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Cordialmente, una carta para ti (junio 2020)

24 junio 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2020.

El lado bueno de lo malo

Apreciado lector: Como bien sabes, hay dos formas opuestas de ver las cosas. Son dos formas que responden a dos actitudes distintas ante los acontecimientos de la vida: la actitud positiva, optimista; y la actitud negativa, pesimista.
De una manera clara: son las dos conocidas posturas que se pueden adoptar ante una botella medio llena de vino. El optimista se fijará en la parte de abajo, en la mitad que queda. Por el contrario, el pesimista se fijará en la parte de arriba, en la mitad que falta. El primero dirá que la botella está medio llena de vino; el segundo, que medio vacía.

Esto mismo es lo que podemos hacer ante la actual pandemia del coronavirus o covid-19. Hay personas que se fijan únicamente en el lado negativo: muertes, angustia, fallos humanos, situaciones trágicas, confinamiento en casa, pánico por la crisis económica que se avecina, etc. Por el contrario, hay quien está más atento a ese otro lado positivo que, sin duda, también tiene esta pandemia. Por supuesto, amigo lector, en esta carta te hablaré solamente del lado positivo. Pienso que ya bastante mala es la realidad que estamos viviendo como para empeorarla con comentarios negativos.

Un gran beneficiado
Y en este lado positivo encontramos un gran beneficiado: el planeta Tierra, nuestra casa común. Una de las consecuencias de esta pandemia es que se haya purificado el aire que respiramos, que haya bajado el nivel de contaminación en las ciudades, al apenas existir tráfico. Sí, es cierto que el coronavirus está acabando con la vida de miles y miles de personas en el mundo, pero no olvidemos que más de medio millón de seres humanos mueren cada año, víctimas de la contaminación del aire. ¿Y qué decir de los ríos y los mares? Sus aguas están ahora limpias y cristalinas, como no se conocía desde tiempos inmemoriales. Por tal motivo en muchos lugares, en los que habían desaparecido, han vuelto de nuevo los peces, como está ocurriendo, por ejemplo, en los canales de Venecia. El coronavirus está matando a mucha gente; cierto, pero la vida está resurgiendo con fuerza en muchos sitios del planeta Tierra. ¿No vemos aquí un lado bueno de lo malo?

Una fe reactivada
Pero también en la vida espiritual, amigo lector, tiene esta pandemia su lado bueno. Es verdad que en muchos de nosotros se ha reavivado el sentimiento religioso. Muchos hemos despertado de la tibieza espiritual en que estábamos sumidos. Había muchos creyentes que estaban adormecidos a causa de esa inercia familiar y social que les empujaba a creer, pero que carecían de auténticas convicciones religiosas. Tantas muertes a nuestro alrededor, tanta desolación e impotencia nos están haciendo despertar y darnos cuenta de que necesitamos a Dios, de que sin Él no somos nada. La fe se ha reactivado estos días. Incluso hay personas no creyentes que empiezan a percatarse de que el laicismo y el ateísmo no son el camino acertado. El coronavirus está reavivando una fe en Dios y una esperanza de vida eterna que estaban languideciendo.

Con todo, apreciado lector, lo que más se está reavivando es el amor al prójimo, la caridad cristiana. Esta pandemia está poniendo de relieve que el ser humano es capaz de olvidar las diferencias de ideología política, de raza, de religión o de clase social cuando surge una gran desgracia. Esto es algo muy positivo y alentador. Ahora estamos viendo cómo resplandece la caridad, esa caridad que, como decía nuestro san Manuel, «seca todos los odios, hace de corazones de fiera corazones de hermanos, y pone deleite en el sacrificio y hasta en la muerte por la vida de los enemigos» (OO. CC. II, n. 3119).

Los gestos de caridad, de desinteresada ayuda al prójimo están siendo incontables. Hoteles que cedieron sus dependencias para que se convirtieran en hospitales; taxistas que transportaron gratis a personas contagiadas; voluntarios de la Cruz Roja llevando comida y ropa a los más necesitados; la Asociación Hazte Oír proporcionando botellas de agua mineral y mascarillas a muchos hospitales. Incluso hemos de recordar a las Misioneras Eucarísticas de Nazaret que han colaborado voluntariamente con el Banco de Alimentos, llevando comida a numerosas personas. La caridad, ¡bendita caridad!, obró el milagro de que todos los corazones latiesen al unísono por amor a Dios y por amor al prójimo. Todos hemos podido comprobar, amigo lector, que donde abundó el mal de la pandemia sobreabundó el bien del amor.

Con la petición a nuestro querido san Manuel González de que nos proteja en estos difíciles momentos, te saluda cordialmente,

Manuel Ángel Puga
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