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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (febrero 2019)

4 febrero 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2019.

«Bienaventurados los pobres en el espíritu
porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3)

«Feliz año nuevo: Es la palabra y el saludo de estos primeros días del año que comienza. Y o no significa nada, o significa que deseamos al que se la decimos felicidad para todo el año. Marías, Discípulos de San Juan, amigos de El Granito de Arena, ¿vamos a decir con verdad y en serio el saludo de año nuevo? ¿Sí? Pues vamos a dedicarnos este año a trabajar con verdad y en serio por dar un poquito de más felicidad a los que nos rodean» (OO.CC. II, n. 3099).

Amigos de El Granito de Arena: ¿somos felices? ¿Podemos ser felices? ¿En qué medida? En los primeros días del año, cuando saludábamos a familiares y amigos, exclamábamos: «Feliz año nuevo».

San Manuel González nos pregunta con todo acierto: «¿vamos a decir con verdad y en serio el saludo del año nuevo?».

Hoy, aquí, delante de Jesús Eucaristía, adorándolo, dejándonos mirar por Él, preguntémonos: ¿cómo sonaba en mí ese saludo de feliz año nuevo? Cuando lo decía, ¿lo pronunciaba con verdad y en serio?

San Manuel apostilla muy bien viendo la realidad: «A juzgar por lo que se repite esa palabra [¡Felicidades! ¡Felicidades!, en días de año nuevo] y se desea lo que en ella se contiene, el mundo debería nadar en bienaventuranza, no digo el año presente, sino muchos más…» (OO.CC. II, n. 3097).

Así de claro lo ve él. Así de evidente lo vemos nosotros hoy. Y, sin embargo, nos encontramos con muchas personas tristes, desanimadas, agobiadas, llenas de amargura, o desesperadas: ¿por qué?

«Y la cosa es que, a pesar de tanto gusto y felicidad, los desterrados hijos de Eva siguen gimiendo en este valle de lágrimas y la tan cacareada felicidad no aparece por parte alguna.¿Por qué?» (OO.CC. II, n. 3097).

Desde la psicología a la psiquiatría, desde la Nueva Era a las sectas paradisíacas (prometen el Paraíso en la tierra), desde los movimientos sociales a las corrientes de la filosofía, se intenta dar respuesta a esa pregunta: ¿Por qué cientos de personas no son felices? ¿Dónde está el camino de la verdadera felicidad? San Manuel nos responde: «¿Servís a Dios cumpliendo sus mandamientos? Y me responden que no los templos vacíos los Sagrarios abandonados, las tabernas, enloquecedoras, los cines inmorales, y los teatros disolventes, y los centros de ofensa permanente a Dios, repletos de hombres, de mujeres y de niños… Y termino: ¿No se sirve a Dios? Pues que no se espere gozo de Dios. Los hombres no son felices, porque están desafinados. ¡Fuera de su fin!» (OO.CC. II, n. 3098).

En silencio profundo, en meditación continua, con el corazón vibrante de búsqueda de la verdad, postrados a los pies de Cristo sacramentado, dejemos que resuenen estas palabras de san Manuel González.

Oración inicial
Oh, Cristo Eucaristía, que nos dices hoy, como a la Samaritana junto al pozo de Sicar: «Si conocieras el don de Dios…», sigue suscitando en nosotros la sed de ti, sigue diciéndonos como a esa mujer: «Dame de beber», para que quedemos saciados de tu agua viva, colmados por tu amor, y nos decidamos a dar lo mejor de nosotros mismos, en amor y servicio, cada vez que decimos: «Felicidades». PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Mt 5,3-12

Breve meditación
Dios es Padre. Dios es Amor. Se ha revelado en su Hijo, Jesucristo, trayendo la salvación al género humano, porque «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4).

Si la necesidad más importante del ser humano es ser amado y poder amar (porque hemos sido creados por amor y para el amor), el único que puede llenar, colmar, esa necesidad es el Dios Amor revelado en Jesucristo: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 4,16). El amor nos purifica, nos ilumina, nos une más y más al Amado (Jesucristo): «El amor es paciencia, es benigno. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca» (1Cor 13,4. 7. 8). «Y nosotros hemos conocido el amor de Dios y hemos creído en él. Dios es Amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1Jn 4,16).

El amor sin límites del Dios-Amor es lo único que puede hacer dichoso, feliz. Bienaventurado el cristiano: «¡Solo Dios! ¡Solo Dios! ¡Solo Dios!» (san Rafael Arnáiz).

Las Bienaventuranzas son el programa de vida del discípulo de Jesús: «Son como el carnet de identidad del cristiano. En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas» (GE 63).

«Las bienaventuranzas de ninguna manera son algo liviano o superficial; al contrario, ya que solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo» (GE 65).

Las bienaventuranzas son don y tarea. Don porque quien nos hace felices es el amor infinito de Dios. Tarea porque se nos pide la humildad de ser mendigos de ese amor, de invocar al Espíritu Santo que nos invada con su amor derramado, de suplicar la gracia que nos libere del pecado y nos haga personas nuevas.

Las bienaventuranzas nos revelan una felicidad humana que choca por las propuestas de este mundo de consumismo, hedonismo, superficialidad y diversión fácil. Son paradójicas: cuanto más pobre, más rico; cuanto más lloras, más serás consolado; cuanto más manso, más poseedor de la tierra; cuanta más hambre de justicia, más quedarás saciado. Uno es feliz porque las promesas de Dios se cumplen siempre en quien cree en Él y se deja llenar del Espíritu Santo: el Reino de Dios está presente en quien se vacía de sí y se deja llenar del amor divino.

Jesús lo dice claro y directo: «Hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20,35). «Y bienaventurado el que no se escandalice de mí» (Lc 7,23). «Estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo» (Lc 10,20).

Impregnado de su espíritu
San Manuel González estaba totalmente impregnado del espíritu de las Bienaventuranzas, de la sabiduría de los pobres de espíritu, de la sencillez de los limpios de corazón, de la humildad de los mansos. Su vida y sus escritos rezuman felicidad evangélica, dicha en darse, alegría sin fin por servir al Señor.

Escuchémosle con atención y, por la gracia del Espíritu de Amor, pongámoslo en práctica en nuestra vida. San Manuel da recetas de todo tipo para ser dichosos. «¡Amor, amor, amor! Eso es lo que hace falta; que habiendo amor, habrá obras y habrá consecuencia y lógica en nuestra vida, y gloria para Dios y bien para las almas» (OO.CC. II, n. 3307). «¿Lo oyes, pobre, pordiosero, rico desasosegado, joven melancólica, obrero triste, almas todas que sufrís desengaños, desalientos y torturas? ¡Si supieras encontrar la fuente en donde se apagan todas esas clases de sed que padecéis, cómo se secarían vuestras lágrimas! ¡Qué feliz yo si hiciera ese descubrimiento a vosotros, todos los que formáis el gran ejército de los necesitados!» (OO.CC. II, n. 3310).

«Mira por toda la redondez de la tierra, mira el cielo, y si en aquella o en este encuentras algo que no te ofrezca el Corazón de quien te he hablado, entonces quéjate con amargura y razón. Pero si lo encuentras, que lo encontrarás, prorrumpe en este grito: ¡Qué dichoso me habéis hecho, Dios mío, que en el Corazón de vuestro Jesús me lo habéis dado todo! Todo, ¿lo oyes bien, alma necesitada?» (OO.CC. II, n. 3312).

«Si no nos decidimos a poner en Dios solo la esperanza de nuestra felicidad, o nos entretenemos en ir mendigando un poquito de felicidad en cada una de las cosas que nos rodean, no tardaremos en echar fuera de nuestro corazón a Dios y en entregárselo todo entero sin condiciones y casi sin libertad a aquel miserable idolillo de quien esperamos tanta dicha. En donde está Dios no caben los ídolos, y viceversa» (OO.CC. II, n. 3486).

Decálogo de las nuevas bienaventuranzas

  • Bienaventurados los que crean, como la Virgen María, que la Palabra se hace vida en quien dice: «Hágase».
  • Bienaventurados los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica, sirviendo a los demás.
  • Bienaventurados los que se dejan llevar del amor del Espíritu Santo y lo irradian en comunidad.
  • Bienaventurados quienes se humillan ante la grandeza de Dios para permitirle que Él lo sea todo en el corazón del creyente.
  • Bienaventurados quienes se marcan el firme propósito de hacer felices a los demás, dando gratis lo que de Dios han recibido gratis.
  • Bienaventurados quienes sacian su sed de infinita belleza y verdad en la fuente inagotable de la Eucaristía.
  • Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque Cristo los colmará de fortaleza, piedad y sabiduría en la misión que han emprendido.
  • Bienaventurados quienes, por Cristo y en Cristo, sirven en total gratuidad al hambriento, al sediento, al desnudo, al forastero, al encarcelado, al enfermo, porque en ellos ve el rostro de Jesús.
  • Bienaventurados quienes se empeñan, desde la fe y en comunidad, por lograr una gran familia de hermanos entre todos los hombres de la tierra.
  • Bienaventurados quienes, en medio de sufrimientos y calamidades, siguen alabando a Dios, perdonando a sus perseguidores y sonriendo a cuantos se acercan a ellos.

Oración final
Bendito y alabado seas, Padre, porque propicias desde la fe, que gocemos de los bienes de este mundo como don que viene de ti, iluminándonos para que no idolatremos a nadie ni nos construyamos falsos dioses, sino que obtengamos la felicidad prometida que es sentirnos infinitamente amados por ti. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.
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