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Con mirada eucarística (marzo 2020)

25 marzo 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2020.

«Yo tampoco te condeno»

El día 8 de marzo, al igual que en años anteriores, celebramos el Día internacional de la mujer. Desgraciadamente, aún queda mucho recorrido para que la mujer conquiste en nuestra sociedad los mismos niveles de igualdad cuando se le compara con el hombre.

Hace dos mil años, allá por las tierras de Judea, un profeta itinerante conocido por el nombre de Jesús de Nazaret descendía por el Monte de Olivos camino del Templo de Jerusalén. Venía de rezar en ese sitio al que tanto le gustaba acudir, donde un poco después dirigiría al Padre la oración que cambió al mundo: «Hágase tu voluntad y no la mía». Sin duda se hospedaba en la casa de sus amigos, Lázaro, Marta y María, situada al otro lado del cerro, pues para un joven como él andar apenas tres km. constituía un paseo matutino que le despejaba el alma y le desentumecía el cuerpo. La mañana era soleada. Quedaba atrás el viento coloreado del verde aceitunado del olivo.

Maestro itinerante
Cuando atravesaba el torrente Cedrón, con el que hablaba de sus alegrías y sus penas, Jesús iba pensando en la nueva trampa que le tenderían los escribas y, sobre todo, los fariseos con el fin de inculparlo un poco más en ese proceso que, bien sabía él, lo llevaría hasta una condena de muerte. Jesús estaba preparado. Era un rabino muy conocido y la gente andaba ansiosa por escuchar sus enseñanzas. Ya en la entrada del templo quiso escuchar cierto alboroto y griterío, mas no llegó a percatarse de la naturaleza del mismo, pues eran ya muchas las personas que lo rodeaban y seguían en busca de la novedad y la calidez de sus palabras.

Como era su costumbre, tomó asiento en el Pórtico de Salomón, que daba paso al atrio de los gentiles, y una vez más Jesús se puso a hablar del nuevo Reino de Dios, donde todos, hombres y mujeres que lo escuchaban, somos por igual hijos del mismo Padre.

La diferencia es valiosa
En nuestra cultura occidental cristiana, en Europa y en otras partes del mundo en donde la convivencia se sustenta en unas bases judeo–cristianas ha sido posible el nacimiento de las democracias, en las cuales se concibe a la mujer en paridad de derechos y deberes con respecto al hombre. Al menos en los textos de las leyes así está reconocido, aunque la realidad ofrezca panoramas bien distintos. Digámoslo con claridad: la igualdad del hombre y de la mujer es la enseñanza de Jesús de Nazaret, y puede leerse en los Evangelios.

Claro que esta igualdad es un proceso de conquista que dura muchos siglos y que, por cierto, todavía está por concluir. Podríamos referirnos a la larga noche de la clasificada como Edad Media, durante la cual, salvando a las mujeres que por herencia podían curiosamente llegar hasta ser reinas, en el resto de la actividad humana el desempeño de los cargos, y de cualquier otra responsabilidad social, estaba reservado para el hombre. Así hasta hoy, con excepciones.

Las razones que se dan son variopintas, y no vamos a entrar en ellas, aunque esta es la realidad patente: el mito ancestral de la permanencia en la cueva y el cuidado de la cría es el espacio de la hembra; el espacio, sin embargo, del macho es la caza en las afueras y el aporte del sustento. De ello se deriva, de una o de otra forma, con matices de una u otra clase, la superioridad injusta de un espacio sobre el otro. Hombres y mujeres somos diferentes, faltaría más. En los juegos olímpicos, pongamos por caso, compiten por separado el hombre y la mujer. Lo que no se puede es confundir diferencia con discriminación. Nadie es superior a nadie. La igualdad es asumir la diferencia como igualmente valiosa.

Dios ama por igual
De pronto se escuchó un estruendo. Jesús se levantó de su sitio y contempló a un grupo de maestros de la Ley y fariseos que empujaban a una mujer un tanto desharrapada y con cara de miedo. «La colocaron en medio y le dijeron: Maestro, han sorprendido a esta mujer en flagrante adulterio. La Ley de Moisés ordena que mujeres como ésta deben morir apedreadas: tú, ¿qué dices?» (Jn 8, 3-5). Ahí estaba la trampa. Las leyes de los hombres con demasiada frecuencia no son justas, porque se basan en intereses personales y en situaciones de privilegio. A lo largo de la historia, y también hoy, la mujer aparece discriminada con respecto al varón en el terreno laboral, en la consideración social, en la toma de decisiones importantes, todo esto sencillamente por ser mujer. Y las leyes están para cumplirse, y también para cambiarse.

En la época de Jesús la mujer no pintaba nada en la sociedad de entonces, ni siquiera servía para ser testigo en un juicio, prácticamente su labor consistía en traer hijos al mundo y criarlos, con obediencia, incluso sometimiento, al marido. El adulterio estaba penado para la mujer, pero no para el hombre. Jesús sabía que había venido no para derogar la Ley, sino para superarla, y la pena de lapidación propuesta para la mujer era injusta. Sobre todo esto comenzó a escribir sobre el suelo que pisaba.

Y alzando la vista, se enfrentó a sus interlocutores y les dijo: «El que no tenga pecado que tire la primera piedra» (Jn 8, 7). Jesús pone a la mujer en pie de igualdad; no son los ellos, los varones acusadores, ni mejores, ni superiores; gozan de la misma naturaleza humana; todos, hombres y mujeres, tenemos los mismos valores, las mismas virtudes, los mismos defectos.

No arrojaron las piedras, entendieron la divinidad de esas palabras que van más allá de un juicio, más allá de la justicia humana, porque se instalan donde el amor se hace corazón. Dios ama por igual al hombre y a la mujer. Esta es la novedosa radicalidad del mensaje de Jesús: Dios no condena, ama por igual.

Finalmente, «Jesús le dijo: Yo tampoco te condeno» (Jn 8,11).

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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