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Cordialmente, una carta para ti (octubre 2020)

5 octubre 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de octubre de 2020.

Enseñanzas de esta pandemia

Estimado lector: Creo que estarás de acuerdo conmigo en que es conveniente extraer enseñanzas de todo lo que nos suceda en la vida, tanto si es bueno como si es malo. Claro está que para extraer tales enseñanzas es necesario reflexionar sobre lo sucedido. Las verdaderas experiencias no las proporciona el simple hecho de vivir, sino el haber reflexionado sobre lo que se ha vivido. Y es lo cierto que esta pandemia que estamos viviendo nos ofrece muchas ocasiones para reflexionar y para extraer enseñanzas.


La primera de estas enseñanzas es que la vida, lo más valioso que poseemos, se puede perder casi sin darnos cuenta y sin entenderlo bien. Sin embargo, lo que sí empezamos a entender es que la vida y la muerte están muy próximas, casi dándose la mano. Entre ellas no hay más que una fina línea, muy fácil de traspasar. La muerte se nos ha convertido de pronto en algo muy cercano y familiar. Y esto nos produce miedo.

Otra enseñanza a extraer es que debemos ser más humildes. No valemos tanto como creemos. Nos consideramos autosuficientes, todopoderosos, casi dioses; pero el coronavirus (un simple ser microscópico e insignificante) nos está haciendo ver nuestro gran error. Es hora de reconocer nuestra debilidad, nuestra impotencia; es hora de aparcar nuestro orgullo y nuestra soberbia. En fin, es hora de hacer una cura de humildad.

Gracias a esta pandemia, apreciado lector, hemos podido comprobar quiénes eran verdaderos amigos y quiénes no lo eran. Con algunos estábamos equivocados, porque creíamos que nos apreciaban, y no era así: ni una sola llamada telefónica durante el largo confinamiento. Por el contrario, otros nos sorprendieron con un afecto y unas atenciones que no esperábamos. Esta pandemia se ha convertido en un test para conocer mejor a nuestros amigos.

Desigualdades sociales
Por otra parte, el coronavirus nos permite reflexionar sobre las grandes desigualdades sociales: unos vivieron el confinamiento en su chalet, con jardines y piscina, o navegando en un lujoso yate, mientras otros permanecieron encerrados en pequeños pisos y pasando necesidades. Pero la gran paradoja es que algunos de los que viven en esos chalets, o viajan en esos yates, lo hacen gracias a los votos de quienes pasan necesidades y viven en pequeños pisos.

Otra reflexión que nos permite esta pandemia es que las fronteras entre los países no sirven de nada cuando se trata de un virus. Unas veces por negligencia y otras por exceso de confianza, lo cierto es que el coronavirus fue traspasando fronteras sin ningún tipo de autorización. Ha invadido la totalidad del planeta Tierra debido al desplazamiento de los que estaban contagiados. La enseñanza es que los países deben realizar pruebas a todos los que vengan del extranjero nada más empezar la pandemia. Después ya es demasiado tarde.

El comportamiento de algunos jóvenes, que acuden sin mascarilla a fiestas, discotecas y botellones, nos trae esta gran enseñanza: cuando se han sembrado semillas del «todo vale» o cuando se ha cuestionado el principio de autoridad, los jóvenes no suelen seguir los consejos ni las normas que les dan las personas mayores. Para recoger un comportamiento responsable se tenía que haber sembrado responsabilidad, pero más bien se sembró permisividad. Y ya se sabe: «de lo que se siembra se recoge».

Sin embargo, frente a lo anterior está la maravillosa lección de caridad y abnegación que algunos están dando cada día. Sin duda, a la cabeza de todos ellos hay que situar al personal sanitario y a los capellanes de hospitales y residencias de ancianos. Algunos no repararon en entregar su vida con tal de ayudar y de acompañar a los enfermos. Son incontables los casos en que brilló la caridad y la abnegación de muchas personas. Estos casos constituyen la enseñanza más valiosa que nos ha traído esta pandemia.

Por último, amigo lector, podemos estar seguros de que muchos han vuelto su mirada hacia Dios para pedirle protección. Algunos se habían olvidado de Él, pero ante el inminente peligro de contagio o de muerte le imploran misericordia con fe renovada. La situación que estamos viviendo va fortaleciendo nuestra esperanza y nos permite ver que sin Dios no somos nada, mientras que con Él podremos sobrellevar este horrible mal. Renace así una fe y una esperanza que representa una importante ayuda para superar esta pandemia.

Con mis mejores deseos de fortaleza y de confianza en Dios, te saluda cordialmente,

Manuel Ángel Puga
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