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Encuentro de jóvenes en Zaragoza

16 enero 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de diciembre de 2019.

Disponibles, enviados, eucaristizados

Una metáfora: el viaje; la certeza de una presencia: Cristo Eucaristía; una luz de esperanza: María Inmaculada (cf. Spe salvi, n. 49). Estas palabras de Benedicto XVI han sido, de alguna manera,
el trasfondo de la convivencia de jóvenes que tuvo lugar en Zaragoza, del 6 al 8 de diciembre.

Tres claves que se constituyeron en hilo conductor de estos días de encuentro con Dios, con uno mismo y con los demás, en el marco de la fiesta de la Inmaculada, y muy cerca del Santuario del Pilar, desde donde Ella se nos manifiesta cercana y solícita, inspirando fortaleza y confianza.

Un grupo de jóvenes de diferentes procedencias, con el corazón inquieto, tocados por la Eucaristía y con deseos de profundizar y crecer en la fe, a través del carisma de san Manuel González, se atrevió a vivir esta experiencia y se puso en camino, abriéndose a la acción de Dios, que nunca se deja ganar en generosidad.

D. Sergio Pérez nos acompañó durante el sábado por la mañana, invitándonos a reflexionar en torno a tres grandes verdades sobre las que el papa Francisco llama la atención de los jóvenes en la reciente exhortación apostólica Christus Vivit: Dios te ama, Cristo te salva, Él vive en ti. Además, nos invitó a mirar nuestra vida a la luz de Cristo, para reconocernos como Él disponibles, enviados y eucaristizados.

La posibilidad de compartir experiencias vitales, de abrirnos al diálogo y a la escucha, la oportunidad de hacer silencio, de vivir momentos intensos de oración personal y comunitaria, de contemplar diferentes expresiones culturales de la misma fe que nos une como Iglesia, fue para todos una ocasión de enriquecimiento mutuo, de crecimiento y de esperanza. Porque, como dice el papa Francisco, al igual que en el milagro de Jesús, los panes y los peces de los jóvenes pueden multiplicarse (cf. Jn 6,4-13). Igual que en la parábola, las pequeñas semillas de los jóvenes se convierten en árbol y cosecha (cf. Mt 13,23.31-32). Todo ello desde la fuente viva de la Eucaristía, en la cual nuestro pan y nuestro vino se transfiguran para darnos vida eterna.

«Se les pide a los jóvenes una tarea inmensa y difícil. Con la fe en el Resucitado, podrán enfrentarla con creatividad y esperanza, ubicándose siempre en el lugar del servicio, como los sirvientes de aquella boda, sorprendidos colaboradores del primer signo de Jesús, que solo siguieron la consigna de su Madre: “Hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5)» (Christus vivit, 173).

Mª Cecilia Appendino Vanney, m.e.n.
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