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La liturgia, encuentro con Cristo (julio-agosto 2019)

7 agosto 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2019.

El iconostasio: Visibilidad y ocultamiento del misterio

Cuando un cristiano latino entra en una iglesia oriental busca instintivamente con la mirada un altar que no encuentra; siente una sensación parecida a la que tenía todo cristiano en la antigüedad: lo santo es invisible. Se subraya la santidad del altar haciendo que en algunos momentos se ponga de manifiesto y, en otros, se oculte a la vista.
En Occidente, las cortinas del baldaquino o ciborio hacían de la mesa santa un lugar, a la vez, visible e inaccesible. En Oriente, esa función de ocultamiento y visibilidad del altar –punto de encuentro del Cielo con la tierra– la realiza el iconostasio y sus puertas santas. En ambas tradiciones eclesiales, occidental y oriental, el ciborio o el iconostasio relacionan el misterio eucarístico con la gracia septiforme del Espíritu. Y, en ambas, como diría san Manuel González García, se ha puesto el arte –en este caso arquitectura y pintura– al servicio de la liturgia.

Iconóstasis o la veneración del altar
En una iglesia oriental (católica u ortodoxa) el iconostasio es una estructura polícroma que separa el santuario (situado al Este) del resto de la nave y hacia donde se dirige la oración del pueblo santo de Dios. El iconostasio es el desarrollo del antiguo cancel (cancellum): donde otrora pendían los velos hoy se colocan los iconos sagrados. Tras este cancel icónico se ofician los sagrados misterios como reflejo de la liturgia del cielo.
Tal delimitación del espacio más sagrado (sanctuarium) es habitual en la arquitectura cristiana desde el s. IV, cuando la Iglesia sale de las catacumbas. El antiguo muro de la basílica de san Pedro en Roma, a manera de pérgola con sus canceles, columnas salomónicas y velos, dejaba ver en el ábside al Salvador flanqueado por ángeles y apóstoles. Al siglo V se remonta un muro, a manera de iconostasio de plata, en San Juan de Ravena. El iconostasio de Santa Sofía de Constantinopla (siglo VI) se sustentaba sobre doce columnas, símbolos de los doce apóstoles.
Canceles y pilastras constituyen un referente litúrgico no sólo en ámbito bizantino, sino también, en el mundo visigodo y prerrománico, donde la belleza quiere reflejar la santidad.

Tres puertas…
Podríamos decir, en lenguaje simbólico, que esta mampara ante el altar podría compararse con lo que sería en Occidente el retablo («tras la mesa del altar»). En Oriente, estos canceles icónicos ante el altar son el puente o nexo de unión entre el mundo celeste y el terrestre; y, la liturgia allí celebrada expresa la mediación entre el cielo y la tierra: de esta realidad transitoria (la nave de la iglesia) a la permanente (el santuario). El acceso simbólico son las puertas.

En efecto, en el centro del iconostasio encontramos una puerta con dos hojas (las puertas santas o reales) para el ministerio sacerdotal; a los lados, sendas puertas menores: la del Norte que da acceso a la capilla ministerial Prótesis, donde se recogen las ofrendas y la del Sur que abre a la capilla diaconal o Diaconicon.

… flanqueadas de iconos sagrados…
Sobre el dintel de la puerta central descubrimos el icono de la Última Cena, evocación del banquete eucarístico que se celebrará en el altar. A veces, en los batientes de la misma puerta, con la Anunciación, se muestran los cuatro evangelistas.

A la inmediata derecha de estas puertas santas se localiza el icono del Cristo el Señor (Pantócrator). Bajo la apariencia humana del Hijo encarnado se presenta la Majestad Divina del Creador y Redentor que bendice con su mano diestra y sostiene con la izquierda el libro de los Evangelios. Todo icono se escribe sobre un fondo dorado que abre cromáticamente a la trascendencia y ha de llevar el nombre de la persona o acontecimiento representado; en este caso, de Cristo entronizado, se pueden apreciar las letras griegas IC XC (Jesús Cristo) y en la aureola O W N (El que es). La túnica del Señor de color rojo –del fuego y de la luz– alude a la naturaleza divina del Salvador mientras que el manto de color azul –la realidad visible bajo el cielo– simboliza su humanidad.

A la inmediata izquierda de esta puerta central se venera el icono de la Santa Madre de Dios. Ella es la Theotokos, la portadora de Dios. La Iglesia muestra a María como el trono de Cristo Jesús; desde su regazo el Niño –con un rostro casi de adulto que nos habla de eternidad– bendice con la mano derecha y sostiene el rollo de la Ley en la otra. En el icono de la Virgen se conjugan los dos colores aludidos: azul y rojo. El tono colorado de los zapatos simboliza su realeza y su posición sobre un escabel o tarima recuerda que ella es «más venerable que los querubines e incomparablemente más gloriosa que los serafines», como canta la Iglesia en la Divina Liturgia (Misa). Las letras griegas MR QY (Meter Theou ⁄ Madre de Dios) indican el papel sublime de María en la obra de la Redención.

En las puertas laterales encontramos pintados los iconos de los arcángeles Miguel y Gabriel. Junto a la puerta de la derecha se suele colocar la imagen o misterio a quien está dedicada la iglesia. En el extremo opuesto se suele contemplar a san Nicolás, al Precursor u otro icono de especial devoción. Los santos, testigos de lo invisible, ofrecen la esperanza eterna al que los contempla desde la nave.

Recordemos que en la puerta central se encuentra representada la Anunciación: con este misterio «da comienzo la historia de la salvación, que se consuma con la pasión de Cristo, razón por la cual, como en los retablos occidentales, corona el centro del iconostasio. La lectura entre uno y otro misterio se efectúa en vertical» (Ángela Franco).

… en diversas hileras
Un iconostasio completo puede presentar varias hileras o filas de iconos. Como hemos visto, en una primera fila se sitúan las puertas y las imágenes descritas; podríamos denominarla «local» por presentar tanto el icono del santo titular de la iglesia como otro particularmente venerado en el lugar.

Una segunda fila «festiva» que presenta iconos más pequeños con algunas de las fiestas que jalonan el Año litúrgico. En algunos lugares se puede ver la representación completa de las doce fiestas mayores (Dodecaorton): Natividad de María (Gennesis), Exaltación de la Santa Cruz, Presentación de María en el Templo, Navidad del Señor, Bautismo del Señor (Teofanía), Presentación del Señor en el Templo (Hipapante o Encuentro), Anunciación a María (Khairetismos), Domingo de Ramos (Baioforos, portador de la Palma), Ascensión del Señor (Analepsis), Pentecostés, Transfiguración (Metamorphosis) y Dormición de la Madre de Dios (Koimesis). Fiestas que giran en torno a la Santa y Grande Pascua del Señor (Anastasis). En las grandes iglesias aparecen, también, iconos con las escenas de la resurrección de Lázaro o la decapitación del Bautista.

Más arriba descubrimos el tema dominante del iconostasio, la intercesión o deisis: ante el trono de Cristo en Majestad los dos intercesores por excelencia, la Madre de Dios y Juan Bautista, el Precursor. Esta fila de la intercesión se puede prolongar, a derecha e izquierda, con apóstoles y ángeles.

En las catedrales, e incluso en las grandes iglesias, existe otra hilera superior donde se encuentran los profetas de la primera Alianza que han anunciado el Misterio de Cristo en la realidad de nuestra carne. En algunos iconostasios aparecen los patriarcas Adán, Noé, Abraham y Melquisedec con Moisés, Aarón, David y Salomón.

Todo el iconostasio remata con la Cruz donde destaca la figura del Señor (Kyrios) en su oblación, flanqueada con las figuras de la Madre dolorosa y el apóstol Juan, el Teólogo. La gracia que se derramó en aquel Madero, auténtico árbol de vida, se hace presente por la fuerza del Espíritu para la transfiguración de una Iglesia que todavía peregrina «en tinieblas y sombras de muerte».

Velar y desvelar
El iconostasio vela y, a la vez, revela la mesa santa del altar. Esta mampara icónica nos recuerda que, a menudo, estamos separados de Dios por el pecado pero al otro lado de este muro de luz y color se atisba la salvación: tras los velos del altar, auténtico escabel del trono de Dios, se encuentran la cruz, las siete lámparas, el libro de los Evangelios y el arca para la reserva del Santísimo Sacramento. En algunas iglesias, como antaño en Occidente, el pan consagrado se custodia en una paloma o columba eucarística que pende sobre el lugar donde el cielo se une con la tierra y la historia de la salvación nos invita a ser protagonistas.

Manuel G. López-Corps, Pbro.
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