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Historias de familia (marzo 2020)

23 marzo 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2020.

A mi «querido otro yo…»

«A mi querido otro yo…» es lo que escribía el entonces obispo de Olimpo al dedicar una fotografía a su amigo Manuel Siurot. D. Manuel González fue siempre un gran amigo para sus amigos, y Dios le obsequió en esta tierra con muchos y muy buenos, pero sin duda hay tantos paralelismos, tantas conexiones entre la vida de san Manuel y la de su amigo, el abogado onubense que se convirtió en pedagogo aun sin haber leído nunca un libro de pedagogía, que no es posible hablar de la vida y la obra de uno sin referirse al otro.

Cuando nos disponemos a conmemorar el 27 de febrero de 2020, el octogésimo aniversario de la muerte de D. Manuel Siurot, nos hemos reunido en la Palma del Condado, el pueblo que le vio nacer en 1872 y donde reposan sus restos, para recodar la figura del ilustre hijo de esta villa, y ha resultado inevitable recordar al mismo tiempo la de su amigo, el arcipreste de Huelva.

Manuel Siurot era un joven abogado al comenzar el s. XX. De familia humilde, había salido muy joven de su pueblo y con tesón había llegado a estudiar Derecho en la Universidad Literaria de Sevilla. El dinero no le alcanzó para concluirlos como alumno oficial y los dos últimos años tuvo que cursarlos como alumno libre. Pero al instalarse en Huelva, al trabajar junto al prestigioso letrado D. José Sánchez Mora, representante en esta ciudad de la Compañía inglesa Río Tinto, se le había abierto un buen camino profesional y cuando estaba próximo a contraer matrimonio con la señorita Manuela Mora Claros, joven perteneciente a una de las más ilustres familias de Huelva, fue designado hermano mayor de la Hermandad de Nuestra Señora de la Cinta.

Fue por este motivo que al llegar a la parroquia Mayor de San Pedro en 1905 el nuevo arcipreste encontró en él un alma bien dispuesta para acompañar al Señor en aquel Sagrario de Huelva y un apoyo para arrancar tantas iniciativas de acción social católica que, siguiendo las indicaciones del papa Pío X, quería poner en marcha. D. Manuel Siurot se convertiría en uno de aquellos chiflados del Corazón de Jesús que, por amor a Él, estaría dispuesto a todo. Todavía hoy, a pesar de que el Concilio Vaticano II ha incidido en la igualdad radical de todos los bautizados y en las obligaciones de los laicos, solemos pensar que discernir una vocación, que seguir a Cristo renunciando a bienes materiales, etc. es cosa de quienes ingresan en una congregación religiosa, pues bien, la vida de Manuel Siurot es un ejemplo de persona que supo, en medio de su vida de padre de familia, abogado y literato, discernir la voluntad de Dios en cada momento y seguirla.

Fundador
Manuel Siurot había sido, junto a D. Pedro Román Clavero (el párroco de la Concepción) y otras personas, fundador del Centro Católico de Obreros de Huelva. Un proyecto que curiosamente nace como consecuencia del fracaso de otro. Y es que en 1901, D. Pedro había planeado una peregrinación hasta la ermita de la Virgen de la Cinta; pero, cuando ya estaba todo preparado, una circunstancia inesperada, hizo que no pudiera celebrarse. D. Manuel no lo aclara en sus escritos, pero es bien sabido que desde 1871 –esto es tras los incidentes de la Comuna de París– las actividades reivindicativas del movimiento comunista se realizarán por medio de organizaciones obreras, y siguiendo esta senda se constituirían, también en Huelva, diferentes tipos de sociedades que en muchas ocasiones tuvieron marcado carácter anticlerical (cf. el estudio que hace Juan José de Paz, en el libro Entre el puerto y la mina (I), antecedentes del movimiento obrero organizado en Huelva 1870-1912).

Pues bien, reunidos los promotores de aquella frustrada romería, lejos de resignarse ante la contrariedad, decidieron combatirla haciendo algo que iría más allá que una manifestación pública de amor a la Virgen: comenzaron a planear la creación de un centro cultural dedicado al fomento de la cultura entre los obreros, que pondrían bajo su protección. Así nació el Centro Católico de Obreros de Huelva, y para celebrar el primer aniversario de la aprobación de su reglamento aquella asociación quedaría bajo el patrocinio de la Inmaculada Concepción desde el 19 de febrero de 1905.

Se comenzó impartiendo clases de instrucción para los obreros, pero en febrero de 1906 en su sede comenzaron a celebrarse conferencias. La primera fue del sacerdote Manuel González Serna, que disertó sobre «Necesidad de la Religión y su influencia en la vida de los pueblos»; le siguió el propio D. Manuel González García, con «La persecución religiosa en Francia y sus consecuencias»; tras él, el juez municipal y presidente del Centro, Andrés Mora Batanero con «La armonía entre patronos y obreros» seguido por D. Manuel Siurot, con «La Libertad». En julio de 1906 las conferencias continuaron con una del mismo Siurot, refiriéndose al «Espíritu de sacrificio del cristianismo y necesidad del sacrificio para el pueblo cristiano» (cf. J. Leonardo Ruiz, La acción social católica en la provincia de Huelva 1903-1922 algunas consideraciones para su estudio y comprensión).

Misericordia onubense
Pero a finales de 1907 los promotores del Centro Católico pasarán a desarrollar una nueva iniciativa. En esta ocasión sería una organización que tendría como objetivo realizar en Huelva las obras de misericordia. Se trataba de la acción social católica que, atendiendo al llamamiento que el papa Pío X, urgía potenciar. El nacimiento de El Granito de Arena está vinculado muy directamente con la puesta en marcha de la Junta local de la Acción católica creada con idénticos fines que la diocesana instituida en Sevilla por el arzobispo Spínola. De esta Junta onubense formarán parte, en representación de los abogados católicos, D. Luis Suárez Alonso de Fraga y D. Manuel Siurot. En el momento de su constitución se acuerda participar en el congreso de corporaciones católico–obreras que iba a celebrarse en aquellos días en Granada y hasta allí viajarían D. Manuel González–Serna, el notario D. Juan Cádiz, D. Andrés Mora Batanero y también D. Manuel Siurot.

En Granada este grupo, los chiflados del Corazón de Jesús, conocerá «de cara» a D. Andrés Manjón. En aquella reunión de corporaciones católico–obreras, por primera vez Manuel Siurot escuchará hablar sobre las injusticias sociales y, después, él mismo habló de la función social de la propiedad pero, sobre todo, conoció entonces las Escuelas del Ave María. Siurot en su libro Cada maestrito explicará cómo tardó mucho en comprender qué le llevó una mañana hasta las Escuelas fundadas por Manjón.

Manuel Siurot jurista, conferenciante, con buen arte con la pluma y la palabra, hubiera sido un ilustrado más en la Andalucía de los años 20. Hubiera sido, incluso, un buen cristiano, con su buena posición económica y la influencia de la que empezaba ya a gozar, habría podido dar suculentas limosnas para mantener las obras sociales de la Iglesia, pero en Granada se empezó a producir un pequeño ¿milagro? Aquel hombre, con cierta vocación política, con ascendiente sobre sus conciudadanos, que se relacionaba con literatos y amaba el arte, asistió aquel día de noviembre a esa visita que para los participantes en el Congreso granadino se había organizado y que concluyó con una Misa en la capilla de las escuelas del Sacro Monte, oficiada por el padre Manjón. Los niños cantaban, aquellos niños pobres lo hacían con el gusto y la afinación de cualquier buen coro y –escribirá Siurot– «no sé qué secretas amonestaciones tocarónme en el alma». Muy cerca D. José Roca Ponsa, el canónigo magistral de Sevilla, disimulaba las lágrimas. Al acabar la Misa los niños entonaron una Salve Señora, que no dejaba de resonar en su interior. Aquella noche incluso soñará con que el padre Manjón le visita y le deja un sobre «para que lo abra el día de la inauguración de las Escuelas en Huelva». «¡Qué tontería!», debió pensar al despertarse.

Banda de música y comida
Dos años llevaban ya, por entonces, las obras de construcción de las Escuelas del Sagrado Corazón en Huelva. Eran fruto del empeño del arcipreste Manuel González que, en abril de 1906, al solicitar la licencia al arzobispado para poner en marcha aquel sueño de las escuelas gratuitas escribió: «estoy enteramente persuadido que el día que logremos tener una escuela para seiscientos niños educados por los Salesianos, con su banda de música y una comida al medio día, no queda en Huelva un anticlerical para un remedio». En enero de 1908 tenía unas escuelas construidas gracias a las aportaciones económicas de muchos católicos, pero los salesianos no iban a poder hacerse cargo de las clases. Estaba prevista la inauguración a bombo y platillo de aquel centro para el día 25 de enero, y la celebración no se podía suspender. Al acabar la música y los discursos, tras marcharse los ilustres invitados, D. Manuel González se va a la capilla del recién inaugurado colegio. ¿Qué ánimo tendría después de inaugurar una escuela sin maestros? No sabemos qué palabras salieron de su corazón hasta el Sagrario, pero sí que sabemos la respuesta que obtuvo.

Había alguien más en la capilla, uno de los invitados al acto que tras escuchar a los niños de Huelva gritar y alborotar durante la inauguración pensó en los que un par de meses antes había escuchado cantar en Granada, y que en aquel momento ante la imagen de la Virgen y la visión de aquel sacerdote abrumado, descubrió el porqué de su inquietud aquel día en el Sacro Monte, Dios le llamaba por un camino que nunca pensó que sería el suyo: maestro, y maestro de niños pobres. Pensó en aquel sueño de dos meses antes y supo que se había abierto el sobre, el día señalado. «¿Me admite Ud. como maestro?», preguntó a D. Manuel que solo pudo contestar con un fuerte abrazo.

Un modelo único
Habiendo sido así su acceso al magisterio, Siurot no podía ser un maestro al uso. Tenía el gran ejemplo y la ayuda del padre Manjón, que desde Granada alentaba a D. Manuel González y desde febrero de 1908 a su «otro yo». Pero además tenía un modelo: el Sagrado Corazón. Pocas cosas se han dicho de Siurot como pedagogo, aunque muchas se podrían decir y a buen seguro que se dirán algún día. Puede parecer rara mi afirmación, pero es una impresión que me confirmaba Jacobo C. Martín Rojas, un profesor de la Palma del Condado que, interesado en la pedagogía de su paisano, prepara un estudio sobre ella. Siurot lo abandonó todo para dedicarse a las Escuelas. Es cierto que en 1910 todavía viajó a Argentina en el séquito de la Infanta Isabel, seguramente era un compromiso adquirido al que no pudo renunciar, pero consta que fue invitado en varias ocasiones a disertar sobre los temas de acción social católica a los que se había venido dedicando hasta entonces, y no aceptó, precisamente por estar dedicado a las escuelas. Tampoco aceptó el cargo de director general de enseñanza primaria que le ofrecieron: estaba claro que él no iba a ser otra cosa que maestro de niños pobres.

Si siguió escribiendo, fue sacando tiempo donde no lo había y pensando que de los ingresos por la venta de aquellos libros dependía la supervivencia de las Escuelas del Sagrado Corazón y más tarde también la que fue otra de sus obras, la recordada residencia de maestros, que sirvió de alojamiento en Huelva durante años a jóvenes humildes estudiantes de magisterio en la Escuela Normal y donde, además de un lugar de acogida gratuita encontraban la posibilidad de hacer prácticas en las Escuelas formándose así de una manera más completa.

Los resultados de las Escuelas del Sagrado Corazón fueron excelentes, y por eso no deja de ser curioso que su pedagogía fuera criticada en una obra que es uno de los referentes de la materia en España, me refiero a la de D. Luis Bello, titulada Viajes por las Escuelas de España. En el volumen IV, publicado en 1929, el autor titula uno de los capítulos: «Por qué no he visitado las Escuelas de Siurot» (cf. pp. 109-122). Tras leer estas páginas es fácil llegar a una conclusión: se critica su peculiar pedagogía por ser precisamente una pedagogía basada en el amor, usando una expresión que he oído al ya mencionado Prof. Martín Rojas.

De entonces y de hoy
Los pedagogos de entonces, y quizás también ocurra con los actuales, no podían admitir que lejos de aplicar metodologías basadas en experiencias científicas (tan en boga en los años veinte del siglo pasado), Siurot basara su método docente en verter amor en cada niño, y en enseñar a cada uno de ellos como si fuera un hijo. Se burlan de su frase «me he valido de doña Constancia y de doña Experiencia, hermanas de Don Sentido Común» e incluso, desde un punto de vista cristiano le critican que no se inspire en el Espíritu Santo, imagen de la inteligencia, sino en «la llama ardiente que brota del Sagrado Corazón de Jesús», esto es en lo emotivo, en lo cordial.

D. Manuel Siurot Rodríguez, fue en efecto el «otro yo» de su amigo san Manuel González, seguramente este lo escribió así en aquella dedicatoria porque si él quiso ser, y fue, el obispo de los Sagrarios abandonados también debió anhelar haber sido, como lo fue D. Manuel Siurot, el maestro de los niños pobres.

Aurora Mª López Medina
A Dña. Gemma y Dña. Carmen Ramírez Siurot, nietas de D. Manuel y herederas de su sonrisa
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