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Historias de familia (junio 2020)

26 junio 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de junio de 2020.

¡Vamos niños al Sagrario!
Los Juanitos y los Niños y Niñas Reparadores

Quienes conocen la historia de la Familia Eucarística Reparadora relacionan con facilidad la obra de las Escuelas gratuitas del Sagrado Corazón de Huelva con la figura de
D. Manuel Siurot. Este, sin embargo, contó con el apoyo de dos jóvenes con vocación docente para sacar adelante aquel empeño del Sr. Arcipreste.

Por una parte D. Carlos Sánchez Fernández que había nacido en Río Tinto, un pueblo minero de la Sierra de Huelva. Fue ordenado sacerdote en 1909 y tenía 25 años cuando se convirtió en el flamante director de las Escuelas, a las que dedicará el resto de su vida, pues desempeñó ese cargo hasta su muerte, tras sufrir un accidente de tráfico, en otoño de 1936.

Por otro lado, D. José Muñoz Blanco, que con 22 años y su recién estrenado título de maestro, no dudó en unirse a aquella empresa que en nombre del Sagrado Corazón había comenzado el Arcipreste. Sería, después, una de esas que llaman vocaciones tardías, pues D. José se ordenó sacerdote con 31 años. Probablemente fue más bien una vocación retrasada, pues tras dedicar sus primeros años de maestro a poner en marcha las Escuelas, fue llamado a filas y destinado a Marruecos. Solo a su regreso pudo ingresar en el seminario. Lo hizo en el de Málaga y allí recibió el sacramento del orden de manos del obispo Manuel González.

Dios le concedió una larga vida que dedicó a un fructífero ministerio sacerdotal y a la enseñanza, en Huelva, donde todavía es recordado como profesor en un Instituto y capellán de la ermita de la patrona, la Virgen de la Cinta.

Invitación ineludible
Las Escuelas del Sagrado Corazón estaban anexas a la iglesia de San Francisco y, un buen día, D. Carlos hizo una confidencia a sus alumnos. Les explicó que seguramente el Señor le pediría cuentas si dejaba pasar la oportunidad de convencerles sobre la necesidad de «acompañarLe» en el Sagrario de San Francisco. Siendo Jesús, el principal y más importante Maestro y siendo a su vez los niños los seres predilectos de nuestro Señor, seguro que Él vería con especial agrado la compañía de estos niños, que eran además los más humildes de Huelva.

Les gustó mucho a los niños aquella propuesta y la promesa de que, si eran capaces de mantenerse constantes en aquel propósito de acompañar a Jesús en el Sagrario, se constituiría una asociación con esta finalidad, en paralelo con la entonces recién creada Obra de las Tres Marías. Fue prudente D. Carlos estableciendo una especie de plazo de prueba antes de que formalmente se constituyera esta obra infantil, y hubo que esperar un tiempo hasta que quedó probado que los niños de las Escuelas estaban persuadidos de la necesidad de acompañar a Jesús en el Sagrario.

No es difícil imaginar con qué emoción llegaron aquellos niños el 2 de octubre de 1912 a la clase de grado superior para constituir formalmente la Obra para la diurna adoración de Jesús sacramentado con el nombre de «Juanitos», que se formaba para desagraviar y reparar –como les dijo con solemnidad D. Carlos, el director de las Escuelas– «los dos abandonos más grandes del mundo, el de los Sagrarios y el de las almas de los niños».

El acta de constitución fue publicada el 20 de noviembre de 1912 en El Granito de Arena (n. 122, pp. 8-10). En ella, además de establecerse los cargos que habían de regir la congregación, y que serían nombrados por votación poco después en el mismo acto, quedó explicada la forma en la que se organizarían los turnos de adoración en la iglesia de San Francisco.

Los Juanitos, de dos en dos, se relevarían cada diez minutos para acompañar al Señor todos los jueves, desde las dos hasta las tres y media de la tarde. Los demás días lectivos, cada media hora irían tres niños a hacer la visita al Sagrario, rezando en nombre de todos una Salve a la Inmaculada, un Padrenuestro y un Avemaría. Habría Juanitos celadores, que velarían porque se cumplieran los horarios y otros, los capilleros serían los encargados de la limpieza y el orden en torno al Sagrario, el tesorero debía encargarse de reunir un poco de dinero, el suficiente para comprar algunas velas para los momentos de adoración.

Distintivo propio
No podía faltar fijar un distintivo para el grupo y D. Carlos anunció que durante los turnos de adoración los niños portarían, sujeta con una cinta de color rojo, una medalla en la que aparecía san Juan recostado en el pecho de Jesús. Habría que considerar más adelante si los que tuvieran cargo dentro de la congregación iban a llevar una cinta diferente que les distinguiera. Es una pena, pero no consta que se conserve ninguna de estas medallas.

Todavía tuvieron que transcurrir unos meses para que D. Manuel, como arcipreste de Huelva, y tras constatar la perseverancia de aquellos niños en el acompañamiento a Jesús Sacramentado publicara en 1913, con la debida licencia eclesiástica, el folletito titulado «Obra de los Juanitos en favor de los Sagrarios y los niños abandonados» con el que difundiría la experiencia de aquella primera asociación de escolares adoradores y propondría esta obra a los párrocos y sobre todo a los maestros católicos porque «no he visto procedimiento como éste para afirmar a los niños en el amor al Corazón de Jesús y para formarles carácter en la piedad».

Para entonces D. Manuel había comprobado personalmente que, desde la primera reunión, nunca habían dejado aquellos niños de cumplir sus compromisos «con rigurosa exactitud y que, lejos de decrecer el fervor, dada la condición de niños y de andaluces de los asociados, aumenta de día en día en número y en amor». No deja de ser curioso que D. Manuel invoque la condición de andaluces de aquellos niños, quiero pensar que lo hace porque él mismo nunca dejó de ser un niño seise de la catedral de Sevilla, que aprendió a vivir la liturgia en el Colegio de San Miguel y al mismo tiempo a adorar a Jesús sacramentado como se ha venido haciendo durante siglos en esta tierra.

A D. Manuel le llamará especialmente la atención «el esfuerzo que ponen en atender la limpieza y el ornato del Sagrario los Juanitos capilleros y celadores en la Iglesia de nuestras escuelas. Hay que ver cómo andan de puntillas para no distraer a los otros Juanitos de turno, cómo buscan y rebuscan flores por todas las casas del barrio para que no falten en el altar, con qué reverencia hacen la genuflexión cada vez que pasan delante del altar y ¡ya pasan veces!».

Más escuelas, más Juanitos
A la Escuela de San Francisco se unió años después la del Polvorín, situada en un barrio obrero de Huelva conocido con ese nombre. Aunque hoy no parece que fuera así, en 1912 era un arrabal de la ciudad. Esta escuela estaba construida sobre un terreno cedido por la compañía que explotaba las minas de la zona para que se estableciera este centro docente y su pequeña iglesia (una iglesia que conserva su primitiva estructura, aunque hoy es la parroquia de San José Obrero).

Aquí, en la que se denominaba Colonia escolar del Sagrado Corazón de Jesús, se organizó en 1913 la segunda asociación de Juanitos, y lo hizo teniendo como testigo de excepción, al padre D. Andrés Manjón, que visitaba Huelva durante los días 15, 16 y 17 de diciembre de aquel año (cf. El Granito de Arena, de 5/1/1914, n. 149, pp. 6 -7) y que asistió al acto de entrega de medallas a los nuevos Juanitos a quienes con emoción, les habló de «los designios de Dios sobre la gente menuda y de cómo a Él le gusta hacer cosas grandes con gente chica».

Autonomía y responsabilidad
No quiso D. Manuel dar unas instrucciones precisas sobre la organización de aquellos grupos de pequeños adoradores–reparadores. En el folleto editado sobre la Obra explica que reproduce el acta de la reunión de octubre de 1912, como ejemplo de organización pero que «cada Centro de Juanitos puede adoptar la que más le convenga y se conforme con sus circunstancias y condiciones». No obstante, a continuación recomendaba que en todo caso se configure una mínima organización que permita a los niños cierta autonomía y el ejercicio de pequeñas responsabilidades en el desempeño de los cargos previstos. Se incluían en este pequeño folleto una serie de sencillas oraciones que D. Manuel compuso para la práctica de esta Obra: una para el manifiesto del Santísimo que se hacía los jueves, otras que se rezarían en la ceremonia para la admisión de los nuevos Juanitos y una para hacer la visita breve al Sagrario.

Sobre la actividad de aquellos primeros Juanitos pueden leerse varios artículos en El Granito. Por ejemplo, la extensa crónica de una de las Juntas celebradas, que aparece en el número del 5 de noviembre de 1913 (n. 144, pp. 3-11,). En aquellas fechas ya había un Juanito en el cielo, José Fernández Peña, al que llamaban Peñita. Había muerto a finales de 1912, ofreciendo su última Comunión por el buen fin del viaje que el Sr. Arcipreste estaba entonces haciendo a Roma. También resulta curioso leer cómo se narra la primera adoración nocturna de aquellos niños, que pudieron hacer gracias a la colaboración del joven maestro D. José Muñoz. Con él los Juanitos empezaron también a hacer sus primeros viajes eucarísticos, en los que, entre coplas y rezos, visitaban las iglesias de algunos pueblos, a la vez que los grupos de Marías. Los vecinos acudían curiosos y eran testigos de la alegría que los niños transmitían en aquellas visitas al Sagrario, hasta entonces, solitario. En aquellas primeras excursiones eucarísticas los Juanitos empezaron a cantar la coplita Vamos niños al Sagrario, que pronto adoptaron como himno. La letra de esta canción se incluye en la primera edición del Manual de las Marías, impreso en 1912; en la de 1916 aparecería ya como Himno de los Juanitos reproduciendo también la partitura. Es fácil imaginar la emoción de D. Manuel y también la de D. Carlos y D.José al escuchar en la primera estrofa eso de. «pero viendo tantos niños, muy contento se pondrá».

Los Niños Reparadores
D. Manuel promocionó la obra de los Juanitos principalmente entre los maestros cristianos, a los que les ofreció esta fórmula para incentivar la piedad, pero también el espíritu de fraternidad y de colaboración entre sus alumnos. Desafortunadamente, con la progresiva laicización de la enseñanza, aquellos maestros empezaron a tener dificultades para promover prácticas religiosas desde sus escuelas. Es por lo que en enero de 1934 D. Manuel hizo un encargo a las Marías encomendándoles una nueva tarea: la de formar grupos de Niños Reparadores del mal del Sagrario sin niños y de los niños sin Sagrarios (cf. El Granito de Arena, 5/1/1934, n. 628, pp. 2-5).

Les pidió que se encargaran, no solo como lo venían haciendo de impartir catequesis y enseñar con su ejemplo cómo viven los cristianos, sino también de fomentar en ellos el espíritu de reparación a la Eucaristía. Les hablaba a las Marías de instruirlos fuera de las catequesis, («en vuestra casa misma»), en el amor a la compañía reparadora, hablándoles de la soledad del Sagrario que ellos podrían comprender, y después de esto les propusieran convertirse en Niño o Niña Reparador de los Sagrarios sin niños y los niños sin Sagrarios. En este mismo documento dejó fijado D. Manuel cuál sería el distintivo que identificaría a los Niños Reparadores, esa pequeña cruz, que a modo de insignia con un lazo, igual que el de las medallas de las Marías, todavía podemos reconocer. en efecto, fueron muchos los Niños y Niñas Reparadores y muchos de ellos son hoy miembros de la Unión Eucarística Reparadora. ¡Cuántos he tenido el gusto de encontrarme en los pueblos de Huelva!

Todos recuerdan con emoción los actos en los que participaban y a aquella María o a aquel sacerdote Juan que les enseñó a hacer la visita al Sagrario con devoción. Todos, sin excepción, recuerdan la comunión espiritual «Ven a mi Jesús querido». Juan Bautista Quintero, que era Niño Reparador de San Juan del Puerto, ahora la repite con devoción en la capilla del obispado de Huelva donde es el vicecanciller.

En Palomares, Manuela, Dolores, Lazarita… todavía recuerdan a Dª Isabel, que era la única María de los Sagrarios en este pueblo, aunque las Marías de Sevilla venían con frecuencia hasta aquí por lo que significaba este lugar para la Obra. Recuerdan todas las cosas que les enseñó, la paciencia y cariño que derrochó con ellas y cómo las convirtió en Niñas Reparadoras. Manuela, con su buen oído y bonita voz, aprendió muchas canciones que todavía recuerda, igual que las poesías que recitaban, los teatrillos, las excursiones a Sevilla al convento en la calle Cervantes donde la madre Mª Amada les hablaba de D. Manuel y de las primeras Marías. Ahora es ella la que ha sustituido a Dª Isabel cuidando el Sagrario, a la vez que enseña a sus nietas a hacer con reverencia la genuflexión ante Él.

Aurora Mª López Medina
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