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Mirar al que traspasaron (II)

20 septiembre 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2019.

Carta pastoral por el centenario de la consagración al S.C.

Ofrecemos la segunda parte de la Carta pastoral escrita por los obispos de Getafe con motivo del centenario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús. Lleva por título «Custodiar el presente: la reparación necesaria».

Al igual que hace cien años, los impulsos en la tarea evangelizadora que Jesucristo ha confiado a su Iglesia tienen su origen en la acción del Espíritu Santo que congrega a los fieles en la comunión del pueblo de Dios, enriquecida con la multitud de carismas que dan forma a los diferentes estados de vida en la Iglesia.

2.1. La concordia en la Iglesia brota del Corazón de Cristo
Con una bella imagen, el papa san Gregorio Magno (+604), al comentar Ez 1,24 (oí un tumulto como de campamentos), compara la Iglesia a un gran campamento que avanza en medio de la batalla, formado por diferentes escuadrones que representan los diferentes estados de vida del cristiano (sacerdotes, consagrados y seglares). En este campamento todos los santos viven en concordia.

Y es que, los distintos órdenes de fieles, viviendo concordes desde el comienzo de la santa Iglesia hasta el fin del mundo, combaten contra las potencias aéreas, mueven el campamento, y sucede como si sonaran los campamentos, porque en ellos resuenan, como alabanza del Dios omnipotente, las espadas de las virtudes y las armas de los milagros (cf. Hm. Ez. I, 8,10).

La concordia, obra del Espíritu Santo, debe ser custodiada como bien magnífico sin el cual la misión de la Iglesia no prosperará. Y bien sabemos que la concordia es siempre ejercicio de corazón con Corazón (cum Corde). Cuando se unen los corazones de los fieles en el amor del Corazón de Cristo se cumple el deseo que Él mismo expresa al Padre: «Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad[…] para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,19. 21).

La concordia que brota del Corazón traspasado del Redentor nos pone en el sendero de la recta comprensión de la reparación. El papa san Pablo VI, al conmemorar en 1965 el segundo centenario de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, invitaba a toda la Iglesia a seguir profundizando en el misterio del Corazón de Cristo para que los fieles todos, renovando el espíritu de esta devoción, procuren el debido honor al Sagrado Corazón, reparen con fervorosos obsequios todos los pecados y acomoden su vida a las normas de una genuina caridad, que es la plenitud de la ley: «He aquí pues nuestro deseo, nuestra voluntad: que en esta ocasión la institución de la fiesta del Sagrado Corazón, oportunamente reflexionada, sea celebrada con digno prestigio de todos ustedes, venerables hermanos, los obispos de la Iglesia de Dios y de la población a ustedes confiada. Deseamos que a todas las categorías de los fieles sean explicadas en el modo más adaptado los profundos y misteriosos fundamentos doctrinales que ilustran los infinitos tesoros de la caridad del Sagrado Corazón; que se les indique los elementos particulares sagrados que cada vez más forman parte de la devoción de este culto, dignas de la más alta consideración con el fin de obtener que todos los cristianos, animados y con una nueva disposición espiritual, ofrezcan el debido honor a aquel Corazón divino, reparen los innumerables pecados con testimonios de un entrega cada vez más fervorosa, y conformen la vida entera a los preceptos de la verdadera caridad que es el cumplimiento de la ley (cf. Rom 13,10)» (Investigabiles divitias Christi).

De nuevo, son los santos quienes nos enseñan a responder sin miedos al Amor de Dios y a poner en Él toda nuestra confianza. Así lo expresaba santa Maravillas: «Todo está en confiar del todo en su Corazón y abandonarse amorosamente en sus manos. Llevará al alma por oscuridades, le dará a gustar su “bendita Cruz”, hará de ella lo que quiera, pero todo la conducirá a adentrarse más en ese Corazón que tanto la ama» (Carta 6236). El Corazón traspasado de Cristo, a la vez que nos revela la inmensidad del Amor divino, nos pone ante el drama del pecado que es siempre rechazo de su amor.

2.2. La reparación: reacción de amor
La validez de cuanto tuvo lugar aquel 30 de mayo de 1919 ha quedado confirmada por los innumerables frutos de santidad, no exentos de persecución, que se han producido en este tiempo. Los gestos de mayor amor hacen siempre emerger la brutalidad del odio. Así fue en el pasado y así será mientras caminamos en este mundo que aún aguarda ser liberado de la esclavitud del pecado (cf. Rom 8,21). Los discípulos de Cristo reconocemos en la persecución y el rechazo, por odio a la fe, la verdad de lo que Él mismo nos anunció: «mirad que os envío como corderos en medio de lobos» (Lc 10,3) y «seréis odiados por todos a causa de mi nombre» (Mt 10,22). Pero, al mismo tiempo, descubrimos con asombro inmarcesible la fuerza del amor que Él nos ha regalado: un amor que permite ofrecer bendición a los que nos maldicen, alegría a los que siembran tristeza, comunión a los que crean división, paz a los que quieren guerra; un amor que nada ni nadie nos puede arrebatar, porque tiene su origen y su meta en Dios: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?… Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado» (Rom 8,35. 37). En los mártires reconocemos la mejor herencia de la consagración vivida hace cien años. En ellos reconocemos la verdadera alegría: la que nace del amor más fuerte que el odio y que la muerte.

Un fruto admirable de lo realizado en 1919 es, sin duda, la estela numerosa de mártires que en los años dramáticos de la persecución religiosa, durante la Guerra Civil, reaccionaron con amor y perdón ante quienes les arrancaban la vida por odio a la fe. ¿Cómo no vamos a dar gracias a Dios por tantos frutos de santidad nacidos de aquella consagración de España al Corazón de Jesús en 1919? No faltan en nuestros días quienes pretenden desterrar de la sociedad y de las instituciones toda referencia a Cristo y a la Iglesia. ¿Cómo no vamos a proclamar a gritos a nuestros contemporáneos que sólo en Cristo está la salvación? En un momento de la historia como el actual, en que el olvido de Dios está provocando heridas inimaginables en la vida de tantas personas, ¿cómo no vamos a sentirnos urgidos por el amor de Cristo a llevar a todos el bálsamo de la misericordia que brota de su Corazón?

Al final de la Exhortación de los obispos españoles en el cincuentenario de la consagración de España al Corazón de Jesús, se dirigía la mirada a los restos del monumento que fue bendecido en 1919 y destruido al inicio de la dramática Guerra Civil española, el 7 de agosto de 1936 (primer viernes de mes), para invitar a los fieles a levantar el corazón hacia Cristo Jesús. Cincuenta años después, al cumplirse el centenario, aquellas palabras mantienen su fuerza: «Frente al monumento reconstruido en el Cerro de los Ángeles se conservan las ruinas del monumento demolido y el recuerdo de la imagen fusilada. Símbolo de nuestros desórdenes y pecados, pero también de tantas generosas muertes por la fe de obispos, sacerdotes, religiosos y seglares. Desde ese pasado, que hemos de asumir con humildad y gratitud, levantemos el corazón hacia Cristo Jesús, que nos preside en el centro de la Patria y nos promete: «Reinaré en España» (Comisión Permanente De La Cee [Xviii Reunión], Exhortación Cincuentenario de la consagración de España al Corazón de Jesús, 11).

Erigir un monumento al Corazón de Jesús es proclamar que el Amor de Dios es siempre más fuerte que el odio. Los restos del primer monumento nos recuerdan la importancia de reaccionar con amor y perdón ante el odio y la ofensa. Como un signo de la Providencia, el corazón de aquella primera imagen –conservado por las MM. Carmelitas del Cerro de los Ángeles– no sufrió ni los impactos de las balas ni el efecto destructor de la dinamita. Incluso caído en su imagen, el Corazón de Cristo reina. En el origen de toda guerra y confrontación, hay siempre un corazón dividido. El amor que se nos muestra en el Corazón de Cristo es capaz de curar las heridas de la división. Se mantienen los restos del primer monumento para recordarnos la fuerza de este amor. Cuando las expresiones de odio, burla y desprecio a los creyentes parecen por momentos multiplicarse en un mundo que se obstina en plantearse como si Dios no existiera, la reacción de amor es especialmente urgente. Esta reacción, que va más allá de la lógica humana, es posible para quien se deja abrazar por el amor misericordioso de Dios. Lejos de proyectar sobre nuestro mundo una mirada triste y desesperanzada, el encuentro con Cristo que nos ama transforma la tristeza en gozo y el desaliento en esperanza.

La reparación del hombre al Corazón de Jesús y con el Corazón de Jesús encuentra su fundamento en esta reacción de amor. Dios nos ha amado primero, de modo que somos invitados a devolver amor por amor (cf. 1Jn 4,7-12). Pero nunca con la pretensión de pagar simétricamente. El amor de Dios siempre desborda nuestras posibilidades y supera nuestras expectativas. Y sin embargo, ese mismo exceso hace brotar un plus de amor en el corazón de la criatura que busca devolver amor. Bien lo explicó el papa Pío XI en la encíclica Miserentissimus Redentor: «si lo primero y principal de la consagración es que al amor del Creador responda el amor de la criatura, síguese espontáneamente otro deber: el de compensar las injurias de algún modo inferidas al Amor increado, si fue desdeñado con el olvido o ultrajado con la ofensa. A este deber llamamos vulgarmente reparación. Y si unas mismas razones nos obligan a lo uno y a lo otro, con más apremiante título de justicia y amor estamos obligados al deber de reparar y expiar: de justicia, en cuanto a la expiación de la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas y en cuanto a la reintegración del orden violado; de amor, en cuanto a padecer con Cristo paciente y “saturado de oprobio” y, según nuestra pobreza, ofrecerle algún consuelo» (n. 5).

La reparación al Corazón de Jesús es posible porque Él nos ha amado primero: ejercicio que consiste en poner amor donde otros lo quitan, con y desde su Corazón sagrado. Hasta tal punto es poderoso el amor de Cristo que no solo cura las heridas de nuestro pecado, sino que nos capacita para ofrecerle una digna reparación, es decir, nos capacita para percibir el horror del pecado, sentir dolor por las ofensas a Dios y amar por los que no le aman. Admirable intercambio de ternura: el que nos consuela con su amor, recibe consuelo cuando nos dejamos curar por Él y le devolvemos amor.

2.3. La consagración renovada en un Año jubilar
La mirada agradecida a la consagración de 1919 nos hace más plenamente conscientes del tiempo de gracia que el Señor nos regala. Invitamos a renovar la consagración de España al Corazón de Jesús no solo para recibir la herencia santa del pasado, sino también para custodiar el presente de gracia, conscientes de poder participar ya en este mundo en el hoy de Dios.

La liturgia, concebida en la antigüedad como vida del cielo en la tierra, nos invita a vivir el presente como el hoy de Dios.

Cada mañana iniciamos la oración litúrgica de las horas escuchando la Palabra viva de Dios en boca del salmista: «Ojalá escuchéis hoy su voz» (Sal 95,7). Por eso, hemos querido que la celebración del centenario de la consagración de España al Corazón de Jesús se enmarcara en el ritmo propio de la liturgia, en un Año jubilar que coincide en el tiempo con el año litúrgico en curso.

Siendo la liturgia «la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza» (SC 10), la celebración de nuestro centenario debe dejarse moldear por la sagrada liturgia. El Año jubilar concedido por la Santa Sede a la diócesis de Getafe se presenta así como oportunidad de participar en los misterios de la vida de Cristo, al ritmo de la liturgia, desde el Corazón de Cristo.

La feliz invitación de san Gregorio Magno, dirigida al médico Teodoro, nos ofrece un camino seguro para vivir el año litúrgico desde el Corazón de Jesús: «aprende el Corazón de Dios en las palabras divinas para que con más ardor suspires por los bienes eternos» (Ep. 5,46). La Palabra de Dios proclamada en la asamblea litúrgica y meditada en el diálogo de la oración aparece como el camino privilegiado para aprender el Corazón de Dios. Junto a ella, la participación cada vez más fructuosa, activa y consciente en la Eucaristía constituye el medio principal para honrar el Corazón de Jesús y ser abrasados en el fuego de su amor, como hermosamente enseñó san Pablo VI: «con todo, en primer lugar, deseamos que, por medio de una más intensa participación en el Sacramento del altar, sea honrado el Corazón de Jesús, cuyo don más grande es precisamente la Eucaristía. En el sacrificio eucarístico, en efecto, se inmola y se recibe a nuestro Salvador, pues vive siempre para interceder a favor de nosotros (Heb 7, 25), cuyo Corazón fue abierto por la lanza del soldado y vertió sobre el género humano el torrente de su Sangre preciosa, mezclada con agua. En este excelso sacramento, además, que es el vértice y el centro de los demás Sacramentos, “la dulzura espiritual es gustada en su misma fuente y se hace memoria de aquella insigne caridad que Cristo ha demostrado en su pasión» (S. Tomás de Aquino, Opúsculo, 57). Es necesario, entonces –utilizando las palabras de san Juan Damasceno–, que «nos acerquemos a Él con deseo ardiente […] para que el fuego de nuestro deseo, como recibiendo el ardor de las brasas, destruya, quemándolos, nuestros pecados e ilumine los corazones de tal manera que en el contacto habitual con el fuego divino nosotros también nos hagamos ardientes y semejantes a Dios» (De fide orth., 4,13).

A la luz de estas enseñanzas descubrimos la importancia de cuidar, junto a la participación en la Eucaristía, la adoración del Santísimo Sacramento como forma concreta de vivir a diario la consagración. ¡Cuánto deseamos que la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús, en el Cerro de los Ángeles, acoja sin tardar mucho una capilla de adoración perpetua! El adorador confiesa, más allá de lo que captan los sentidos, la Presencia amorosa de Cristo que en su bondad infinita se queda con nosotros en el Santísimo Sacramento sosteniendo nuestro peregrinar en este mundo y anticipándonos la gloria del Cielo. El adorador, recogido en oración ante el Señor, responde al amor de Cristo amando incluso por aquellos que no le aman. Escondido a los ojos del mundo, sabe el adorador que el daño del pecado solo puede ser restaurado por el Amor misericordioso que brota del Corazón traspasado. Por eso, sabe también el adorador, que no hay verdadera misión evangelizadora que no tenga en el Santísimo Sacramento su punto de partida y de llegada. La Eucaristía es, en efecto, fuente y culmen de la vida cristiana, también de la evangelización.

Ginés García Beltrán (Obispo) y José Rico Pavés (Obispo Auxiliar de Getafe)
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