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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (octubre 2020)

3 octubre 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2020.

«¿Tienes algo que no hayas recibido?
Y si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?» (1Co 4,7)

Afirma san Manuel que «elementos de esas obras [de acción católica] son la gracia de Dios, en primer término, el amor de Dios y del prójimo, la iniciativa propia, la buena voluntad, el talento organizador, el estudio, la constancia, la palabra hablada o escrita, la simpatía, la laboriosidad, etc., todos los cuales pueden, en absoluto, obtenerse y ejercitarse sin dinero; al paso que éste no puede hacer nada sin todos ellos y muy poco faltando alguno solamente (OO.CC. III, 4989).

Todo es gracia y don. Todo es de Dios. Él es el Creador y el Redentor. La vida, la familia, los amigos, la cultura, el trabajo…, don de Dios. La fe, los sacramentos, la pertenencia a la Iglesia, la vocación, la fidelidad en el camino vocacional…, don de Dios.

Por eso, san Pablo nos pregunta: «¿Tienes algo que no hayas recibido?». El aire que respiramos, el sol que alumbra cada mañana, la lluvia que empapa la tierra…, lo hemos recibido gratis, por pura iniciativa divina. Lo hemos recibido gratis para darnos en gratuidad a los otros.

«¿Qué es el dinero?», se pregunta san Manuel. Sin entrar en definiciones económicas o de relación de la persona con el trabajo, reconoce que «el dinero no es más que uno de los elementos de la acción católica o de la propaganda, y no el principal» (OO.CC. III, n. 4989). Él advierte, como buen observador de los reales de la Iglesia, de este peligro: « Alguien ha llamado la atención de los hombres de la acción católica sobre la enfermedad que, con frase feliz, ha llamado mal de piedra, designando con ese nombre a esa tendencia de hacer consistir la grandeza y virtualidad de nuestras obras en la grandeza de proporciones y coste de las casas para esas obras» (OO.CC. III, n. 4991).

He aquí una cuestión vital en la hora presente de la Iglesia, de cada diócesis, parroquia, congregación, movimiento eclesial, ¿qué obras emprender para la misión evangelizadora? ¿Qué obras cerrar –edificios, organismos o iniciativas– porque no corresponden a los signos de los tiempos o a los retos pastorales de hoy?

Es necesario estar en permanente discernimiento sobre el uso de los bienes, de las obras y del dinero en la Iglesia actual. Por un lado se necesitan medios para llevar adelante la misión de anunciar el Evangelio, celebrar los Sacramentos, reunirse en comunidad, prestar múltiples servicios a los padres, atender los retos educativos, sanitarios, culturales, sociales de la Humanidad actual. Pero, por otro lado, es imprescindible desprenderse de instituciones, obras y dinero que el Señor no quiere, para ser una Iglesia pobre y con los pobres.

Dice san Manuel: « Es cierto de toda certeza que hace falta dinero para las obras de que hablamos, ¡claro que sí! Un catecismo y una escuela necesitan dinero; un centro, una biblioteca, un círculo de estudios, una mutualidad, una propaganda cualquiera necesitan casa, luz, muebles, dependientes, libros, materiales; es decir, necesitan dinero, y de ordinario, mientras con más dinero cuenten, más bien podrán hacer» (OO.CC. III, n. 4987).

A su vez, nuestro obispo del Sagrario abandonado nos advierte: «Pero creo que es una grandísima torpeza, por lo menos, quejarnos a Dios y a los hombres de que no podemos hacer obras buenas, porque no nos dan dinero, teniendo almacenados en nuestra cabeza y en nuestro corazón y en la cabeza y en el corazón de nuestros amigos, elementos mucho más poderosos y eficaces que aquél, de cuya ausencia nos lamentamos» (OO.CC. III, n. 4992).

Lo que realmente importa es dejarse hacer dejarse transformar por el Señor, que Él haga fecundos los dones que nos ha concedido; dones intelectuales, afectivos y espirituales; dones que, al igual que en la parábola de los talentos, el Espíritu Santo multiplica cuando los invertimos en el banco del cielo.

Oración inicial
Ah, Dios, Padre misericordioso, que enviaste a tu Hijo para que obrara tu santa redención, concédenos, por tu Espíritu de amor, saber discernir, en el uso de los bienes materiales, cuál es tu voluntad, qué es lo bueno, lo que te agrada, lo perfecto. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
1Co 4,6-13

Lleno del amor del Padre
El apóstol de los gentiles nos comunica su propia experiencia. A los ojos del mundo es un loco, insensato, débil, despreciado por todos, pasando hambre y sed. Le insultan, le persiguen, le calumnian, le tratan como la basura del mundo. En él se cumple lo que anunció Jesús: «Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (Mt 5,11-12).

Es bienaventurado porque está lleno del amor del Padre, de la amistad de Cristo, de la fuerza del Espíritu Santo. Es bienaventurado porque, en Cristo, cuanto más pobre se vive, más rico es uno. Es bienaventurado porque, en la misión evangelizadora, el Espíritu Santo le conduce por caminos de sencillez y humildad, desprendido de todo, liberado de todo egoísmo, comodidad, autosuficiencia, avaricia u orgullo. Dice el papa Francisco en Gaudete et exsultate: «Las riquezas no te aseguran nada. Es más: cuando el corazón se siente rico, está tan satisfecho de sí mismo que no tiene espacio para la Palabra de Dios, para amar a los hermanos ni para gozar de las cosas más grandes de la vida. Así se priva de los mayores bienes. Por eso Jesús llama felices a los pobres de espíritu, que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor con su constante novedad» (n. 68).

Las obras de Dios, la misión evangelizadora, el servicio a los más desfavorecidos, la puesta en marcha de instituciones de ayuda a los necesitados, la participación como voluntario en Cáritas o en otra ONG, la visita a los enfermos en hospitales o en sus casas, ha de hacerse en el mayor anonimato y gratuidad, sin que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha, sin buscar aplausos o reconocimiento, en el Nombre del Señor. «En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

Dios es el amo de todo
Sencillez, humildad, anonimato, servicio, gratuidad, son las notas que han de reinar en la mente y en el corazón de quien emprende una obra, grande o pequeña, en el seno de la Iglesia. San Manuel lo dice una y otra vez, alto y claro: «Conque, señores don Fulanos, amos y padres de obras católicas, ¿queréis que vivan y prosperen éstas? Empezad por encoger la cresta de vuestros nombres y apellidos y de vuestros respetables yo y proclamad de día y de noche, y en todos los tonos, y de todas las maneras, que el Amo y Padre de todo aquello es el Corazón de Jesús. ¡El desinterés del nombre propio! ¡Cuánto vale!» (OO.CC. III, n. 5032).

Es injusto hacer del fin medio, poner la obra al servicio de los voluntarios, buscar el reconocimiento de los otros a base de sonrisas, halagos e indignas sumisiones. Es hipócrita, como denuncia Jesús en el Evangelio, desear los puestos de honor en los banquetes o figurar en los medios de comunicación por haber hecho un gran donativo económico o haber llevado unos bocadillos a los sintecho.

¡Cuánta humildad necesitamos en el servicio a los demás, en la búsqueda de dinero para fines sociales, en el tiempo dedicado a organizar catequesis, o convivencias, o peregrinaciones, o retiros! ¡Cuánta humildad necesitamos! Porque todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido gratis. El Señor Jesús nos enseña: «Gratis habéis recibido, dad gratis» (Mt 10,8).Junto a la gratuidad es necesaria la confianza en Él, en el Señor de la historia, en Él, cabeza de la Iglesia. Él está siempre presente, actuante. Él intercede cuando le llamamos, le pedimos ayuda, para que vaya adelante de cualquier proyecto, iniciativa, propuesta, que sea para la gloria de Dios y salvación de los hombres.

Lo que necesitamos es pedirle, con mucha insistencia, el don de la fe, para que crezca más y más nuestra confianza en Él.

La fuerza de la confianza
«Con respecto a Él, confiar es creer firmemente que Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, con el mismo poder con que está en el cielo y con el mismo Corazón con que consoló y remedió tantas penas y miserias en su vida mortal, está en el Sagrario de nuestra iglesia. Contar con que en ese Sagrario ni su poder ni su Corazón están ociosos. Tener en cuenta que por mucho interés y mucho afán que tenga uno por el feliz éxito de una obra buena, muchísimo más tiene ese Corazón vivo, real y poderoso que está en el Sagrario, porque Él ama su gloria y nuestra salvación infinitamente más que nosotros podemos amarlas» (OO.CC. III, n. 5036).

«Tener presente que una obra católica, en tanto es buena, en cuanto sirve para llevar a cada hombre esa ración de amor y de bien que el Corazón de Jesús tiene empeño decidido en dar, y tanto más buena y más querida de Él será, cuanto mayor ración dé. Convencerse de que a pesar de todos sus anonadamientos eucarísticos y su vida de perpetuo perseguido, y de incansable paciente, no permitirá jamás que falten en absoluto los medios para hacer llegar su amor a los hombres y para que los hombres se lleguen a su amor…» (OO.CC. III, n. 5037).

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

Oración a Jesús que sufre en el enfermo
Oh Jesús que sufres, haz que hoy y cada día
yo sepa verte en la persona de tus enfermos
y que, ofreciéndoles mis cuidados, te sirva a Ti.
Haz que, aun oculto
bajo el disfraz poco atrayente de la ira,
del crimen o de la demencia,
sepa reconocerte y decir:
Jesús que sufres, cuan dulce es servirte.
Dame, Señor, esta visión de fe
y mi trabajo no ha de ser jamás monótono.
Encontraré alegría acunando
las pequeñas veleidades
y los deseos de todos los pobres que sufren.
Querido enfermo, me resultas más querido
aún porque representas a Cristo.
¡Qué privilegio se me confiere
al poderme ocupar de Ti!
Oh Dios, pues que Tú eres Jesús que sufre,
dígnate ser para mí también un Jesús paciente,
indulgente hacia mis faltas,
que no mira más que mis intenciones
que son de amarte y servirte
en la persona de cada uno de tus hijos que sufren.
Señor, aumenta mi fe.
Bendice mis esfuerzos y mi trabajo, ahora y siempre.

Santa Teresa de Calcuta

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