrita con una sintaxis sonora más propia de la recitación que de la prosa argumentativa. Se adivina un escritor en ciernes, de palabra potente.
– Pero, ¿qué Cristo? Porque la figura de Jesús de Nazaret viene siendo interpretada de distintas maneras, de acuerdo con las distintas religiones que se consideran cristianas.
– Para este joven apologista no hay lugar a dudas. Es el Cristo de los Evangelios, el trasmitido por los Apóstoles hasta el día de hoy en el seno de la Iglesia Católica. Aunque lo de menos es la demostración que lo ocupa, o mejor dicho, más allá de la demostración se esconde una misión escondida, latente, la de saber, la de enseñar, la de proclamar. Aquí hay alma de apóstol.
–No me extraña –le respondo a mi marido–; toda su vida la dedicará a eucaristizar. Sus escritos, sus obras, sus fundaciones…
Lucrecio se levanta de la silla del despacho. Toma en sus manos un puñado de folios y se dirige a la ventana del salón, por la que se filtran los últimos rayos del sol de la tarde.
– Mira aquí –me dice–. Para este joven lo más importante es la fuerza de la fe, la fe pura, sin contaminaciones, la que nace del encuentro con el verdadero Jesús. Cita como prueba a Gálatas 1,8: «Pero aunque viniéramos nosotros mismos o viniera del cielo un ángel para anunciaros un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea maldito!».
– Pero la fe sin obras…
– Precisamente concibe este autor novel la fe como motivo del ser y del obrar. La fe es transformadora tanto del individuo como de la sociedad. No se concibe la realización plena de ambos sin el concurso de la fe.

La santidad pasiva y activa
– Me parece que esa concepción de la fe la va a poner en práctica a lo largo de toda su vida. Y la repetirá de mil maneras en su amplia labor de escritor.
– Efectivamente, así es, Teresa. El mártir por causa de la fe es la expresión máxima del compromiso. Qué palabras más encendidas dedica a los martirizados por este compromiso de fe. En cierto modo, él lo vivirá en sus propias carnes sobre todo a raíz de los luctuosos acontecimientos de Málaga.
– Palomares, Huelva, Málaga, Palencia…Toda una vida.
No tengo más remedio que mirar a Lucrecio, mi marido. Lo miro con un cariño que en estos momentos se convierte en evocador. Parece como si toda Málaga entrase por la ventana y se columpiara en los pliegues enhiestos de la cortina delante de nosotros mismos. Sin duda son los Reyes Magos.
– Ya en este escrito primerizo concibe el autor la vida como un camino hacia la santidad. No se trata de una santidad mortecina, opaca o reclinada. Todo lo contrario. Habla literalmente de santidad pasiva y activa. Sencillamente, el ideal de vida consiste en ser contemplativo en la acción, una santidad operante, o como se diría hoy, dinamizadora.

Una palabra fuera de sitio
– Pero la palabra santidad precisamente hoy parece fuera de sitio, no se entiende, es como anacrónica.
Lucrecio levanta el tono de voz y me contesta con toda amabilidad:
– ¿Te parece anacrónica la exhortación Gaudete et exultate del papa Francisco? Pues el papa coincide con este joven en la misma concepción de la santidad. ¿Te parecen anacrónicos los santos Agustín, Francisco, Domingo y Teresa? Pues este joven los propone como modelos de vida.
Se trata en efecto de la tesis doctoral defendida por Manuel González García en la Facultad de Teología de Sevilla el día 3 de julio de 1901. Aún no sabía que iba a entrar en la nómina de los santos contemplativos en la acción.
– Lucrecio, voy a abrir un poco la ventana. También me parece como si el aire viniera cargado del aroma de un Sagrario abandonado.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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