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Con mirada eucarística (abril 2019)

19 abril 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de abril de 2019.

«Yo soy la Verdad»

En aquella mañana de un 7 de abril, viernes, se estaba enjuiciando un supuesto acontecimiento delictivo. Se estaba buscando la verdadera razón para un veredicto de culpabilidad o de inocencia. Cuatro hombres en busca de la verdad: Caifás, Pilato, Herodes y, por supuesto, el propio Jesús.

Desde que ponemos el pie en este mundo intentamos encontrar la causa verdadera, la que da sentido a nuestra conducta, a nuestra vida, la que nos proporciona la auténtica felicidad. También Caifás, el Sumo Sacerdote, andaba en ello cuando tras el prendimiento de Jesús en el Huerto de los Olivos lo tenía bien de madrugada ante sí para emitir su veredicto.

Caifás
Lo que le sucedía a Caifás es que había decidido de antemano cuál sería el resultado de su búsqueda: veredicto de culpabilidad. Para ello no importa retorcer los argumentos, disfrazar la realidad o incluso suplantarla, incluso mentir. Manipular la verdad consiste en tender trampas para ocultar lo auténtico. Solo importa el egoísmo, el interés personal.

No le interesaba la verdad sobre Jesús, únicamente le interesaba la posibilidad de perder sus negocios, sus privilegios, sobre todo después de lo que había pasado en el Templo tras la expulsión de los mercaderes. ¿Pero quién se había creído que era ese galileo insolente? Y se rasgó las vestiduras en el mayor acceso de cinismo. La verdad ya estaba decidida: tenía que morir.

Pilato
Pero como no estaba en su mano crucificar a Jesús, lo envió al gobernador romano Pilato, quien por ley era el único que podía dictar sentencia de muerte. Y la muerte no podía venir por un delito religioso, sino por una cuestión política. Jesús, en su opinión, era un rey que se había rebelado contra Roma.

Pilato también busca y pregunta. Y encuentra que este tal Jesús es rey de un reino que no es de este mundo, que no tiene soldados a su servicio, que no se levanta en armas, y encima contesta con palabras sorprendentes: «Yo soy rey; para esto nací y para esto vine al mundo, para ser testigo de la verdad» (Jn 18,37).

Ante la verdad Pilato se calla, se asusta, huye, se la quita de encima. Al saber que Jesús es galileo, y estando en Jerusalén para la Pascua el rey Herodes, rey de Galilea, decide remitirlo a Herodes para que sea este quien proceda. Hay mucho silencio cómplice, hay pocas voces que se levantan por causa del miedo, hay demasiadas omisiones por causa de una prudencia disfrazada cuando en realidad se trata de esconder la propia debilidad.

Y Jesús, la Verdad, vuelve de nuevo de Herodes a Pilato, que en esa mañana luminosa del viernes se había quedado en su palacio esperando que otros resolvieran lo que él no se atrevía a resolver. Porque Pilato seguía preguntándose, como cualquier ser humano: ¿Y qué es la verdad?

Y cede ante las presiones. No soporta la posibilidad de que, por estar de parte de la justicia, le puedan sobrevenir incomodidades o inconveniencias. Esos judíos poderosos –el poder– le amenazan con perder su apacible estado social, su privilegiada situación, si sus amenazas llegan, como dicen, hasta el mismísimo César. Ni siquiera aceptan que cambie a Jesús por Barrabás. La presión ofusca. Y decide no escuchar la voz de la verdad. Y se lava las manos como señal que esconde no ya la inocencia sino la mayor traición cometida por cobardía.

Herodes
Herodes pasa de la verdad. Lo suyo son los pequeños placeres cotidianos, vivir bien, no ser molestado, que no se interpongan obstáculos en su mediocridad. Ahora estaba de vacaciones en Jerusalén para celebrar la Pascua, su acontecimiento festivo. Seguramente había dado órdenes de que no le molestara nadie. Pero cuando le dicen que le traen a Jesús quiere satisfacer una de sus curiosidades. Hay quienes se quedan en la pura superficialidad.

También ha llegado hasta Herodes la potestad de Jesús de hacer milagros y ahora sería la ocasión de contemplar ante sus ojos la realización de alguno. Jesús calla. Herodes se burla de la verdad, la ridiculiza. Sus venas se inflaman de soberbia y de cólera, que es el refugio al que acuden quienes no se preocupan de indagar, de explorar, de conocer.

Herodes se mofa de la verdad, la viste con señuelos irrisorios, con mantos de todos los colores. Cuando viene, la devuelve como si no hubiera pasado, la devuelve a donde sea, sobre todo si allí es sacrificada. Jesús volvió a Pilato.

Jesús
Jesús carga con la cruz. Está llegando al monte Calvario. Es casi mediodía, viernes, 7 de abril. Hay apenas 500 metros desde el Pretorio, donde ha sido condenado a muerte, hasta el lugar de la crucifixión, aunque se le han hecho muy largos, muy dolorosos. Ha sufrido la falsedad de Caifás, la incomprensión de Pilato, la burla de Herodes. Ha callado ante los insultos, las mentiras, las calumnias. A todos les ha dicho que no dejen de buscar la verdad, pues es esta la que realmente nos hace libres.

En la agónica oración de la pasada noche, en el Huerto de los Olivos, decidió ser libre a pesar de que en ello le fuera la vida, a pesar de su muerte en la cruz. Ser libre es acompasar la conciencia con la práctica del bien, que no es otra cosa que aceptar la voluntad de Dios. Sabe que en la conciencia está el amor y que Dios, el padre, el papá, es amor.

De todo esto, y mucho más, se acordaba Jesús cuando colgaba del madero de la cruz. Jesús, el calumniado, el incomprendido, el burlado, moría perdonando en una cruz. Se acordaba sobre todo de las palabras que le había dicho a Pilato: «Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37). Aunque para entenderlas mejor también sabía que habría que esperar hasta el domingo.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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