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Con mirada eucarística (julio-agosto 2019)

30 julio 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2019.

El árbol de la vida

Nuestro nieto Miguel va a hacer en este mes de junio su primera Comunión. Cómo pasa el tiempo. Cuando iba a nacer, su abuelo Lucrecio, mi marido, le escribió esta carta que con su permiso transcribo íntegramente:

La soledad es la antesala de la desesperación. Nos referimos a la soledad como consecuencia del abandono o de una reclusión forzada u obligada, aquella en la que el ser humano marca su propio perímetro infranqueable e inexpugnable. Es como el delirio de la nada.

Parece como si no hubiera solución posible, como si la situación fuera irreversible, ya que el remedio no existe y la curación, aún menos. Algo así pudo suceder en aquella despedida definitiva del Maestro ascendiendo entre nubes y ante la contemplación asombrada de los discípulos. Se preguntaban atónitos ante la incredulidad del acontecimiento: ¿y ahora qué? La soledad descendía desde el mismo vapor enturbiado con el que el cielo hacía desaparecer definitivamente a la figura, a la señal, al sustento de la vida.

Corazón de Jesús
Fray Luis se lamentaba: «y dejas, Pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro….». Al lado de la Ascensión está Pentecostés. No estamos solos, afortunadamente. La fuerza vital del Espíritu se posa en cada uno de nosotros como una llama de amor viva, nos avisa con su rumor de aguas, nos envuelve con su viento de esperanza. Es la fe que anida en la creencia de un Resucitado que nos trasporta más allá de la enfermedad, de la soledad, del abandono, de la desesperación de la muerte.

Miradlo, es el Corazón de Jesús, símbolo de la plenitud, donde anida el sentimiento noble, la paz purificadora, las ansias de vivir, el amor. Es compañía para el desánimo, comprensión para lo ininteligible, alivio para el cansancio, refugio para el perdón. No estamos solos, es cuestión de romper el cerco y abrir en canal nuestro corazón. Acabamos de conocer al padre Pablo Cervera, nos ha regalado una de sus publicaciones, cuyo título dice así: Operación a corazón abierto. El corazón del hombre ante el Corazón de Cristo. ¡Cómo nos recuerda a nuestro entrañable san Manuel González, que tanto confiaba en la presencia del Corazón de Jesús!

El regreso lo hemos hecho en metro. Era la hora cercana al mediodía y el vagón iba más que mediado. Teresa ha conseguido un asiento no sin antes haber rogado encarecidamente. Son muchas las estaciones hasta el destino final. Siempre el destino, siempre estaciones.

A pesar del gentío el silencio únicamente se interrumpe por el estallido metálico del cierre y la apertura de las puertas, y por el traqueteo característico de las ruedas que se deslizan abrazadas a sus raíles hermanos. Es música que invita a la meditación. Como si el tren fuera camino del verano en busca de un oasis de respuestas.

Por el fondo se escucha la voz de un hombre, de mediana edad, que de una forma mecánica vuelve a repetir las palabras manidas que hablan de paro, de indigencia, de hijos, de necesidad. Invita a la limosna. Sus palabras recalan por los rostros, impertérritos, que rezuman su propia soledad.

Soledad dibujada en las pantallas de los móviles que, como espejos flotantes, levantan en las manos siluetas de luz con letras, con dibujos, con anuncios, con mensajes. Cada cual en su silencio único, incomunicado, avaricioso. Giran los espejos al ritmo del vagón en un intento, imposible, de encontrarse.

Alguien ha desplegado las hojas de un periódico. Lo ha abierto por unas páginas que hablan de una joven que ha decidido acabar con su vida, nada menos que en su casa y en compañía de sus propios padres. Suena el tren a hojalata y a derrumbe. En ese instante unos adolescentes, que acaban de pasar, inundan con su griterío la atmósfera gris y contaminada, asfixiante. Hablan entre ellos de las pruebas de acceso a la Universidad y de las posibles carreras que les gustaría cursar.

La lluvia fina
No estamos solos. Al salir a la calle el aire, de por sí un poco fresco, se deja caer empapado de una lluvia fina. La soledad desesperada no es otra cosa que un déficit de Dios, el Dios presente en la historia de cada uno de nosotros.

Un día cualquiera nos reconocimos fruto de una semilla graciosamente plantada por alguien. Graciosamente quiere decir que nos salió gratis. El árbol creció con ayuda y también gratis. Somos como un árbol con vida que se sustenta en los puntales universales de la fe, la esperanza y el amor.

La esperanza se sujeta con fuerza a la tierra firme, con raíces que buscan e indagan en lo más profundo del ser sus propias razones de permanencia, de pervivencia, de sujeción a las razones de existir. Desde aquí, tronco arriba, la savia circula cargada con todo el amor que le es posible, nada quiere para sí, su entrega es total, agazapada, oculta, sin ser vista, tras las arrugas curtidas y generosas de la corteza. Y qué altas al final las copas verdes, con su fe verde remarcada en las hojas y en los frutos, alegremente balanceándose merced a la mano delicada de los aires. El árbol personal de nuestra vida. Bajo su sombra de esperanza, de amor, de fe se solaza nuestra soledad en compañía. Probablemente, como decía Pablo de Tarso, la más importante de las tres virtudes sea el amor. Porque el hombre no ha venido a este mundo para odiar, sino para amar, como también le dijo Antígona al tirano Creonte. El árbol es raíz, es savia, es fruto. El que ama también espera y también confía, confía porque no estamos solos.

¿Quién crea por ahí la soledad desesperada?¿Quién tiene derecho a la tala? ¿Quién puede levantar el hacha que rompa, que destroce, que mate? ¿Quién se atreve a incendiar con la nada el bosque floreciente? ¿Quién nos vacía de Dios? Pero no estamos solos: siempre habrá junto a nosotros un Corazón con las venas abiertas, siempre un viento del Espíritu regará con el agua de la vida nuestras raíces secas.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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