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Editorial (julio-agosto 2020)

31 julio 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de julio-agosto de 2020.

Oftalmología eucarística

Quizás sorprenda ver unidas en un título dos palabras que parecen referirse a temas o ámbitos muy diversos, como el estudio de las enfermedades de los ojos y el Sacramento del mayor amor, la prueba irrefutable, que solo Dios podía darnos, de que su presencia con nosotros, «hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20) es real y eficaz. Sin embargo, la unión de ambos términos dan mucho que pensar, reflexionar e incluso orar; sobre todo porque la etimología de «Eucaristía» remite (y citamos textualmente el Diccionario de la Real Academia Española) al término «griego εὐχαριστία: acción de gracias». Celebrar la Eucaristía, participar de ella, comulgar, adorarla o contemplarla, sea en el Sagrario o en la custodia, siempre, absolutamente siempre, nos remite a la gratitud. En la Misa son quizás incontables los momentos en que agradecemos a Dios: en el Gloria («te damos gracias, Señor, Dios, rey Celestial»), en los Prefacios («es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar»); en el gesto mismo de la consagración (Jesucristo, al instituir la Eucaristía dio gracias antes de partir el pan y darlo a sus discípulos)…
La Eucaristía nos envuelve, es decir, nos transporta espiritualmente a un ámbito nuevo, a un estado donde la gratitud es la clave y el centro. ¿Somos plenamente conscientes de esto? Quizás no, pero no por este motivo Dios deja de ser Dios ni su designio de amor deja de cumplirse plenamente sobre cada uno de sus hijos. ¿Es nuestra vida de cada día un reflejo eucarístico, es decir, agradecido, de cuanto hemos celebrado, comulgado y contemplado semanal o diariamente? Quien ha querido alimentarse del Pan del cielo debería, en virtud de pura lógica, llevar una vida transfigurada por la gratitud. Sin embargo, ¿están nuestras calles muy pobladas de personas agradecidas? Más aún, ¿son nuestras iglesias lugar de reunión de hijos agradecidos al Padre bueno? ¿Son las conversaciones de los cristianos, los católicos, los comulgantes, un canto a la gratitud? ¿O más bien son el pesimismo y el desánimo, camuflado bajo un engañoso realismo, quienes campan a sus anchas?

No es cuestión, sin embargo, de autoflagelarnos si nos sentimos parte de este espiral de ingratitud estructural que nos rodea. La sociedad en que vivimos nos lleva a ello y hace falta mucha oftalmología eucarística para poder ser impermeables a esta negra cultura del pesimismo. Solo mirando la realidad con ojos agradecidos podremos comprender que es cierto que para «los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rom 8,28). Solo abriendo los ojos del corazón a la acción de Dios en nuestras vidas y en el mundo entero podremos decir con verdad «gracias te damos, Dios Omnipotente y eterno».

Hay quien piensa, erróneamente, que para ser agradecido es menester cerrar los ojos (o los oídos) a la realidad: «¡si solo hay malas noticias en los telediarios». Sin embargo, se trata de todo lo contrario: de abrir de par en par los ojos de la cara y, sobre todo, los ojos del corazón, los únicos que, incluso en las mayores desgracias son capaces de descubrir la acción de aquel que nos juró amor eterno (cf. Is 43,4).

Es cierto que la oftalmología eucarística requiere un esfuerzo espiritual para mantenernos siempre en vela, escrutando la realidad como detectives profesionales para poder descubrir la huella de Dios en la historia y el mundo. Sin embargo, ¡no nos falta el alimento que nos da fuerza en este caminar! Y, más aún, al comulgar, celebrar, contemplar o adorar la Eucaristía, estamos entrando en Comunión con Aquel que vamos buscando escondido y operante en nuestro mundo. Si lo conocemos, si lo hemos saboreado, lo descubriremos con facilidad a nuestro alrededor, ¡para agradecerle su presencia y su Amor.

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