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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (marzo 2020)

16 marzo 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2020.

«Hay quienes se hacen eunucos ellos mismos por el Reino de los Cielos… El que pueda entender, entienda» (Mt 19,12)

«Afirma san Manuel González refiriéndose a la cosecha que esperaba del nuevo seminario de Málaga: «Proveer a la santa madre Iglesia Católica de sacerdotes–hostias con los que consuele al Corazón Eucarístico de Jesús, salve a las almas y haga felices a los pueblos». ¡Qué interés tan intenso y vivo tengo en que suenen mucho y se graben imborrablemente en el seminario esas palabras: madre Iglesia, para cuyo incondicional y perpetuo servicio se ordenan exclusivamente los clérigos sacerdotes–hostias, como el Jesús de su sacerdocio» (OO.CC. III, n. 2318).


Todos nos necesitamos en la Madre Iglesia: «El ojo no puede decir a la mano “no te necesito” […] sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios» (1Co 12,21-22).

En este momento de la historia, donde los abusos sexuales de algunos sacerdotes han provocado escándalo a los sencillos y han manchado el cuerpo místico de Cristo, necesitamos orar por la santidad de los sacerdotes. Más en concreto: en esta hora santa, adoramos a Jesús Sacramentado dando gracias al Padre porque quiso que su Hijo fuera célibe y porque muchos sacerdotes siguen viviendo en fidelidad su celibato.

Se puede ser célibe y dichoso porque el Señor enamora, cautiva, seduce y plenifica a quien le ha dado este don y le ha llamado al sacerdocio. Se puede vivir el celibato de forma sana, limpia, generosa, entregada, si uno se deja llevar del amor divino: «todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1Co 13,7).

San Manuel González vivía su sacerdocio y su ministerio presbiteral abrazado a la cruz de Cristo, encendido en el fuego del Espíritu, en obediencia a la voluntad del Padre, en el sentir de la Iglesia, en el servicio a todos los hombres y dichoso de estar totalmente consagrado al Señor. Vivió su celibato como preciosa renuncia al matrimonio, en consagración total y absoluta a Cristo, de forma siempre nueva y exquisita, para extender el Reino de Dios, unido a su amo y amigo, maestro, siervo, Jesucristo, con un corazón indiviso: «El sacerdote y todo lo del sacerdote, queda por la consagración sacerdotal como queda un cáliz consagrado, que no puede servir más que para contener a Cristo. Pensar en Él, amarlo a Él y hacerlo amar, hablar de Él, trabajar por Él, ocuparse sólo en Él. He aquí para qué tiene el sacerdote inteligencia, corazón, fuerzas, salud, penas, alegrías, dinero, amistad, relaciones sociales. ¡Para eso y sólo para eso! Y si no, se profanará a sí mismo, como se profana el cáliz cuando sirve para otra cosa que no sea contener la preciosa Sangre de Cristo. El sacerdote es siempre y en todo sacerdote, preténdalo él o no lo pretenda, obre bien o cometa pecados. Siempre sacerdote. En todo nos presentamos como ministros de Cristo…» (OO.CC. I, n. 1645).

Oración inicial
Oh, Padre, que has querido otorgar el don del celibato a quienes has llamado al sacerdocio, imitando a tu Hijo, Mesías y Salvador, que fue célibe; concede un corazón indiviso a obispos y presbíteros, para que, consagrados a ti y a tu Reino, con la fuerza y la luz del Espíritu, se preocupen exclusivamente de tus asuntos, Señor, sirviéndote donde tú quieras y como tú quieras. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
1Co 7,25-32.

Meditación
Es posible ser célibe y ser feliz. Si la necesidad más importante del ser humano es ser amado y poder amar, en la medida que el célibe se abre al amor divino, a la sincera y totalizante amistad con Jesucristo, ese sacerdote célibe será feliz. Feliz según los límites propios de su condición humana, mientras peregrina hacia la patria definitiva, anhelando el gozo perfecto con Dios en la eterna bienaventuranza.

En este tiempo de crisis, donde se dice que todo es relativo y se duda de las grandes verdades, hay muchas sombras proyectadas sobre el valor y el significado de la vida de los sacerdotes.

La misma identidad de ser varón está en crisis. Lo masculino parece peligroso, malo, salvaje, machista, dominador, violento. En este clima cultural, la sexualidad masculina se tiñe de ambigüedad, pérdida de sentido de ser padre y esposo. Por un lado se fomenta la supuesta libertad sexual, con un descontrolado uso de la misma; y, por otro lado, cualquier gesto de ternura en la relación con la mujer puede ser considerado abuso sexual.

En medio de esta zozobra, el Señor sigue llamando a jóvenes y adultos a ser sacerdotes célibes, enamorados de Cristo, que quieren vivir este don como entrega total a la voluntad divina, integrando su corporeidad, su sexualidad, su inteligencia, sus afectos, sus relaciones humanas, su espiritualidad, su servicio al Evangelio, en la unidad de vida que el Espíritu Santo concede a quien se deja colmar de su amor infinito.

El Señor capacita para que el sacerdote célibe ame en pura gratuidad a los otros: en Cristo, por Cristo, con Cristo: «en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). «Un Dios, Padre de todos, que está sobre todo, actúa por medio de todos y está en todos» (Ef 4,6).

San Manuel retrata muy bien el tipo de sacerdote que desea para su diócesis. Sin duda porque él lo vive y porque así lo presenta para que en el seminario de Málaga se formen en esta dirección: «Podrá no ser un orador elocuente, ni un escritor brillante, ni una inteligencia de primer orden, ni un prodigio de cosas extraordinarias. No importa. Le bastará que viva y se presente a su pueblo como cumple a un sacerdote. Manso y afable en el trato. Respetuoso con los de arriba sin vilezas. Asequible a los de abajo sin encanallamiento. Siempre hallado cuando se le busque en su iglesia, en la cabecera de sus enfermos, en la escuela de los niños o en su casa y jamás en el casino, ni en las tabernas, ni en las tertulias de los poderosos o de los desocupados. Dadivoso sin despilfarros. Estudioso y aficionado a aprender sin petulancia como propicio a enseñar sin emulaciones de envidias. Inconmovible como la roca con los tiranos. Blando como la cera para el que le manda en nombre de Dios o le pide por caridad. Niño con los niños. Enfermo con los enfermos. Débil con los débiles. Alegre con los que ríen y triste con los que lloran. Y, en suma, hecho todo para todos, para ganar a todos para Jesucristo. Éste es el secreto, y si me lo dejáis decir, el gran secreto de las atracciones al sacerdocio» (OO.CC. II, n. 1972).

Con corazón indiviso
El sacerdote célibe ha sido llamado a pertenecerle por completo a Dios, apartado de los demás hombres, para ser consagrado totalmente al servicio de la Iglesia y de la Humanidad, sacado entre los hombres en favor de ellos mismos. Así lo irradiaba san Manuel: «¡Cuánto debe gozar el corazón del sacerdote en vivir sólo para dar a Jesús y darse con Él a las almas! Por la consagración sacerdotal el sacerdote ha dejado místicamente de ser un hombre para empezar a ser un Jesús. Una especie de transubstanciación se ha operado en él: las apariencias son del hombre, la substancia es de Jesús. Tiene lengua, ojos, manos, pies, corazón como los demás hombres; pero, desde que ha sido consagrado, todos esos órganos e instrumentos no son del hombre, sino de Jesús» (OO.CC. II, 2448).

El sacerdote célibe necesita de los consagrados y de los laicos. Estos, a su vez, necesitan del sacerdote. Debe darse un enriquecimiento mutuo, una ayuda sincera, un apoyo constante, una relación limpia y gratuita, de hermano y de pastor: «Con vosotros, cristiano; para vosotros, sacerdote», podemos afirmar parafraseando a san Agustín.

Así lo contempla san Manuel: «¡Cuántas veces la presencia del sacerdote en su confesonario solitario, aun sin penitentes, ha atraído pecadores empedernidos al beso de Jesús! ¡Cuántas y cuántas la actitud devota del sacerdote celebrando los santos misterios, orando o rezando su breviario ante el Sagrario, la visita al enfermo, la conversación espiritual en un paseo, en un viaje, en una visita; la pequeña limosna, el buen gesto, la cara amable, la predicación sencilla, hablada o escrita, han sido vehículos de las almas a Jesús y de Jesús a las almas! Hasta la sola vista de un sacerdote que hable, obre y proceda como sacerdote, ¡cuántas veces ha sido la chispa de luz que ha hecho ver a muchos ciegos voluntarios, al Jesús perdido de su primera Comunión!» (OO.CC. II, n. 2477).

El sacerdote célibe os necesita a los laicos: comprendiendo su humanidad, sosteniendo las injurias que recibe, corrigiéndole fraternalmente cuando se equivoque y, sobre todo, orando mucho por él y ofreciendo algún sacrificio para que llegue a ser sacerdote santo.

San Manuel sabía por propia experiencia lo que era ser calumniado, despreciado o perseguido. En El Rosario sacerdotal, en la tercera estación de los misterios dolorosos, describe muy bien la «corona de espinas» que ha de padecer un sacerdote: «Hay que dar pan a los pobres y pasar por avaro. Y poner buena cara a los que tienen mal corazón y contar con que nos tomen por cobardes y débiles. Hay que tratar cariñosamente a los de abajo y acarrearse la enemistad de los de arriba. Hay que tratar con respeto y gratitud a los de arriba y ganarse los recelos de los de abajo. Hay que hacerse niño con los niños y sencillo con los sencillos y pasar por tonto. Hay que hacerse todo para todos y esperar que todos, o casi todos, murmuren de las intenciones, de los procedimientos, de los resultados… de todo lo que hagamos» (OO.CC. II, n. 2477).

Oración por los sacerdotes
Oh Jesús, Sacerdote eterno,
buen pastor que das la vida por las ovejas,
guarda a tus sacerdotes de toda tentación,
protégeles en tu Sagrado Corazón,
haz que nada pueda mancillarlos.
Conserva puras e inmaculadas sus manos ungidas,
que consagran cada día el pan de tu Cuerpo Eucarístico.
Mantén vigilantes sus labios, que solo te bendigan.
Que beban tu preciosa Sangre
como bebida de salvación.
Que su corazón indiviso esté solo habitado por ti,
libres de todo afecto desordenado,
de todo apego a personas o bienes terrenos;
corazón indiviso que has consagrado para ti.
No le saques del mundo
sino presérvalos del maligno.
Que tu amor los enamore cada día
y los defienda del contagio de la mundanidad.
Señor Jesús, sumo y eterno sacerdote,
víctima propiciatoria por nuestros pecados, acrecienta la semilla evangélica
que siembran y esparcen tus sacerdotes;
que presidan y celebren la Eucaristía
como eterna novedad, fascinante encuentro contigo
y asombrosa comunión, en Ti, con sus hermanos.
Que irradien la alegría del Espíritu
a cuantos acompañan en la vida espiritual,
a cuantos enfermos visitan en sus casas,
a cuantos pobres socorren en la calle,
a cuantos les predican la Buena Noticia en retiros,
a cuantos forman para que sean sal de la tierra
en los ambientes donde viven.
Cristo resucitado, gracias por tu Madre Inmaculada,
tu Madre que nos dejaste como madre nuestra,
Que Ella, oh buen pastor, interceda por los sacerdotes.
Amén

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

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