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Con mirada eucarística (septiembre 2019)

27 septiembre 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de septiembre de 2019.

La voz de la encina

Un año más tu sombra se despliega en el verano, como un oasis de frescura, para calmar el sofoco del calor. Y entre tus ramas se enreda una aventura de aire fresco que apunta a latitudes de más alto. Tu amistad se pinta de verde, del verde color de la esperanza.
Aquí es la quietud rodeada del silencio que mana de una hilacha apenas perceptible que descorre la frente de los cielos. Por la montaña abajo, con laderas que bajan sinuosas sus cánticos de luz y sombra, se descuelga el misterio de la vida que llega a precipitarse hasta este valle. Es una paz que anida en el espíritu sin prisas, sin contornos, infinita.

Luz y sombra
Luz y sombra, es el misterio que compone en perfecta sinfonía la música callada de la vida. Nuestra vida. Y por esa vereda silenciosa, que rodea a la tierra y a los mares, el hombre va entonando fervorosamente sus pasos en busca de un sentido y de un final. El gozo y la desdicha, la alegría y la tristeza, el encuentro y el abandono, la soledad, la compañía, el odio y el amor…, todo el valle es una alianza comprometida de voces encontradas que buscan el consuelo de una voz.

Se oyen pasos perdidos, son bocanadas de angustias circulares que levantan polvaredas de miseria en torno de la encina. Su sonrisa se extiende en un abrazo bondadoso que acoge, que disculpa, que comprende. Capaz del eterno disparate, el hombre se ha empeñado en matar a sus otros semejantes y teñir el barro del que está hecho con el rojo furioso de la sangre; capaz del eterno disparate, también el hombre se ha empeñado en acoger a sus otros semejantes hasta verter su sangre y teñir el mismo barro con el rojo amoroso de la vida. Sigue la rueda de los pasos. Sigue la sonrisa de la encina.

Eternos soñadores
Amanece. La encina bondadosa muestra en sus ramas una leve humedad marcada por las estrellas de la noche. Hasta la ventana amiga, donde se asoma una galería que compite con muchas más ventanas todavía, quiere estirarse a recoger la infinitud de un sueño. Nuestro sueño infinito. Somos eternos soñadores de verdad, de belleza, de justicia. Soñadores de eternidad. Pobres humanos cargados de cortedad, de miseria, de pobreza…, pero amasados en el espíritu divino que recoge la sombra de la encina. Bajo su sombra un banco de madera invita al pensamiento sosegado, sin ninguna prisa.

Sin ninguna prisa en este mundo acelerado que demanda más velocidad al internet, más rapidez al celular y menos distancia al tren, al avión, al coche. El sueño es el suceso necesario que no tiene tiempo ni medida, que solo tiene un escozor herido por un rayo inagotable de alegría.

Y la encina lo sabe, más aún, hasta su copa poblada de hojas innumerables, hospitalarias, llega un arrullo de palomas, con sus picos enlazados por el sueño más sublime, ese que consiste en amar y ser amado incluso cuando el cuerpo se haya convertido en una vil ceniza.

Suena el rezo del rosario que recorre el perímetro del valle, donde las tapias parece que quisieran encerrar la visión de más allá. Pero las avemarías saltan también hasta la copa de la encina misma y se dispersa desde arriba, por el mundo entero, una oración incandescente que invita a la hermandad, a la amistad, al amor.

Dan palmadas las hojas de alegría. Se nota en la alegría de las caras.

El milagro
Un año más, encina amiga, te hemos traído los hielos del invierno, la indiferencia disimulada que hace a nuestro mundo impracticable. La pobreza, el desatino, la soledad, el hambre resbalan por la piel como gotas camino del vacío. La indiferencia humana, el vacío que corrompe.

Pero tú, encina amorosa, nos ofreces unas manos atrayentes, unas manos sujetas al final de unas ramas que se abren a modo de una cruz. Y nos invitas a apoyarnos en tu tronco sin tiempo, segurísimo, nos invitas a encontrar en el interior de tu corteza razones para amar, para seguir. Tú te haces palabra que invita al compromiso, a la verdad comprometida.

Te haces palabra. Como ondas que se esparcen por el lago hasta la orilla, donde la infinitud comienza, tú expandes la palabra. Son tus voces un carrusel de fuego, una ventisca de aire siempre nuevo, el vuelo de la brisa que enternece, sonido de alas, lágrima viva. Tú te haces palabra por el centro.

Tú tienes el poder de construir espacios donde no tiene cabida el disimulo, donde pueden reconstruirse los desastres, donde la felicidad voltea como una campana que arroja sinfonías de paz y comprensión. Tú eres la única posible felicidad que sortea la pena de vivir. En torno a ti crece la dicha.

Crece el día hasta su ardor de tarde. El horizonte serpea por un cielo incalculable dejando su vestido de colores entre el blanco impoluto de las nubes. No es posible que este oasis refulgente se muera en los disturbios de la noche. Se cruzan las miradas de la sierra como queriendo atrapar en sus picachos la parte que les toca del milagro. Hay más oasis. En cualquier sitio habrá un niño saboteado por un cáncer, un viejo cobijado en el alzhéimer, alguien que solo duerme en una casa hecha con cartones, una madre que no puede dar comida a un hijo, un parado sin futuro, una patera con muerte, un solitario, un desengañado, un abandonado, un peregrino… Hay muchas más encinas en el mundo. El universo está poblado de muchos otros árboles que abren sus ramas a la manera de una cruz acogedora. Acércate a tu encina, escucha su voz, hazle caso. Siempre dice lo mismo: «Venid a mí».

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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