Saltar al contenido

Orar con el obispo del Sagrario abandonado (noviembre 2019)

13 noviembre 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2019.

Para mí, lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi refugio

«Amor callado, silencio solemne del Sagrario cristiano ¡cuánto haces y enseñas! ¡Bienaventurados los que te entienden y se abisman en tus misterios! “Bienaventurado el hombre que tiene en ti su fortaleza y anhela frecuentar tus subidas”» (OO. CC. III, n. 4829).
Jesús Eucaristía, en silencio desde el Sagrario, nos bendice, nos mira con misericordia, nos espera pacientemente, nos enseña con su Evangelio, nos encauza a la verdad, nos ama con amor sin límites.

Jesús Eucaristía, en la presencia de pan vivo, nos llama amigos, nos testimonia su propio anonadamiento: siendo Dios, se hizo pobre; siendo hombre, se hizo esclavo, pasando por uno de tantos; siendo esclavo se hizo Cordero de Dios; ya resucitado, se ha querido quedar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo como pan para ser comido, como maná para ser saboreado; modelo es de caridad y humildad, para ser imitado.

Pero ante esta realidad tan evidente… «¡Los hombres se obstinan en hacer lo contrario: Él ama a los demás hasta el anonadamiento de sí mismo! El hombre se ama a sí mismo hasta el aniquilamiento de los demás» (OO. CC. III, n. 4829).
Esta es la terrible contradicción de los hombres, el dolor del Padre Dios y el dolor de san Manuel González: «Vino a su casa y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11). Jesús mismo había atestiguado: «Un profeta no es estimado en su propia patria» (Jn 4,44). «Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado el pueblo, con intención de despeñarlo» (Lc 4,28-29).

Oración inicial
Bendito seas, Padre, por tu infinita misericordia ante aquellos que volvemos a ti y arrepentidos, después de haber abandonado tantas veces a tu Hijo, presente en el Sagrario, atrapados y embelesados en otros dioses que son tiránicos y deshumanizantes: dinero, prestigio, fama, sexo, dominio sobre otros… Haznos volver a Ti, conviértenos en discípulos anunciadores del Evangelio y adoradores de esa presencia eucarística de Jesús en el Sagrario. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Sal 73 (72)

Meditación
Dios es bueno y justo para los limpios de corazón, para quienes se acercan a Él, sin doblez ni engaño, como Natanael ante Jesús: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño» (Jn 1,17). «Procurad que vivan en gracia de Dios vuestros niños y jóvenes: solamente con ella y por ella vivirán su verdadera y completa vida, vida de pureza que de los niños hace ángeles y de los ancianos hace niños, vida de humildad que es la base más sólida para la virtud y la ciencia, vida de fe, de esperanza y de caridad que afinan, agigantan y espiritualizan lo que tocan y mueven, y que hacen un Jesús de cada niño (OO. CC. III, n. 4265).

Dios nos previene de dar malos pasos, de errar por caminos equivocados, de envidiar los bienes de otros, de creernos dueños de nuestra vida, de dejarnos envolver por la soberbia, la avaricia, la ira o la lujuria. Todos los pecados capitales conducen a dejarnos deshumanizar y separar de Dios. Todo pecado grave es signo de muerte y destrucción.

Ya advierte san Pablo las consecuencias de dejarse arrastrar por las obras de la carne: «Fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordias, divisiones, disensiones, rivalidades,… Y os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el Reino de Dios» (Ga 5,19-21).

San Manuel González es claro y contundente a la hora de denunciar los males de su tiempo y las consecuencias negativas que acarrean contra cada persona y contra la sociedad: «Sociedad, nación, pueblo, familia, individuo que no se asiente sobre esos dos sillares de la caridad y de la humildad, tal como las predica la madre Iglesia, estarán condenados a desorden perpetuo, inestabilidad perenne y constante amenaza de ruina, y a no llegar jamás a hacer paces duraderas ni con la justicia, ni con la libertad, ni con el respeto al derecho» (OO. CC. III, n. 4827).

El salmista ha experimentado que «Dios es la roca de mi corazón y mi lote perpetuo» (Sal 73,26); que quienes se piensan seguros acumulando riquezas se pierden; que entrando en la presencia de Dios se conoce el destino de los malvados (¡su perdición!) y el premio de quienes se dejan guiar por los planes del Altísimo: ¡la gloria de Dios!

Escuchamos nuevamente a san Manuel González
¡Qué bien conocía san Manuel González lo que nos espera a cada uno después de la muerte según lo que aquí hayamos vivido! ¡Cómo cada uno se va labrando el cielo o el infierno según sus obras en esta tierra! «Eternamente estaremos recibiendo el fruto bueno o malo, el premio o el castigo de aquellos pensamientos, palabras y obras. La vida y los gozos del cielo ¿qué otra cosa son sino el eco eternamente feliz de los pasos que ha dado por la tierra la gente buena? Y los horrores y desesperaciones del infierno ¿qué son sino el eco eternamente desdichado de los malos pasos de la gente mala de la tierra?» (OO. CC. II, n. 3698).

Alabanzas a Jesús sacramentado
Jesús se ha quedado con nosotros en la Eucaristía, Sacramento del amor, pan vivo bajado del cielo, alimento de nuestra peregrinación por la tierra. Alabémoslo mientras le adoramos en su presencia eucarística, diciendo: Bendito y alabado seas, Cristo sacramentado.

  • Tú que sentiste lástima de la multitud hambrienta y calmaste su necesidad con el signo de la multiplicación de los panes y los peces.
  • Tú que sigues enviando a los sacerdotes para que repartan el pan de vida, tú mismo presente, en cada Eucaristía, para saciar el hambre que tenemos de ti.
  • Tú que prometes la vida eterna a quien come tu carne y bebe tu sangre, para que participemos con la mayor viveza y fecundidad de tu vida divina.
  • Tú que renuevas el espíritu misionero de la Iglesia con obispos y sacerdotes santos, para que tu salvación alcance a todos los hombres.
  • Tú que nos llamas a acompañarte en la soledad de tantos Sagrarios abandonados, para reparar tanto pecado de nuestra miseria personal y comunitaria.
  • Tú que nos atraes hacia ti en ratos largos de adoración eucarística, porque lo bueno es estar junto a ti y encontrar en tu amistad nuestro refugio.
  • Tú que no quieres que nadie se pierda, sino que sales en búsqueda de la oveja perdida para reintegrarla en el rebaño de tu Iglesia santa.

Oración final
Oh Dios, Padre misericordioso, que eres bueno con los justos y llamas a la conversión a los pecadores, guía nuestros pasos por las huellas y el seguimiento de tu Hijo, nuestro camino, para que cumplamos tu voluntad, meditemos tu Palabra, sirvamos a nuestros hermanos, construyamos comunión y unidad en parroquias y movimientos eclesiales y lleguemos a ser cristianos con hondo espíritu eucarístico reparador. PJNS.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: