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Con mirada eucarística (febrero 2019)

6 febrero 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de febrero de 2019.

La voz de la radio

Oímos mucho más de lo que escuchamos. Llega hasta nosotros una cantidad inmensa de mensajes a los que no prestamos atención alguna, incluso a veces los consideramos como ruidos molestos a los que, sin más, hay que despreciar.


En aquella ocasión aquel mozalbete, un niño de apenas 14 años, se apretó alrededor de su cintura una rancia cartuchera de cuero. Estaba repleta de los convenientes cartuchos que, en caso de necesidad, habría de introducir en el depósito amparado bajo el cerrojo de su fusil máuser. Porque era su fusil. Lo llevaba en bandolera, cruzando su cuerpo de parte a parte como si lo cruzara un arco iris de importancia. Porque también se sentía importante.

Hacía apenas unas horas que le habían enseñado a manejar tal artefacto y disparó bastante bien en el blanco compuesto por unas latas de tomate vacías aupadas en unos sacos terreros. Recuerda a la perfección que el instructor le había dicho «ten cuidado con el retroceso». Lo más que sabía era que le habían encomendado la alta y noble misión de matar «maquis», los que descendían de la montaña hasta el llano, el llano donde estaba su pueblo y al que aquellos acudirían –también se lo había dicho el instructor– a cometer fechorías.

Iban de dos en dos. A él le había tocado de compañero un hombre bastante mayor, que se enorgullecía de pertenecer al «somatén». A aquel niño ese extraño vocablo únicamente le sonaba a tapadera de las botellas. Tendría que preguntarle a alguien alguna vez el significado de ese trío de palabras: retroceso, maquis, somatén.

En su ignorancia, pero orgulloso, llegaron el niño y el hombre al puesto señalado, una casa medio derruida en la que prendieron lumbre a su chimenea. Recuerda además que tenía un camastro y un aparato de radio que se prolongaba en una antena por el techo al igual que una trompa metálica. La casa daba al camino norte del pueblo, el que comunicaba el valle con la sierra de enfrente. Era ya de noche, muy de noche.

Los ruidos de la noche
Hoy ya mayor, abuelo y viudo, todavía recuerda perfectamente el miedo que pasó haciendo de centinela en el umbral de la puerta. Además, su compañero el del somatén le había dicho que le avisara si venía alguien, que él tenía sueño y se iba a echar una cabezadita en esa vieja banca de madera carcomida. Todo eso lo decía pegándole con gana a una botella de coñac que llevaba escondida en el bolsillo de su zamarra. Y le dijo más, que por allí no iba a pasar ningún maqui, y que si pasaban los conocía a todos. Y también recitó sus nombres y sus apodos, de los que no recuerda ninguno.

Pero pasó mucho miedo escuchando los ruidos de la noche que en su imaginación se asemejaban a bichos destructores de todos los sentidos y a cuál peor. En esas estaba cuando llegó a sus oídos la voz de la radio que sonaba dentro de la casa, una voz consoladora, acariciante, cercana. Le parecía la voz de su madre, a la que había perdido el año pasado y seguro que, si viviera, no hubiera consentido que su hijo participara en tal disparatada empresa.

Escuchó la voz de la radio, ora sus palabras lejanas, apenas perceptibles, ora sus canciones, algunas de las cuales las ejecutaban los músicos en la plaza, cuando era la fiesta del pueblo. Y esa voz lo colmó de esperanza hasta que la aurora llegó con su luz blanca y libre de cualquier enemigo.

Cantar con la esperanza
Este hombre, hoy solitario y con nietos, aprendió muy temprano a escuchar y cantar con la voz de la esperanza. No le fue fácil la vida. Recibió escasamente los conocimientos que pudo proporcionarle el maestro del pueblo. No iría a la ciudad a estudiar el bachillerato, no iría a la ciudad a cursar estudios universitarios. Además, por esos años ni siquiera sabía que existían tales clases de estudios.

Pero le perseguía por todas partes aquella lejana voz de la radio. Tanto le perseguía, que quiso fabricar por sí mismo esos artilugios sonoros que daban paz, compañía y sobre todo un futuro con alas. Y se hizo, por correspondencia, técnico en radio y fabricó muchos aparatos, tantos que con la venta de uno componía más y muchos más. Y los vendió por todas partes. Y después se atrevió a más, y montó televisores, primero en blanco y negro y después en color, y trasportando la mercancía en su propio coche le parecía que vendía ilusiones por el mundo entero.

Se casó, tuvo varios hijos. Y estos sí que fueron a la universidad. Incluso uno de ellos trabaja en Estados Unidos para una empresa muy importante. Él nunca salió del pueblo y de los pueblos de alrededor. Para él no había días de la semana, ni sábados ni domingos, todo era trabajar para su familia, para que los suyos tuvieran todo lo que no pudo tener él. Aunque siempre había dentro de su alma algo que le empujaba a continuar, a seguir, a no tener miedo a nada ni a nadie, a no tener miedo a las circunstancias más adversas. En esta empresa suya lo ayudaba el ánimo de su mujer, que en su interior se confundía con la voz de su madre, con aquella lejana y siempre presente voz de la radio.

En la soledad de su cama –hace ya varios años que perdió a su compañera– aún se pone los cascos del transistor para escuchar las mismas palabras, las mismas músicas, distintas pero las mismas, que sabe que le anuncian la luz esperanzadora de la mañana siguiente.

P.D. Nuestro amigo Francisco, el niño de los maquis, nos ha confesado que él siempre sabía que esa voz que lo alentaba –y que lo alienta– de tan diferentes formas no es otra que la voz de Dios. Y que cuando mejor la escucha es cuando va a la iglesia y se fija en el Sagrario.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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