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Cordialmente, una carta para ti (marzo 2020)

24 marzo 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2020.

Una cadena hecha de amor

Apreciado lector: En la carta de hoy te contaré algo que observé hace unos días. Entré por la mañana en una céntrica cafetería; elegí una mesa situada junto a un amplio ventanal, que daba a una calle por la que circulaba bastante gente. Cuando se acercó el camarero le pedí un café con leche y unas tostadas de pan con aceite de oliva, mi desayuno habitual. Mientras me lo servía me dediqué a observar el ir y venir de las personas que deambulaban por la calle.


Llamó poderosamente mi atención un hombre que empujaba una silla de ruedas. En ella iba un niño que, a juzgar por el mimo con que lo trataba, debía ser su hijo. Me produjo una enorme tristeza ver a un inocente niño condenado a ir en silla de ruedas, sin poder correr ni saltar como hacen los demás niños. Sí, me produjo una gran tristeza, pero también me la produjo aquel padre, teniendo que trasladar a su hijo quizá inválido para toda la vida. Experimenté una gran amargura… Saqué mi cuaderno de notas y escribí: «El amor verdadero va de arriba abajo, de padres a hijos».

De arriba a abajo y de abajo a arriba
Apenas había terminado de escribir la anotación cuando llegó el camarero con mi desayuno. Mientras lo iba tomando no apartaba la vista de la calle. No había pasado mucho tiempo cuando me fijé en un anciano muy demacrado, caminando con dificultad, apoyándose en dos muletas. Lo llevaba cogido del brazo un hombre de mediana edad que, por el parecido físico, debía ser su hijo. Iba hablando con el anciano, muy pendiente de él y ayudándole cariñosamente a caminar… Volví a sacar mi cuaderno de notas y escribí: «El verdadero amor también va de abajo arriba, de hijos a padres, siguiendo un sentido vertical».

Seguí degustando mi café con leche y tomando las sabrosas tostadas, pero sin apartar la vista de la calle. La gente iba y venía sin cesar. Unos iban deprisa; otros, más espacio. Pero es el caso, estimado lector, que nadie se detenía… ¿Nadie? No, observé cómo una joven pareja, un chico y una chica, que caminaban sonrientes, alegres y cogidos de la mano, se pararon delante de aquel amplio ventanal, que yo había convertido en un mirador particular. Se contemplaron un instante, se abrazaron y se besaron… Luego continuaron su camino con más alegría que antes. Volví a coger mi cuaderno de notas y escribí: «El amor no solo va en sentido vertical, entre personas con bastante diferencia de edad, sino también en sentido horizontal, entre las que tienen una edad similar».

Después de haber pagado mi consumición salí de la cafetería. Ya en la calle, vinieron a mi memoria las anotaciones que acababa de hacer. Recordaba que el amor entre los seres humanos va en todas direcciones: de arriba abajo, de abajo arriba y también en sentido horizontal. El amor recorre todas las direcciones posibles. Sin embargo, empecé a pensar que el amor a Dios sigue una sola dirección: la que va de lo humano a lo divino. Empecé a pensar que solamente hay una dirección y un camino para el creyente: aquel que nos señala la fe y el amor a Dios.

Y mientras seguía caminando continuaba pensando. Pensaba, amigo lector, que sería estupendo, sería admirable, que todos intentásemos orientar nuestro amor hacia Jesús Eucaristía. Sería fabuloso que la entrega a los demás, a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros amigos…, fuese una entrega por amor a Jesús, por amor a Dios. Sería una hermosa manera de dar cumplimiento al mandamiento «Amarás a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo por amor a Dios». Pensaba que para un cristiano debe ser así, que es lo normal, porque nuestra religión es la religión del amor. Si hay algo que caracteriza al cristianismo es precisamente el amor, la caridad. Sería inconcebible declararse cristiano, tenerse por cristiano, si falta el amor a Dios y a los demás.

Sería maravilloso, amigo lector, que cada cristiano, que cada uno de nosotros, entregase todo su amor a Jesús Eucaristía. Es seguro que Él, que es Amor, nos lo devolvería acrecentado, como ya hizo cuando entregó su vida por nosotros. Si lo hiciéramos así, formaríamos una larga cadena hecha de amor; una cadena que sería capaz de transformar el mundo, de conseguir un mundo mejor que el actual… Además, comprenderíamos que solo el Amor (con mayúscula) puede alimentar y dar sentido al amor (con minúscula).

Con la ilusión y la esperanza de que algún día los cristianos lleguemos a formar esa soñada cadena de amor, te saluda cordialmente,

Manuel Ángel Puga
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