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Con mirada eucarística (mayo 2020)

25 mayo 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de mayo de 2020.

Ha volado el miedo: no estamos solos

Hoy es 10 de abril, Viernes Santo. Comenzamos a escribir este artículo sobre la hora nona, a las tres de la tarde, cuando Jesús nos dice sus últimas palabras antes de morir en su cruz.
Le invade una angustiosa soledad. Esta soledad que se nos clava a cada uno de nosotros como una espina amarga atravesada en la habitación de nuestras casas. Tenemos miedo desde nuestro «yo» indigente, necesitado, impotente, pobre, solitario, miedo de muerte. El miedo confinado en unos pocos metros cuadrados.

Y resulta que, al levantar la vista donde hacen el cruce dos maderos, encontramos que está el «otro», el que convierte la miseria en vientos de esperanza. Abrimos la ventana y un ruido de palmadas y sirenas incendia nuestras calles. Somos «nosotros», tú y yo, somos nosotros, capaces de sacar al Dios torpemente dormido en la conciencia. Ha volado el miedo. No estamos solos.

Y entonces el amor emerge como canción enardecida que cabalga por nuestras manos, nuestros labios, nuestros ojos, nuestras sonrisas, nuestras distancias. Vendrá el «otro» domingo con su amanecer. De la esperanza al amor: «Ha amanecido y Te espero…/ Ha amanecido. Y Te quiero».

Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abandonado?(Mt 27,46)
Ha amanecido y Te espero.
El día está nublado, las cortinas
me han declarado la soledad en la ventana,
por las paredes lisas, ya casi sin recuerdos,
el aire, el poco aire que queda
se apodera de tus últimos aromas,
no me acostumbro a estar sin Ti.
Y mira Tú que anoche,
cuando vadeé tu carne y tus pupilas
se llenaron de lágrimas y cruces,
yo supe que te irías, y lo supe
por este apagón ardiente de la casa.
Fue mucho más que anoche.
Yo te traje otras noches a montones,
incluso Te vestía con tinieblas
cuando el sol esparcía la lluvia de la aurora,
toda una oscuridad desconcertada
rasgada en callejones donde no cabe una estrella
y allí Te declaraba mi negrura
y allí Te dibujaba enrevesadamente
con lápices vestidos en minas de carbón.
Qué empeño en destrozar tu cara
encenagando tus ojos, Tú que siempre
me has traído el color arrodillado
y una canción de primavera por tu frente.
Te has ido, como siempre, de luceros,
a encendernos el cielo, a iluminar la tierra,
camino vas de los asilos de hambre
a repartir tu reino y tu pobreza.
Y ves, Tú siempre ves
a los niños mendigos de los patios
y les cambias el llanto y las legañas
y también los pañales,
tendiendo estás en todas las terrazas
la ropa limpia, al hombre nuevo.
Como siempre Te has ido a engalanar
de hojas y yemas a las ramas viejas
con su sombra debajo, con su paz,
te has ido a no olvidarte
de traernos a Dios también Contigo.
Tú ya no estás, a Dios ya no lo veo
ni en el río que arrasa ni en los picos
que hace el alma subiendo hasta las crestas,
tampoco en el carrito con su escoba
que empuja el barrendero en las calles rutinarias.
Necesito que vengas como el campo
mojado, lastimero, necesita al sol,
ya solamente veo a Dios en Ti.
Te he buscado en los sitios más extraños,
por ejemplo, en el hueco de un dedal,
en el silbido estrecho
que el aire le pronuncia a su rendija,
pero Tú no estabas, todo
se ha vestido de ausencias peligrosas.
También por Ti le he preguntado
al portero con gorra, el que se sabe
tan de memoria todas
las salidas y entradas de la finca,
pero sólo me ha dado controversias.
Y, sin embargo,
Tú has estado en mi casa porque huele a Ti.
Sin Ti mi casa va como un barquito
con deriva, con carga arrepentida.
Las fotos tuyas, sobre todo
en las que vas andando sobre el agua,
las tengo bocabajo, incluso a los espejos
los he puesto de espaldas por que Tú
no quedes reflejado. Y es que el mundo,
el que corre en el metro o se impacienta
en la cola de un cine o de los pésames,
que esconde a Dios, la muerte, la verdad, a Ti
Te ha abandonado igual que yo
en esta habitación donde vacío
tu perfume, tu imagen, tu recuerdo.
He salido a encontrarme con tus pasos.
Yo quiero que alguien como Tú me diga:
Detente, yo te cambio
tus tormentos por una cajita de arcoíris.
Porque quiero colorear la luna
que se pega al cristal de mi balcón.
He salido a pedir una palabra
de las muchas que Tú vas derramando:
Sígueme, yo te pongo
el Camino de amar y no perderse.
Quiero que Tú me escribas
un diccionario entero con tus nombres.
Tenemos que ir al banco
que alegra la tristeza de la plaza,
donde las calles bajan
con más tristeza al hombre todavía,
a sentarnos y a hablar
de cuándo yo no encuentro,
no encuentro tu palabra,
o de cuándo tal vez yo sí la encuentro cuando
Te haces dentro de mí solo silencio.
Te tienes que sentar, Te espera
el olmo que está enfermo de los años
con su porción de pájaros encima,
el olmo y yo.
Me tienes que alumbrar con la avaricia
de faroles prendidos en tus ojos,
trayendo a nuestro hogar
el verde reventón de los trigales.
Nadie sabe llenar mejor que Tú
de peces a los ríos, de fuerzas a los aires,
nadie sabe llenar mejor mi casa.
Sin Ti la calle va vacía,
la ciudad sin Ti va trastornada,
muda y reseca,
mirando a ver si vienes por la esquina.
Siempre mirando arriba
mi dolor que Te busca en los atajos,
este dolor cansino que no entiende
la torpe lejanía. Me condenan:
Hoy le ha dejado Dios. Y es que me duele
el pensamiento estrecho, qué ignorante.
Yo quiero tus diálogos.
Soy yo
que me fui con insomnios,
pero Tú
me buscas, adorable zahorí,
donde el agua se esconde entre la vida.
No te tardes, mi Amor, he apagado
los últimos tizones de la noche.
Al fondo de la nada, que está abierta
en forma de ventana, tengo
un concierto de luz y sentimientos.
Me has traído los barcos y los mares
en este desembarco de mañanas.
El cielo Te rezuma, yo
preparo tu llegada y mis heridas.
Sáname de mi mal, cierra mis ojos,
que siempre me posea tu belleza.
Ha amanecido. Y Te quiero.
Lucrecio Serrano Pedroche (del libro Palabra)

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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