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Historias de familia (octubre 2019)

26 octubre 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2019.

Para siempre amigos
San Manuel y el padre Mateo Crawley-Boevey, ss.cc.

Hay algunas biografías que dejan entrever personas muy especiales, así sucede si analizamos la de Edward Maxim Crawley-Boevey Murga, que sería más conocido como el padre Mateo Crawley. Era hijo de un ingeniero inglés y de religión anglicana, D. Octavio, a quien su trabajo llevó hasta Perú a finales del s. XIX. Allí contrajo matrimonio con una joven de una notable familia de Arequipa, Dña. María Murga.

A los pocos meses de nacer en Tingo el tercer hijo del matrimonio, al que llamaron Edward, su empresa le reclamó para que durante un tiempo estuviese en Inglaterra. Para evitar un viaje tan largo e incómodo al bebé, decidieron dejarle en Perú con sus abuelos maternos, que se esmeraron en dar una educación católica a aquel nieto. Pasados siete años, D. Octavio fue destinado de nuevo a Hispanoamérica, pero en esta ocasión su trabajo sería la dirección de unas minas en Chile. Al regresar el matrimonio al continente americano, el pequeño Edward se separaría de sus abuelos en Perú y, a partir de entonces, vivirá en Valparaíso con el resto de su familia, sus padres, dos hermanos mayores y otros tres más pequeños.

Con los picpus
En aquella ciudad iría al colegio que desde 1837 tenían allí los religiosos de la congregación de los Sagrados Corazones, conocida popularmente como los Picpus en referencia al nombre de la calle de París que fuera su primera sede. Con 15 años, el 2 de febrero de 1891, el joven Edward tomó el hábito de esta congregación, adoptando entonces el nombre de hermano José Estanislao, que poco después cambiaría por el de Mateo.

Con una educación exquisita y hablando varios idiomas, este novicio destacó por su piedad y buen carácter. En 1897, a los 22 años de edad fue ordenado presbítero por el arzobispo de Santiago de Chile, Mons. Mariano Casanova. De regreso a Valparaíso se preocupó muy principalmente por la formación de los jóvenes y abrió un centro social donde los muchachos, después de salir del colegio, pudiesen completar su formación cristiana y cívica.

Joven profesor de Derecho
Entre las tareas que asumió estuvo la de reanudar el Curso de Leyes de los Sagrados Corazones de Valparaíso, que había comenzado sus sesiones en 1894, suspendiéndolas al año siguiente por mor de las dificultades que su iniciador, el padre Cosme Lohr, había encontrado. En 1903 sería el padre Crawley quien refundaría este curso, que desde el 14 de abril de aquel año continúa hasta el momento presente, pues este curso, integrado más tarde en la Pontificia Universidad de Valparaíso, sería el germen de su Facultad de Derecho. El retrato del padre Mateo figura actualmente en la galería de Directores de la Escuela de Derecho y muchos consideran que su esfuerzo resultó fundamental para la puesta en marcha de aquel centro de estudios (cf. Salinas Araneda, C. 120 años enseñando el Derecho, Valparaíso, 2014, pp. 77-81).

Pero seguramente este hubiera sido un destino demasiado cómodo para un alma como la suya. Era director del Curso de Derecho cuando un terremoto asoló la ciudad de Valparaíso en 1906 y, durante meses, se dedicó a trabajar en las labores de rescate y reconstrucción de la devastada ciudad y lo hizo con tal intensidad que su salud quedó muy quebrantada tras estos esfuerzos. Sus superiores pensaron que pasar una temporada en Europa resultaría bueno para restablecer su salud y al mismo tiempo podría contribuir a mejorar su formación académica.

Viaje a Francia
Era el año 1907 cuando viajó a Francia. Una vez allí quiso visitar Paray–le–Monial, la ciudad en la que vivió Margarita María Alacoque, entonces ya declarada beata. Una circunstancia muy especial rondaba por su mente en el momento que hizo aquella visita. Cuentan que siendo todavía novicio sus superiores le encargaron ordenar una serie de cajas que contenían objetos que habían sido legados a la congregación. En una de ellas encontró enrollado el lienzo con la imagen del Sagrado Corazón que el presidente de Ecuador, Gabriel García Moreno, encargó en su día para la ceremonia en la que consagró su país a esta advocación. Poco después, el presidente, hombre de fuertes convicciones cristianas que solía manifestar sin reservas, fue asesinado.

El joven padre Mateo, contemplando aquella imagen empezó a pensar en el poder que tendrían las familias, o las instituciones si actuaran como fieles seguidoras del Corazón de Jesús. Esta era la idea que revoloteaba en su mente, cuando, en el verano de 1907, coincidió en Francia con un joven sacerdote andaluz, que también andaba discerniendo los designios de Dios para con él, en su caso tras haber experimentado en un pueblecito, en Palomares del Río, la soledad del Sagrario y pensando cuántos beneficios podría reportar a toda la sociedad poner remedio a ese abandono.

D. Manuel González había llegado aquel mes de agosto desde Huelva hasta Lourdes y allí, ante la Virgen, encontró a aquel religioso peruano con salud muy mermada que se había detenido allí en su viaje hacia Paray–le–Monial. Quedaron entonces –en palabras de D. Manuel– para siempre amigos y, lo más importante, salieron de allí con los gérmenes de las obras que para gloria de Dios llevarían a cabo. Así lo escribirá D. Manuel en 1926 prologando la edición española del libro Jesús, Rey de Amor: «¿No cree usted como yo, que de allí salimos usted para su Chile y yo para mi Huelva llevando quizá sin darnos cuenta, la semilla de aquellas dos Obras, tan amorosamente acogidas y enriquecidas por los Papas, tan calurosamente bendecidas por los Prelados, tan ardiente y rápidamente abrazadas por el pueblo fiel?».

Similitudes que sorprenden
Es curioso, pero son varios los paralelismos que podemos encontrar entre estas dos Obras que entonces comenzaban a desarrollarse en unos momentos convulsos, en una Europa agitada en la que se barruntaba ya la que sería conocida como la Gran Guerra. Por ejemplo, tanto el padre Mateo como el arcipreste de Huelva, acudirían a Roma a solicitar del papa Pío X una bendición para sus Obras, que los dos obtuvieron de aquel santo papa. Además ambos tendrían como intermediarios en el Vaticano al cardenal Vives y Tutó, una persona en la que uno y otro encontrarían gran aliento y apoyo, y al cardenal Merry del Val.

A su regreso a Chile, el padre Mateo comienza a dar forma al movimiento de la Entronización del Sagrado Corazón de Jesús en los hogares que pronto encontrará eco en otros países. La primera noticia de este apostolado en España se produce en enero de 1914, cuando se publica en la prensa una carta fechada en Valparaíso en la que se da noticia de la existencia de esta obra de apostolado, de sus finalidades y se ruega sea acogida en España (cf. «Carta de Chile», en El siglo futuro, 28/1/1914, p. 4).

En efecto, durante la visita del padre Crawley a la llamada capilla de las Apariciones en Paray–le–Monial en agosto de 1907, no solo se sintió curado de los padecimientos físicos que venía arrastrando y que le llevaron a alejarse de sus actividades pastorales, también tuvo entonces una idea clara del plan que debería poner en marcha para extender la devoción al Sagrado Corazón de Jesús por todo el mundo. Se trataba de que, olvidando grandes manifestaciones, fuera cada familia la que acogiese en el seno del hogar la imagen y con ella también el espíritu y el amor que irradia la figura del Corazón de Jesús y que sus miembros, viviendo ese compromiso, actuaran en la acción social hasta llegar, por efecto de este amor, a cambiar la sociedad. Con este plan se trasladaría a Roma, donde pudo exponerlo a algunos miembros de la curia y finalmente al santo padre. Obtenida su bendición, ya de regreso en Chile, el 21 de octubre 1908 fue aprobada por el arzobispo de Santiago de Chile la Obra de Entronización del Corazón de Jesús en el hogar, que pronto se extendería, tras recibir las correspondientes aprobaciones, por otros países hispanoamericanos: Uruguay, Argentina, Perú y Brasil.

Para una mejor difusión de la obra, en mayo de 1911 se establecería en Valparaíso el primer Secretariado de la Entronización del Sagrado Corazón y será a partir de ese momento cuando se extenderá fuera del continente americano. Es curioso pero se establece que tanto la presidencia como la secretaría de estos órganos siempre recayera sobre mujeres, junto a ellas el director eclesiástico que sería un clérigo o religioso. Otro paralelismo con la Obra de san Manuel que siempre confió en mujeres laicas para llevar adelante sus planes apostólicos.

La Entronización y las Marías
El llamamiento desde Chile a intensificar la devoción al Sagrado Corazón mediante su entronización en los hogares encontró pronto eco en España. En varios casos fueron los grupos de Marías de los Sagrarios quienes se convirtieron en difusoras de esta práctica religiosa. En la prensa podemos leer que las Marías de Barcelona solicitaron al Secretariado chileno las instrucciones para organizar en aquella ciudad la Obra de la Entronización, igual sucedería con las Marías de Santander (cf. La lectura dominical. Órgano del Apostolado de la Prensa, 20/6/1914, p. 391). La Unión de Damas Apostólicas asumiría la organización del Secretariado General en España y Dña. Piedad de Arana se convertiría en primera presidenta.

Aunque en 1907 el padre Mateo ya había visitado Madrid, en noviembre de 1914 comenzará la que sería su más recordada visita a España. Durante meses no cesó de impartir conferencias propagando esa obra de devoción al Sagrado Corazón que había puesto en marcha. Lo hizo en diferentes foros y cuentan que su elocuencia siempre cautivaba a los asistentes. La prensa le calificó de conversador delicioso, causeur, y verdaderamente debía serlo pues fueron miles las personas que le escucharon en España, y muchas más las que le escucharían durante los casi 40 años que dedicó a predicar el amor al Corazón de Jesús por todo el mundo.

Al leer la biografía que sobre el padre Crawley escribió Mons. Augusto Salinas Fuenzalida, a menudo nos encontramos como si estuviésemos leyendo una novela de aventuras. Hay que recordar que visitó lugares como Japón, India o Hawai contando con los medios de transporte habituales de la primera mitad del s. XX (cf. El Padre Mateo, Apóstol Mundial del Sagrado Corazón de Jesús, Ediciones Paulinas, 1983).

He intentado leer mucho acerca del padre Mateo antes de escribir estas líneas y no he encontrado referencias que le relacionen con D. Manuel González, sin embargo no es difícil constatar que sus vidas se cruzaron en varias ocasiones. La primera fue en Lourdes en 1907, tal como contará en el «Prólogo» que, siendo ya obispo de Málaga, en 1926, escribiría para Jesús, Rey de Amor y al que me he referido al principio. No hay constancia de que se reuniesen durante la temporada que el padre Mateo pasó en España en 1915 aunque dado que aquel año D. Manuel visitó Madrid en más de una ocasión es probable que se vieran.

En 1919, coincidirían en la capital de España, pues ambos estuvieron el 30 de mayo de aquel año en el Cerro de los Ángeles durante la ceremonia de consagración de España al Sagrado Corazón. En 1926, el padre Mateo pasó unos días en Málaga invitado por el obispo Manuel González. Pero, sobre todo, independientemente de sus reuniones, lo más importantes es que los dos estuvieron siempre unidos en la comunión de los santos, en ese «unidos vía Sagrario» que tanto gustaba repetir a san Manuel.

Hablábamos arriba de enero de 1914 como el momento en el que el padre Mateo emprende la labor de promoción de la obra de la Entronización en Europa. Pues bien, uno de los primeros a quienes se dirigió entonces fue al arcipreste de Huelva. Así lo explica D. Manuel en El Granito, del 5 de abril de aquel año, en un artículo que titulará «Una gran idea y una felicísima práctica», donde califica al padre Crawley como «un chiflado de marca mayor por las cosas del Amo».

El arcipreste destacaba que esta práctica religiosa «es un preciosísimo modo de trabajar por la familia», en un momento en el que, según escribía en El Granito «hay que hacer lema preferente de nuestros empeños trabajar por la restauración y la defensa de la familia». ¿No resultan aquellos momentos muy parecidos a los nuestros, un siglo después?

La obra de la Entronización, encontró muy buena acogida en Huelva, en El Granito del 20 de noviembre de 1914 se recogen cuáles habían sido los primeros hogares onubenses que se había adherido a ella.

Años más tarde, el padre Crawley visitó Málaga, seguramente feliz de coincidir con su amigo, ahora obispo de aquella diócesis. En El Granito de febrero de 1926, D. Manuel escribía: «el P. Mateo, sin necesidad de citar los apellidos (cosa también un poco difícil por lo enrevesados que son) el apóstol de la entronización del Corazón de Jesús en los hogares, el predicador de la confianza sin límites en la misericordia del Rey divino y de la santa locura del amor a Jesús porque es Jesús, ha pasado en nuestra Ciudad una semana. ¡Y a fe que la ha llenado bien!». Durante aquellos días impartió retiros, habló a cofradías y dio varias conferencias, a laicos y a comunidades de religiosos (cuentan que en una de ellas, tratando sobre santa Teresita de Jesús, incluso usó diapositivas). Todos quedaban entusiasmados y es que «oyendo a este feliz incendiario, el que no se quema por lo menos ¡se chamusca!».

Sacerdotes cabales
La admiración que D. Manuel demostraba por este buen religioso tuvo siempre justa correspondencia, pues consta que en numerosas ocasiones el padre Mateo se refería a él, poniéndolo como ejemplo de sacerdote cabal. Quizás por ser poco conocida, sea interesante recoger aquí una anécdota que en 1946 narraba D. Silvio Conti, el traductor de Lo que puede un cura hoy al italiano. Explicaba que, estando el padre Mateo predicando un retiro a sacerdotes en su diócesis, en Asti, en muchas ocasiones se refería al ejemplo de santidad y de celo de un párroco español, pero sin mencionar su nombre. D. Silvio, en su interior, no dejaba de pensar que se estaba refiriendo a D. Manuel González, cuyo libro había leído y traducido. Rogó a su obispo, que alojaba al padre Crawley, que en algún momento le preguntara si aquel párroco al que se había referido en sus pláticas era el arcipreste de Huelva. Con gran sorpresa y emocionado contestó que en efecto a él se había venido refiriendo. El obispo de Asti, impresionado, a partir de aquel momento se tomó un gran interés en publicar Ció che oggi puó fare un Parroco. El padre Mateo tuvo oportunidad de escribir un testimonio en los inicios de la causa de beatificación de D. Manuel, poniendo de manifiesto su convencimiento de que era un santo, pero no pudo asistir a testificar. Sus últimos años de vida fueron un auténtico viacrucis. Tuvo que afrontar varias y muy duras enfermedades desde 1933, cuando tuvo que suspender sus viajes evangelizadores, tal como le contaba a su amigo obispo de Málaga entonces desterrado en Madrid, hasta el 4 de mayo de 1960 cuando descansó en el Señor estando en su querido Valparaíso.

Hace unos meses la Biblioteca de Autores Cristianos, la B.A.C., ha puesto a la venta una reedición del libro del padre Mateo Crawley-Boevey, SS.CC, Jesús, Rey de amor, sin duda un excelente libro para realizar ratos de lectura espiritual. Recomiendo comenzar leyendo las páginas 394 a 396, escritas en el Colegio de Nuestra Señora de Lourdes en Elorrio, y comprobar con cuanta naturalidad explicaba san Manuel González a su amigo Mateo, cómo el devenir de la vida, cuando se vive cerca de Jesús y de su santísima Madre, conduce ineludiblemente hacia el Amor.

Aurora Mª López Medina
Con mi agradecimiento al Prof. Dr. Carlos Salinas Araneda, de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso que se honra de haber tenido al padre Mateo en su claustro de profesores
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