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Orar con el obispo del Sagrario abandonado (octubre 2020)

10 noviembre 2020

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de noviembre de 2020.

«Si vivimos, vivimos para el Señor… si morimos, morimos para el Señor» (Rm 14,8)

«Y ¡cómo se ve al Padre glorificar a su Hijo anonadado y obediente hasta la muerte de cruz! 1º. Exaltando su Cuerpo con su Resurrección gloriosa, causa y modelo de todas las resurrecciones y espiritualizándolo con las dotes del cuerpo glorioso. 2º. Perpetuando en la tierra el honor y la exaltación a la santa humanidad de su Hijo con la perpetua adoración en todos los lugares del mundo de su Eucaristía, que es su Carne y su Sangre inmolada y gloriosa, manjar, vida, modelo de toda virtud y fuente de toda delicia de las almas» (OO.CC. II, n. 2564).

En el mes de noviembre, el día 2, conmemoramos, como Iglesia, a todos los fieles difuntos, pidiendo al Padre de la misericordia que escuche nuestras súplicas al confesar la resurrección de su Hijo Jesucristo, para que se afiance en nosotros la esperanza de que todos sus hijos resucitarán y vivificará también nuestros cuerpos mortales.

Este año 2020 está siendo especialmente duro para tantas familias que han perdido a sus seres queridos, en especial los más ancianos y enfermos. Están siendo unos meses para afirmar con fe firme y fuerte, la esencia de nuestra fe: la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. Esta verdad central de nuestra fe en la Palabra de vida que nos transmitieron los testigos de este acontecimiento, tal como nos lo narran los Hechos de los Apóstoles: «Israelitas, escuchad estas palabras a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de Él […], lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte» (2,22-24).

Así lo pregonó Pedro en las calles de Jerusalén el día de Pentecostés. Así se ha transmitido de generación en generación; así hemos enterrado a nuestros familiares y amigos: creyendo que la resurrección de Cristo es principio y fuente de nuestra resurrección futura: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe […]. Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado […] Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección» (1Co 15,20-21).

Con fuerza, con brío, con entusiasmo, comenzó el papa Francisco su exhortación apostólica a los jóvenes: « Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo!» (ChVi 1).

Oración inicial
Oh Dios, Padre de misericordia, que resucitaste a tu Hijo con su cuerpo glorioso para que, venciendo la muerte, nos abriera las puertas de tu Reino y nos preparara un sitio en la morada eterna, concede a nuestros familiares y amigos difuntos que puedan contemplarte cara a cara, por toda la eternidad, como su Creador y Salvador. PNSJ.

Escuchamos la Palabra
«Ninguno vive para sí, ninguno muere para sí. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; en la vida y en la muerte somos del Señor. Para eso murió el Mesías y resucitó: Para ser Señor de muertos y vivos» (Rm 14,7-9).

Reflexión sobre la muerte con san Manuel González
Somos miembros de la Iglesia peregrina. Caminamos hacia la eterna bienaventuranza, deseosos de formar parte, después de la muerte, de la Iglesia triunfante, de la asamblea de los elegidos. Mientras peregrinamos nos sentimos en comunión con todo el cuerpo místico de Jesucristo. Por eso, oramos por los seres queridos difuntos, para que se vean libres de sus pecados y ellos puedan interceder por nosotros desde el Cielo.

Comencemos con el testimonio del P. Remigio, Misionero Eucarístico Diocesano. ¿Cómo muere? Gastándose y desgastándose por implantar el espíritu eucarístico reparador por los pueblos de la sierra de Málaga. Diciembre de 1927: «Don Remigio Jiménez Blázquez era el primer sacerdote que entró en la Obra de los Misioneros Eucarísticos Diocesanos. Su labor era visitar periódicamente los pueblos de la diócesis por uno, dos o tres días y, mediante la predicación ascética, el confesonario, la visita de escuelas y catequesis y las reuniones, ir formando y conservando grupos de almas de piedad eucarística y celo para reparar el abandono del Sagrario y servir de auxiliares a los párrocos» (OO.CC. III, n. 4889).

D. Remigio se trasladó a Villaluenga, «iba convaleciente de recientes achaques graves, pero olvidado como siempre de sí, contento, muy contento, porque volvía a las almas». Pese al frío de la sierra, lo recios temporales, dormir sobre los bancos de la sacristía, le urgía visitar aquellos apartados pueblos: «Y allá se fue el hambriento de las almas a hartarse de ellas».

El día 6 de diciembre, después de horas de confesonario, exhortando a la Comunión, y de visitar las escuelas de niños y niñas, terminó el día predicando con estas palabras: «“Hermanos, estemos siempre preparados para la muerte, que vendrá cuando menos la esperemos”». Del púlpito se va al confesonario, recibe la confesión de una mujer que se le acerca y, antes de darle la absolución, exhala un ronco quejido y… queda muerto» (OO.CC. III, n. 4890).

Cuando se pasa por este mundo haciendo el bien –en nombre de Cristo–, liberando a los oprimidos por el pecado, anunciando el Evangelio de la salvación, alentando la piedad eucarística, dándolo todo en pura gratuidad, uno queda convertido en grano de trigo que cae en tierra y muere, sembrando la cosecha de nuevos hijos de Dios.

Así lo expresa san Manuel reflexionando lo que significa la muerte de un Misionero Eucarístico: «Esta muerte de soldado en la brecha de ataque, de apóstol en pleno campo de su apostolado, de pastor bueno buscando ovejas perdidas, de siervo bueno y fiel, más que muerte es encuentro y abrazo cariñoso con el Capitán Jesús, con el maestro de apóstoles, con el Pastor de pastores, con el Amo bueno que visita a su siervo para decirle: ¡Ea, soldado, misionero, pastor, siervo mío bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor!» (ídem).

Así ha de ser la vida de todo hijo de Dios, sea laico, consagrado o sacerdote: imitar a Cristo en ese dar la vida, por amor a Él y a la Iglesia; caminar hacia la muerte llenos de esperanza porque la última palabra la tiene la victoria de Cristo resucitado.

En el libro El Rosario sacerdotal, san Manuel, cuando reflexiona sobre el primer misterio glorioso, la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, en esa configuración del sacerdote con Cristo sacerdote, habla del «estipendio espléndido» del presbítero que busca solo la gloria de Dios, «3º Haciendo del sacerdocio de su Hijo, principio y razón de todo sacerdocio y causa principal e instrumento el más excelso y eficaz de la glorificación suya, de la redención, justificación y santificación de las almas y de la luz y paz del mundo.

4º Levantando el nombre de Jesús sobre todo nombre, ante el que, de grado o por fuerza, ha de doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos.

5º Llenando los ojos y el corazón de la Madre sacerdotal, después de dilatárselos con expansiones prodigiosas, casi infinitas, del gozo sobre todo gozo, de la visión y posesión de su Hijo triunfante para siempre de la muerte y del dolor» (OO.CC. II, n. 2564).

Preces por nuestros difuntos

  • Oremos, llenos de confianza, al Padre de la misericordia, por todos los seres difuntos que han fallecido en este último año. Digámosle: Señor de la vida, haznos resucitar en Cristo.
  • Padre eterno, Señor de la gloria, ya que en el Bautismo hemos muerto con Cristo para resucitar con Él, por tu Espíritu, ayúdanos a vivir el momento presente irradiando tu luz, tu esperanza y tu santidad a los que están caídos y desolados. Oremos.
  • Padre santo, que nos has dejado el Cuerpo entregado y la Sangre derramada de tu Hijo como alimento de nuestra peregrinación por esta tierra, transfórmanos en cristianos eucaristizados, locos de amor por la Eucaristía para que otros se dejen eucaristizar con nuestro testimonio. Oremos.
  • Padre providente, que entras, con el fuego del Espíritu y la presencia resucitada de tu Hijo en el corazón de los que lloran la muerte de sus seres queridos, haznos instrumentos de tu consuelo ante ellos con el testimonio de la paz, la ternura y la luz que vienen de Ti. Oremos.
  • Señor de Cielo y tierra, que, en tu Hijo Jesucristo, muerto y resucitado, nos has abierto las puertas del Paraíso, como al buen ladrón por tu Espíritu, abre también la mente, el corazón y el alma de tantos hombres y mujeres que viven esclavos del dinero, el poder, el prestigio, la fama, el materialismo o el ateísmo más cerrado. Oremos.

Oración final
Recibe, Padre misericordioso, las súplicas que te hemos presentado y tantas otras búsquedas, dolores, inquietudes, interrogantes y tristezas que produce el acontecimiento de la muerte de seres queridos; por la gracia del Espíritu Santo y la intercesión de la Virgen María, haznos vivir en la amistad de tu Hijo, en el seno de la Iglesia y esperando alcanzar la eterna bienaventuranza. PNSJ.

Miguel Ángel Arribas, Pbro.

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