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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (diciembre 2019)

7 diciembre 2019

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2019.

«Y dio a luz a su hijo primogénito,
lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre» (Lc 2,7)

«Con cuánta razón pudo gritarse ante el pesebre abandonado en que querido el Padre celestial regalarnos a su Hijo: ¡ya no hay pobres! ¡todos ricos! ¡infinitamente ricos! ¡Jesús, el tesoro de los tesoros, de los tesoros de los cielos y de la tierra, es nuestro, es mío! ¡Jesús mío desde el primer instante de vida mortal en Belén hasta la última hora de vida eucarística sobre la tierra! ¡Mío eternamente en los cielos!» (OO.CC. II, n. 2442).


Cada Navidad es nueva porque el Niño Dios sigue naciendo allí donde un cristiano, o una comunidad, o una familia creyente, o una comunidad eclesial, se abre a la gracia de la Natividad del Hijo de Dios, del Verbo encarnado, del Salvador de los hombres, del Enviado del Padre.

Dios es eterna novedad: «Mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5). Cada celebración cristiana es memorial de lo que aconteció entonces; es actualización del acontecimiento salvífico (Dios hecho hombre); y es anticipo de la manifestación definitiva del Hijo de Dios al final de los tiempos.

¡Cuánta alegría, fruto del Espíritu, ha de brotar de todo creyente que celebra cada año la Navidad! ¡Cuánto gozo experimenta al saberse humilde pesebre donde la Virgen María deposita a su Niño, recién nacido, diciéndole: «Cuida de mi Hijo; es el Salvador de los hombres»!

Jesús es el tesoro de los tesoros, la perla preciosa; nace en Belén, que significa «casa del pan». Ahí nace quien es pan de vida. En el pesebre, lugar donde se alimentan los animales, nace quien viene a la tierra como verdadero Pan del cielo, como alimento del creyente que necesita este manjar del cielo para alcanzar la santidad de vida, la plenitud en el amor.

Oración inicial
Señor, Dios nuestro, Padre de todos, que cada año nos permites celebrar con mayor gozo y esperanza el misterio de la Natividad de tu Hijo amado, derrama tu Espíritu Santo para que acojamos en lo más íntimo de nuestro ser a quien viene como Señor de cielo y tierra, como Salvador de los hombres, como tu ungido. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
Lc 2,1-14

Meditación
El comentario que san Manuel González dedica a este acontecimiento de la Natividad del Niño Dios, dentro de su libro El Rosario Sacerdotal, puede servirnos y ayudarnos también hoy, no solo a los sacerdotes, sino a todos los cristianos.

Nos invita a meditar este misterio del Rosario llenos de gozo y esperanza, para «hacer a las almas recuperar a Jesús perdido y reparar ante Dios por las almas que pierden y no encuentran a Jesús» (OO.CC. II, n. 2440). Ciertamente todos (sacerdotes, consagrados y laicos) hemos de entregarnos por completo a Cristo y, desde Él y por Él, a todas las personas, para que sean muchos los que se salven. Porque hemos de ser los continuadores de la misión que Jesús, Verbo encarnado, traía de parte del Padre. Por eso, es bello y preciso que el ángel, en la noche del Nacimiento de Jesús, lo anuncie con estos tres títulos tan concretos: Salvador, Señor, Mesías.

El Niño, nacido en pobreza y humildad era anunciado con esos títulos a los pastores. Estos ejercían el mismo oficio que David, cuando fue llamado a ser rey de Israel. Eran personas sencillas, humildes, limpias de corazón, capaces de acoger el mensaje del ángel, envueltos en la gloria y luz del Señor.

San Manuel resalta cómo el primer título es «Salvador». Lo medita así: «Es muy significativo que el primer título y el primer nombre con que es saludado y dado a conocer el Verbo encarnado, al poner su planta sobre nuestra tierra, es éste: El Salvador y el Salvador de nosotros. Y el primer himno con que por voces angélicas es obsequiado no tiene más que dos estrofas: la primera para cantar al glorificador de Dios y la segunda para cantar al pacificador de los hombres de buena voluntad» (OO.CC. II, n. 2441).

Sí, detengámonos ante este título: «Salvador». Dejemos que resuene en cada uno de nosotros mientras adoramos su presencia eucarística en el Sagrario o en la custodia. Es el mismo título que el ángel Gabriel le indica a la Virgen María en la Anunciación: «Concebirás en tu vientre y darás a luz a un hijo, y le pondrás por nombre Jesús» (Lc 1,31).

Jesús significa «Dios salva». Él es el Hijo eterno del Padre, hecho hombre, que vino para salvar a su pueblo de los pecados (cf. Mc 1,21). Salvador es nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn 3,18; Hch 2,21). «El nombre de Jesús significa que el nombre mismo de Dios está presente en la persona de su hijo (cf. Hch 5,4), hecho hombre para la redención universal y definitiva de los pecados» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 432).

San Manuel nos muestra también cómo lo anunciado por Dios a través del profeta Isaías tuvo pleno cumplimiento en Jesús y cómo su acción salvífica sigue aconteciendo hoy en todos los que creemos en Él: «Nos ha nacido un Niño, un Hijo se nos ha dado. Para nosotros, los esclavos del demonio y del pecado. Para nosotros, los desterrados hijos de Eva. Para nosotros, los huérfanos de Dios. Para todos nosotros, los más malos y los menos malos, los más buenos y los menos buenos, sin reserva ni condición de tiempo, de cualidad, de cantidad, de espacio, de raza, sin reserva alguna. ¡Para nosotros es el Niño de Belén! ¡Para nosotros es el Hijo de Dios y de María!» (OO.CC. II, n. 2441).

Esta es la más fabulosa noticia que ha escuchado la Humanidad. Es el acontecimiento que ha dividido la Historia en dos: antes de Cristo y después de Cristo. Acojamos en nuestro interior este hecho extraordinario: todo un Dios hecho hombre, y alegrémonos porque «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

Así lo han expresado los santos a lo largo de la historia de la Iglesia: «Hoy, queridos hermanos, ha nacido nuestro Salvador, alegrémonos. No puede haber lugar para la tristeza cuando acaba de nacer la vida; la misma que acaba con el temor a la mortalidad, y nos infunde la alegría de la eternidad prometida» (san León Magno).

Sí, solo cabe la alegría en quien se hace partícipe de este acontecimiento; solo cabe el júbilo en quien adora, como los pastores en Belén, al Niño Dios en su presencia eucarística. Todos nos llenamos de alegría: «Alégrese el santo, puesto se acerca la victoria; regocíjese el pecador, puesto que se le invita al perdón; anímese el gentil, ya que se le llama a la vida» (san León Magno).

Unamos nuestras voces para suplicar
Adoremos a Cristo, el Salvador, el Niño pobre y humilde, que nace en un pesebre, en Belén, que se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Suplicando al Espíritu Santo su acción transformadora, digámosle:

Ven Espíritu de amor y haznos nacer de nuevo por el nacimiento del Salvador

  • Ven, Espíritu de la verdad, haznos vivir la celebración del misterio infinito de Dios, hecho carne por nosotros, para que, al igual que los pastores vayamos presurosos a adorarle, entregándole nuestro mejor regalo: la propia vida. Oremos.
  • Ven, Espíritu de Amor, envuélvenos en tu luz, para que el nacimiento del Niño Dios transforme el odio en amor, la guerra en paz, la duda en fe, la tristeza en alegría. Oremos.
  • Ven, Consolador divino, llévanos ante el pesebre del Salvador, para que la alegría que experimentaron los pastores acontezca hoy en nosotros y llevemos a nuestra familia y a nuestra comunidad cristiana el gozo de sentirnos amados y salvados por Jesús, cuyo nombre significa «Dios salva». Oremos.
  • Ven, Espíritu divino, sé nuestro maestro de oración para que aprendamos de la Virgen María su postura de mujer siempre orante, que guardaba todas las cosas, meditándolas en su corazón. Oremos.

Oración final
Bendito seas, padre Dios, Señor del cielo y tierra, porque, en tu designio amoroso, enviaste a tu Hijo a la tierra para salvar al género humano del pecado y de la muerte; concédenos, por su intercesión, y con la fuerza y la luz del Espíritu Santo, cuanto te hemos pedido, para que asombrados, como niños, del nacimiento humano del Verbo encarnado, proclamemos al mundo tus maravillas y seamos constructores de justicia y paz, libertad evangélica y fraternidad de verdaderos hermanos. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

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