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La liturgia, encuentro con Cristo (noviembre 2019)

22 noviembre 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2019.

El cipo de Abercio

En nuestra lengua la palabra «cipo» significa «pilastra o trozo de columna erigido en memoria de alguna persona difunta»; tiene, también, otra acepción: «hito o suceso o acontecimiento que sirve de punto de referencia». Ambas responden a la perfección al epígrafe de Abercio, obispo del siglo II.


Esta inscripción, la más antigua conocida de contenido eucarístico, fue descubierta en 1883 por W. M. Ramsay (Universidad de Aberdeen), en Hierópolis (Frigia, actual Turquía). Una década más tarde, en 1892, el arqueólogo escocés y el Sultán Abdul Hamid donaron la inscripción al papa León XIII por lo que ahora se muestra en los Museos Vaticanos.

Críptico pero sacramental
Este texto en piedra refleja la importancia de la Eucaristía como presencia viviente de Cristo y alimento de la Iglesia (cf. 1Co 10,16; 11,23 ss.). En el cipo sobresale un símbolo eucarístico, el pez: alimento de la fuente que la Virgen casta toma y ofrece a los amigos para que se nutran, con vino excelente y con el pan.

Merece la pena conocer esta inscripción sorprendente por su antigüedad (s. II) y por su contenido. Los dos fragmentos encontrados permitieron recomponer 22 hexámetros de este epitafio –redactados con un lenguaje noble y arcano– que dibujan aspectos de la vida peregrina de un santo obispo frigio.

El texto se refiere a Cristo con imágenes muy difundidas en la literatura y en el arte cristiano primitivo: Pastor, maestro y pez. Abercio se confiesa discípulo del Maestro que le «enseñó» las Escrituras y del Pastor –santo y providente– que le «envió», desde el Éufrates y las llanuras sirias, a la Roma de Marco Aurelio. Allí se encontró con la Iglesia, «reina de áurea veste y sandalias de oro»: el pueblo de los marcados con «un sello resplandeciente».

En este itinerario sacramental es interesante el vocablo sello (sphragis) para significar el Bautismo. El primer sacramento imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble que expresa su pertenencia a Cristo. Asimismo, el sello designa la infusión del Espíritu Santo en los corazones de los bautizados (cf. Ef 1,13; 4,30); es la marca del buen Pastor/Cordero de Dios para el reconocimiento de sus ovejas (cf. Ap 7,4).

Además, el epígrafe nos informa de dos aspectos básicos de la espiritualidad litúrgica: en esa peregrinación a la urbe, guiado por la fe y donde encontró «por doquier hermanos», fue sostenido tanto por la Palabra de Dios (epístolas paulinas) como por la Eucaristía ofrecida por la Iglesia (el pez de la fuente).

El pez, símbolo cristiano
Reclama nuestra atención el vocablo «pez» como anagrama de Cristo y símbolo eucarístico. Con las letras de la palabra griega ixthys (pez) se forma el acrónimo iēsous xhristos theou yios soter (Jesucristo, Hijo de Dios, Salvador). Así, con una sola palabra (ixthys, pez), se expresa tanto la filiación divina de Jesús como su misión salvadora del mundo. Los episodios evangélicos de la doble multiplicación de los panes y los peces y la aparición junto al lago tienen un claro significado epifánico y eucarístico. Además, la contemplación de Cristo como pez ilumina el texto bíblico: él mismo se entrega como alimento (cf. Mt 15,32-37; Lc 9,13; Jn 6,1 ss.; 21,1-14).

La referencia escrita más antigua que se conoce sobre el pez –como símbolo cristiano– es de Clemente de Alejandría (s. II), quien recomienda tener como sello una paloma o un pez (Paedagogus, iii, xi). Tertuliano escribirá que los cristianos somos «los pececillos que siguiendo a nuestro ixthys (pez, Jesucristo) nacemos en el agua y somos salvados permaneciendo en el agua» (De Baptismo i, 3). En el epitafio de Pectorio, otra inscripción contemporánea, se describe al cristiano como miembro de la «raza del pez» que «recibe el alimento, dulce como la miel, del salvador de los santos, teniendo el pez en las palmas de las manos»; y, se pide «ser alimentado con el pez».

El pez –con los panes– se encuentra en las Catacumbas de San Calixto. En estas representaciones funerarias, frecuentemente, aparece como un delfín, el pez amigo del hombre, enroscado en un tridente (signo de Cristo crucificado) o combinado con el áncora cruciforme.

Ese pez, grande y puro, es Cristo, el hijo del manantial/fuente (Dios) y de la virgen casta. La Iglesia –comunidad de los que se aman–, cuya imagen es esa virgen, lo ofrece en banquete «teniendo un vino delicioso y dando mezcla de vino y agua con pan». Estamos ante la inscripción más antigua que hable de la Eucaristía. Como en las pinturas de las catacumbas en este texto «todo converge en una sola llamada: no hay vida eterna fuera de Cristo y de sus sacramentos» (P. Evdokimov).

Manuel G. López-Corps, Pbro.

Epitafio de Pectorio
Esta antigua inscripción es un bello poema semejante en doctrina y vocabulario al cipo de Abercio. Encontramos elementos para una cristología y los sacramentos de salvación en el seno de la Iglesia.
«¡Oh raza divina del pez!
Conserva tu alma pura entre los mortales,
Tú que recibiste la fuente inmortal de aguas divinas.
Templa tu alma, querido amigo, en las aguas perennes
de la sabiduría que reparte riquezas.
Recibe el alimento, dulce como la miel, del salvador de los santos,
come con avidez, teniendo el pez en las palmas de tus manos.
Aliméntame con el pez, te lo ruego, Señor y Salvador.
…En la paz del pez, acuérdate de Pectorio».

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