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Resonancias en nuestra Iglesia de hoy (noviembre 2019)

26 noviembre 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2019.

Siempre me han cautivado los dos grandes textos de san Manuel: los escritos con su pluma y los narrados con sus obras

«Para mis pasos yo no quiero más que un camino, el que lleva al Sagrario, y yo sé que andando por ese camino encontraré hambrientos de muchas clases y los hartaré de todo pan. Descubriré niños pobres y pobres niños y me sobrará el dinero y los auxilios para levantarles escuelas y refugios para remediarles sus pobrezas» (OO.CC, I, n. 121). Al hilo de estas palabras de san Manuel, entrevistamos a Fabián Belay, sacerdote de la arquidiócesis de Rosario (Argentina), párroco de María Madre de Dios, responsable de la pastoral de drogadependencia de la comunidad Padre misericordioso y miembro del equipo de formación permanente del clero.


Estimado Fabián, ¿cómo conociste a san Manuel y su carisma eucarístico?
Desde los 11 hasta los 21 años (tiempo en que ingresé al seminario diocesano) participé de la preJER y de la JER en la comunidad de Nazaret que se encuentra en el barrio Tablada de la ciudad de Rosario. Allí gracias a las hermanas Mª Antonia, Mª Esther y Mª Liliana conocí la UNER como una gran experiencia de familia, de comunidad y de fraternidad eucarística. Los jóvenes compartíamos con las hermanas el apostolado de evangelizar a otros jóvenes. Nazaret era para los niños, adolescentes y jóvenes de nuestro barrio un espacio de contención, de promoción, de educación con olor a hogar y a Evangelio. Así, san Manuel se convirtió en un referente de vida para todos nosotros.

Desde siempre has valorado la importancia de los espacios de contención y formación para los más jóvenes, actualmente eres el responsable de la comunidad Padre misericordioso, ¿podrías contarnos cómo surge este proyecto y en qué consiste?
Es una historia de varios años. En 2008 fui ordenado diácono y destinado a la catedral de Rosario. Allí los jóvenes salían una vez al mes a llevar algo de comida y abrigo a las personas que viven en situación de calle. Recuerdo que cada vez que volvíamos de los recorridos nos quedaba la sensación de que Jesús nos interpelaba en aquellas personas con las que solo podíamos compartir un momento, sin poder darles más que unas palabras y algo de alimento. En una ocasión, uno de los voluntarios le preguntó a un joven que vivía en una plaza qué esperaba de la vida y respondió: «Solo espero morir en la plaza, no tengo a nadie, ni tampoco ninguna oportunidad de salir adelante, nosotros somos invisibles para las personas que nos cruzamos todos los días», lo cual me impactó mucho.

En 2009 fui ordenado sacerdote y destinado al mismo lugar, un mes después comenzamos a reunirnos con aquellos jóvenes y adultos que experimentábamos que como Iglesia teníamos mucho para brindar a tantas personas. Siendo ya cura, cuando visitábamos a las personas que vivían en la calle, en su mayoría me llamaban pastor (así llaman los hermanos protestantes y evangélicos a sus ministros, quienes están muy presente en las cárceles de nuestra ciudad), lo que reflejaba que no habían tenido vinculación con la Iglesia católica o había sido muy pobre, y otra inquietud brotó: la riqueza de la gracia, de la Palabra y de la caridad no podía estar lejos de los predilectos de Dios y como Iglesia debíamos acortar las distancias con esas periferias. Todas estas situaciones fueron las motivaciones que el Espíritu fue sembrando en nuestros corazones para hacer camino.

Lo primero fue reunirnos todos los lunes a orar delante del Santísimo y después compartir sueños y proyectos. De modo vertiginoso Dios nos fue confirmando con su providencia que todo aquello que vivíamos era una obra suya y nosotros solo sus colaboradores. En 2010 se pudo alquilar una casa con mucho terreno y en 2011 se abrió el primer Hogar, que ofrecía a personas en situación de calle una oportunidad para salir del consumo de drogas y alcohol.

En 2013 el obispado nos cedió un edificio para el funcionamiento de un Centro de Día ambulatorio para personas sin recursos. Después se abrió la Granja Terapéutica de Internación en la ciudad de Granadero Baigorria y siete párrocos y tres vicarios con la autorización de nuestro obispo, comenzamos una nueva experiencia de trabajo en las parroquias más pobres de la arquidiócesis. Después de haber visto el trabajo que los sacerdotes de las villas de Buenos Aires venían realizando con el ahora papa Francisco, comenzamos en siete barrios con los Centros de Vida para adolescentes y jóvenes entre 15 y 40 años.

Estos centros tienen como misión salir a la búsqueda de los jóvenes que se encuentran en las esquinas de los barrios consumiendo sustancias o alcohol. Les ofrecemos un espacio de acompañamiento, de contención espiritual, comunitaria y religiosa. El entonces cardenal Bergoglio dijo a los curas de su diócesis: «Hay que recibir la vida como viene, toda la vida». En nuestras parroquias se acompaña a los jóvenes para que vayan al médico, para que regularicen sus documentos de identidad, para que puedan terminar la educación secundaria, para que aprendan un oficio, reciban los sacramentos, se sientan amados, sin prejuicios, sin condiciones. Luego fueron apareciendo niños que querían sumarse a estos espacios y para ellos se abrieron Centros de Niñez.

Nuestras parroquias se han convertido en las tiendas de campaña que el papa nos invita a construir para alojar a los hermanos más heridos de la sociedad y de nuestros barrios. Hoy estamos apostando fuertemente por el deporte, abriendo clubes donde los niños, adolescentes y jóvenes puedan practicar alguna disciplina y a la vez recibir catequesis.

En 2016 comenzó a funcionar el Centro de Día de Mujeres en la parroquia Ntra. Sra. del Pilar, donde se brinda una contención espiritual y terapéutica para la mujer que padece distintas situaciones de vulnerabilidad. El mismo año en una de las recorridas que los jóvenes realizan se encontraron con un grupo de personas transexuales, que se estaban prostituyendo. Entablaron un diálogo con ellas y fue muy triste escuchar sus historias de dolor, marginalidad y vacío existencial. A partir de ese momento comenzamos a discernir qué respuestas como cristianos debíamos dar a esas historias y fue así que comenzó a funcionar un espacio de contención y de espiritualidad para brindarles una oportunidad que les permita salir de la prostitución y comenzar a soñar un proyecto de vida. Después de consultarles sobre qué capacitación querían realizar, se abrió un curso de peluquería. En 2018, la Hna. Silvana Mª con el apoyo de la madre Mª Leonor, comenzó a coordinar este espacio y se abrió un nuevo curso vinculado a lo textil, hoy se está constituyendo una cooperativa textil para que puedan tener una salida laboral.

Tenemos noticia de que el obispado de Rosario ha confiado el predio del colegio Buen Pastor al Hogar Padre misericordioso para diversas actividades sociales y pastorales, ¿podrías contarnos un poco acerca de este nuevo proyecto?
El 19 de marzo de este año, la congregación de las hermanas del Buen Pastor cedió por 20 años a nuestra arquidiócesis una Iglesia y un predio que estaban cerrados desde hacía 13 años. Hoy se están realizando actividades para recaudar fondos a fin de poder reparar las instalaciones donde van a funcionar: un oratorio de adoración perpetua, un centro pastoral, un refugio para personas de la calle, una casa de Medio Camino (alojamiento transitorio, hasta tanto logren una independencia económica y habitacional, para personas que han terminado su tratamiento de recuperación de adicciones) y talleres de capacitación en oficios.

En este momento hemos abierto una cuenta en el banco de la Providencia (al estilo de san Manuel) para que estos proyectos puedan seguir abrazando al Cristo pobre que vive en nuestra ciudad. Queremos que el edificio del Buen Pastor se convierta en un lugar donde se puedan contemplar los dos rostros de Cristo: el eucarístico y el humano en el hermano.

San Manuel nos ha enseñado a reconocer el abandono de Jesús en la Eucaristía y en los hermanos, desde tu experiencia de tantos años sirviendo a esta misión, ¿podrías contarnos como lo vives?
Cada vez que recuerdo la vida de san Manuel no puedo más que pensar que aquel hombre que tuvo una sensibilidad mística para descubrir el abandono del Jesús eucarístico, tuvo la misma sensibilidad humana para comprometerse con los abandonados de su época y generar para ellos respuestas concretas de misericordia. Basta recordar lo que hizo en Huelva abriendo escuelas en el barrio San Francisco y El Polvorín para los niños pobres, la Escuela de adultas, las Bandas de Música, la Granja Agrícola, el Patronato de aprendices, el Centro de Obreros, etc.

Como Familia Eucarística creo que estamos llamados a leer los dos grandes textos de san Manuel: los que escribió con su pluma y los que narró con su vida. Me parece que contemplar uno sin tener en cuenta el otro empobrece su figura y a la larga genera consecuencias pastorales que pueden empobrecer su gran legado pastoral y místico. Para mí, su vida sigue siendo una referencia de lo que puede ser un cura hoy como pastor, como padre, como hermano, como vecino, como amigo.

Mª Ayelén Ortega Lo Presti, m.e.n.
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