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Editorial (septiembre 2019)

16 septiembre 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2019.

Apasionados colaboradores de Dios

Tras los meses estivales, retomamos las actividades propias del curso: trabajo, colegio, clases, etc. Si bien hasta octubre no se da un inicio completo (muchos grupos UNER, por ejemplo, comienzan en este mes sus reuniones), septiembre no es ya considerado un período vacacional.

Volver a la rutina es, para muchos, una pesada carga, un peso casi insoportable, una cruz. Es cierto que necesitamos tiempos de descanso para poder dar el máximo de nosotros mismos. Más aún, numerosos estudios actuales demuestran que, a mayor descanso y desconexión, mayor será la efectividad laboral posterior. «Dios descansó el día séptimo de toda la obra que había hecho» (Gn 2,3) y, de igual manera, nos invita a descansar al menos un día a la semana.

El Catecismo de la Iglesia Católica, reconoce esta situación para quienes sus labores comportan una verdadera cruz y, pensando en ellos, afirma que el trabajo «puede ser también redentor. Soportando el peso del trabajo, en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el Crucificado del Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su obra redentora» (n. 2427).

Afortunadamente muchas personas pueden entender el trabajo en su triple dimensión. En primer lugar, trabajar implica aceptar una ocasión única de auto-realización. No importa el tipo de actividad que se desarrolle. Lo mismo un ingeniero, un artista o un funcionario, tienen en el trabajo la ocasión de crecer, aprender, servir y, consecuencia de ello, ser más personas, seres humanos cada día más realizados y felices.

Además, el trabajo tiene una consecuencia grupal indispensable para las culturas y sociedades. Ningún trabajo, por aislado que sea, deja de ser un servicio a la comunidad. No es necesario que pensemos en un voluntariado o labores netamente dedicadas a la ayuda de las personas, como podría ser un enfermero o un médico. Lo mismo un barrendero que un artista son artífices de un mundo mejor desarrollando su actividad propia.

Finalmente, mirando el trabajo desde una óptica creyente, podemos contemplar con estupefacción y alegría, que nuestro trabajo no solo nos ayuda a nosotros mismos y a la sociedad sino que, de forma tan grandiosa como misteriosa, ayuda a prolongar en el mundo la labor creadora de Dios. Él mismo ha querido hacer de cada uno de sus hijos un continuador de su obra. Jesús trabajó hasta los 30 años como carpintero, y el Evangelio nos narra que crecía «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (Lc 2,52).

¡Qué fantástico comprobar que nuestras sencillas vidas de cada día, con sus alegrías y sus tristezas, lo mismo en la convivencia familiar que en las labores cotidianas son verdadera y eficaz colaboración en la obra creadora y redentora de Dios! Él así lo ha querido. ¡Cómo no estar sinceramente agradecidos por ello!

No siempre podremos trabajar en aquello en lo que hemos soñado pero, si somos conscientes que estamos siendo mucho más que simples máquinas, permitiremos que nuestro trabajo sea, además de productivo, generador de paz a nuestro alrededor. El deseo de ser activos y fecundos colaboradores de la obra de la creación y la redención, es lo que, sin lugar a dudas, marcará nuestro estilo cristiano de trabajar.

¿Hemos imaginado alguna vez la actitud con la que trabajaría Jesús en la carpintería de Nazaret? ¡He ahí una buena oración para llevar a la práctica en este mes de septiembre! «

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