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La liturgia, encuentro con Cristo (julio-agosto 2020)

22 julio 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2020.

Encontrar al Esposo de la Iglesia: María Magdalena

La liturgia designa a María Magdalena con el sorprendente título de «apóstol de los apóstoles». Ella es una de las tres «Marías» del Evangelio –según expresión de san Manuel González García– que evocamos al celebrar el evento pascual y es festejada, desde antiguo, el 22 de julio.

En el primitivo anuncio o kerigma de la resurrección de Jesús se alude primero a Pedro, a los Doce, Santiago, etc. (cf. 1Cor 15,5) pero no se hace mención explícita de las mujeres. Sin embargo, estas son señaladas por los cuatro evangelios y por la tradición litúrgica. Entre ellas, como veremos, hay una discípula señera: María.

Sabemos mucho de la importancia de esta mujer y poco de su biografía: probablemente una viuda de Magdala, puerto de pescadores judíos en las orillas del Lago de Tiberíades. Se encontró con Jesús durante su ministerio de Galilea, escuchó la llamada a la penitencia y al seguimiento pero, sobre todo, experimentó su poder sanador y, con un nutrido grupo de mujeres, se convirtió en parte del grupo itinerante del Maestro. Permaneció en la memoria de la primitiva comunidad de judeocristianos (como benefactora del ministerio de Jesús, por su perseverancia al pie de la cruz, como testigo de su entierro, por la visita al sepulcro vacío y la contemplación del Resucitado).

La tradición sitúa su muerte en Éfeso aunque leyendas medievales ubicarían su retiro penitencial en Sainte–Baume y su sepulcro en Vezelay (Francia). Venerada primero en Oriente, un antiguo calendario de Córdoba celebra su memoria, en Occidente, ya en el s. x. A pesar de la creencia generalizada, las fuentes nunca identifican a Magdalena con la pecadora que unge los pies de Jesús (cf. Lc 7,36 ss.) ni tampoco con la adúltera (cf. Jn 8,2 ss.).

Fue apóstol…
El canto de entrada en cada Misa, entre otras funciones, marca el tono de la celebración introduciendo en el misterio del tiempo litúrgico o de la fiesta (cf. OGMR, 47; Musicam Sacram, 22). En la fiesta de santa María Magdalena, esta antífona inicial subraya su encuentro con el Kyrios resucitado (Señor), la misión a los apóstoles (mis hermanos) y el contenido del mensaje: exaltación del Hijo y revelación de la peculiar paternidad divina.

En efecto, este texto de la Misa, primer acento de espiritualidad eucarística, dice así: «Dijo el Señor a María Magdalena. Anda, ve a mis hermanos y diles: subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro» (Jn 20,17). Desde el comienzo de la celebración eucarística se pone de manifiesto esta condición de enviada.

A su vez, la antífona evangélica de Vísperas, Oficio que prolonga la gracia de la Eucaristía, describe su respuesta: «María Magdalena fue y anunció a los discípulos: “He visto al Señor”. Aleluya». Según la cuádruple tradición pascual evangélica, una mujer es la primera mensajera del sepulcro vacío (cf. Jn 20,2; Mc 16,9 ss. y par.).

… por ser discípula
Ella invoca al Resucitado reconociéndole como su Maestro: «Se vuelve y dice: “Rabboni” (Maestro)» (Jn 20,16). María se ha arrojado a los pies de Jesús para abrazarlos (cf. Cant 3,3) y se dirige a Él con un título que anticipa la profesión de fe de Tomás (Jn 20,28).

Sin embargo, dada la importancia de esta mujer es significativo que Lucas sea el único evangelista que nos presente a María entre los discípulos durante el ministerio público de Jesús cuando «iba por ciudades y pueblos, proclamando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada la Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que le servían con sus bienes» (Lc 8,1 ss.). Marcos coincide con esta descripción de la liberación total: «siete demonios» (16,9).

Debe de haber sido una discípula con recursos ya que ayudaba a Jesús y su causa; agradecida, también, por la experiencia del poder sanador del Señor en su propia vida (cf. Lc 8,1 ss.).

Además de Juan –que expresamente menciona a la Madre de Jesús con las otras dos Marías (Jn 19,25 ss.)–, Marcos (15,40), Lucas (23,49) y Mateo, al describir la muerte de Jesús, destacan la presencia fiel del discipulado femenino que había «seguido a Jesús desde Galilea para servirle: María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo» (Mt 27,55 ss.). Mateo subraya, además, que la Magdalena y la otra María presenciaron el entierro de su cuerpo (27,61).

Así pues, en el número de mujeres libres, agradecidas y fieles se menciona siempre a la oriunda de Magdala (cf. Mc 15,40.47; 16,1). «Entre las mujeres que lo habían seguido desde Galilea» (Lc 23,55) María ocupará un lugar preeminente: a quien el Resucitado llama por su nombre (Jn 20,16; cf Jn 10,3.14.27) lo que posibilitará el reconocimiento del Señor Jesús en quien pareciera un jardinero (Jn 20,15; cf. Cant 2,8; 5,2).

Mujer de la búsqueda…
En el cuarto evangelio tanto María, la Virgen, como la Magdalena reciben de Jesús el título de «mujer» (cf. Jn 19,19; 20,15). Esta denominación que evoca a Eva (esposa de Adán y madre primordial) adquiere desde el árbol de la Cruz nuevas dimensiones: una nueva maternidad espiritual y una nueva dimensión esponsal (cf. Gn 3,20.23 ss.). No hay, por ello, que admirarse cuando este evangelista describa el encuentro del Resucitado con Magdalena según el esquema búsqueda y encuentro de la descripción de la esposa en el Cantar de los Cantares (3,1-4; 5,2-8).

La Iglesia pregunta, en la Misa de la octava de pascua, «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?» (Secuencia, cf. Sal 62, 2; 118,147); lo hace porque descubre que en el primer día de la semana, que nosotros denominamos domingo, hay una búsqueda: «María Magdalena fue al sepulcro, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo» (Jn 20,1 ss.). Los evangelios sinópticos señalan algunas compañeras más en la búsqueda: María de Santiago y Salomé (Mc 16,1; cf. Mt 28,1), Juana (Lc 24,10); son las miróforas (portadoras de aromas).

… y del encuentro
El evangelio de Juan, sin embargo, se centra en la experiencia personal de encuentro que tiene Magdalena (20,16; cf. San Gregorio, Hom. 25), apremiada por el amor de Cristo (2Co 5,14).

La segunda antífona de Laudes, Oficio que prepara la Eucaristía, dice: «Mi corazón arde; deseo ver a mi Señor; lo busco y no sé dónde lo han puesto. Aleluya». La evocadora lectura de la Misa, tomada del libro del Cantar de los cantares, ofrece la respuesta: «Buscaba al amor de mi alma… y lo encontré tras pasar los guardias que rondan por la ciudad» (cf. Cant 3,1-4a). El canto aleluyático antes de la proclamación del Evangelio vuelve a dirigirse a la vidente para escuchar de sus labios que ha encontrado «la gloria del Resucitado, la tumba abierta y vivo a Cristo. Aleluya».

En el centro mismo de la Eucaristía, en su corazón, la Iglesia contempla el misterio de Jesús con aquella que «lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos» (Prefacio).

La pregunta sobre el hallazgo pascual retorna en el himno de Vísperas de la fiesta: «¿Qué viste en el huerto? Dinos, Magdalena». Ella misma reconoce: «Vi al Resucitado, soy su mensajera». Así celebrará la Iglesia a la mujer que «amando buscaba, lloraba la ausencia» y vio «ángeles testigos, movida la piedra».

Manuel G. López-Corps, Pbro.
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