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Con mirada eucarística (marzo 2021)

17 marzo 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2021.

Un santo de la puerta de al lado

Con la expresión de «santos de la puerta de al lado» el papa Francisco se refiere no solo a los «ya beatificados o canonizados», sino a los hombres y mujeres, seres anónimos, desapercibidos, que aspiran en su vida a un destino de santidad. «Me gusta –continúa diciendo– ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos» (Gaudete et exultate, 6-9).

Precisamente uno de esos santos de la puerta de al lado, nosotros diríamos que hasta de la puerta de atrás, es san José el artesano, el esposo de María, el padre de Jesús, que supo cumplir callada, silenciosamente, sin ningún tipo de ostentación, con su compromiso existencial en esta vida, siempre escuchando al otro, a la voz de Dios, siempre demostrando fidelidad a su deber.

Escuchar a Dios
No estamos solos en este mundo, aunque con demasiada frecuencia el hombre de hoy se muestra aislado, egoísta, insumiso. A veces cada cual camina como si el otro no importara, como si los problemas de los demás no fueran también míos. La soledad invade a la sociedad actual. Una pandemia asola al mundo y, a pesar de que no se reconozca, se impone la ley insolidaria de «sálvese quien pueda». No se escuchan las voces de los otros.

Y escuchar es más que oír. Es atender, apreciar, ayudar, sacrificarse. En estas prisas del mundo que acaba de paralizar un virus es preciso detenerse, buscar otros caminos, tomar el aire que viene de otra parte que no sea el del propio egoísmo personal.

Un día a José la vida se le complicó para siempre, una vida que comenzaba a echar a andar. Hay que situarse en aquella sociedad de entonces, donde el adulterio de la mujer estaba penado con la lapidación. Y la mujer con la que iba a casarse acababa de –al parecer– cometer adulterio. El mundo establecido, su mundo personal se le vino abajo, nada ya podría ser como antes.

Pero José no se paró en sí mismo, alzó la vista más allá de su propio ombligo y se puso a escuchar a los otros, escuchar a Dios. El habla en sueños de José con el ángel no es otra cosa que el establecimiento del diálogo que el hombre necesita para encontrar la verdad. Desgraciadamente en esta época que estamos viviendo hay mucha escasez de encuentros. Todo se impone, nada se acuerda, la verdad se disfraza y se oculta y se convierte en mentira.

Y porque José escuchó, fue posible la historia de un mundo nuevo, diferente, distinto al anterior. Fue posible la redención por el amor.

El compromiso del deber
En este gran teatro del mundo –como ya dijo Calderón– cada uno tenemos que desempeñar el papel que nos ha tocado en la representación. No es otra cosa que el proyecto de vida que nos hemos dado para los años que nos toca pasar por esta tierra. Si se quiere expresar con otras palabras, es la conocida como vocación, a cuya llamada respondemos y en cuya realización aspiramos a ser felices.

La santidad consiste en estar permanentemente comprometidos con nuestro deber, con nuestra misión, para lo cual no debemos escatimar esfuerzos, sorteando y superando las dificultades que se nos presenten a lo largo de nuestra andadura personal, para así poder decir, como Jesús al final de la vida: «Todo está cumplido».

Y eso fue lo que hizo José de Nazaret, cumplir cabalmente con su compromiso de esposo y padre putativo de Jesús. Con María, su mujer, hizo el viaje de Nazaret a Belén, por cuestiones legales de empadronamiento, recorriendo en caravana más de 150 km; y la asistió en el parto que tuvo lugar en una cueva de pastores. Presentó a su hijo Jesús en el Templo, tal y como prescribía la ley judaica; y, cuando supo de la matanza de niños ordenada por el rey Herodes, no dudó en exiliarse en el vecino Egipto, a fin de preservar la vida de su hijo. Y de Egipto regresó de nuevo a Nazaret, cuidando de su mujer y educando a su hijo en la medida de sus posibilidades. Así de sencillo.

Pero también así de noble y de fuerte, venciendo todos los miedos, arrostrando todas las dificultades, superando todos los obstáculos, aceptando sin queja las duras condiciones de un desterrado. José, un hombre justo; porque la justicia, en definitiva, consiste en cumplir con el deber.

El poder de la fidelidad
Cuánto miedo hay desperdigado en este tiempo de pandemia, cuánta responsabilidad rehuida, cuánto compromiso disfrazado o roto, cuánta responsabilidad relegada, cuánta verdad disfrazada, cuánta injusticia. Y todo porque el hombre de hoy está escaso de fidelidad. Fidelidad viene de fe, esa fuerza superior, parte divina del ser, que proporciona toda la energía para perseverar, para resistir, para esperar. Y José estaba poseído por la fidelidad.

En toda su vida en esta tierra José de Nazaret demostró ser un hombre fiel. En tal sentido hay un episodio en esa vida donde puede observarse especialmente tal actitud. Cuando Jesús tenía 12 años, en uno de sus viajes anuales a Jerusalén por la fiesta de la Pascua, éste se perdió en el Templo. Así relata literalmente el evangelista (cf. Mt 2,48-49) cuando sus padres lo encontraron: «Al encontrarlo, se emocionaron mucho y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así? Tu padre y yo te buscábamos muy preocupados. Él les contestó: ¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que tengo que ocuparme de los asuntos de mi padre?».

José calla, ni una sola palabra de reproche. Desde que se casó con María sabe el origen divino del niño que hace unos años nació en Belén. Sabe la verdad, y sabe también defenderla con la fidelidad del silencio.

Teresa y Lucrecio, matrimonio UNER
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