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25 de marzo: Solemnidad de la Anunciación del Señor

25 marzo 2021

Artículo publicado en la revista El Granito de Arena de marzo de 2021.

Madre y esperanza nuestra

Los hombres no somos ángeles celestiales, demonios infernales, ni rutilantes supermanes autosuficientes, sino simplemente hombres: seres humanos, inteligentes, conscientes y libres; creados a imagen y semejanza del Creador hace unos cincuenta mil años según un complejísimo plan preconcebido; y no somos uno ni dos sino miles, millones, billones… Los hombres debemos poner nuestra confianza y esperanza en Dios, que no es solo la cuestión crucial, la clave del misterio del Universo, sino nuestro esperanzador destino.

Un Universo como el nuestro es impensable sin Dios y sin hombres, y si tuvo un origen requiere también un propósito y su culminación final. Darwin, el padre de la teoría de la evolución, dejó escrito: «Jamás he ignorado la existencia de Dios. Pienso que la teoría de la evolución es totalmente compatible con la fe en Dios. El argumento máximo de la existencia de Dios me parece la imposibilidad de demostrar y comprender que el universo inmenso, sublime sobre toda medida, y el hombre hayan sido frutos del azar». Los hombres somos insólitas y extraordinarias criaturas, pero imperfectas, débiles y efímeras: los reyes de la Creación, nacidos para el amor y la verdad, la felicidad, la creatividad y la eternidad; no para el vicio, el inmovilismo, la violencia y la barbarie. Nuestra alegría debe ser vivir con intensidad y hombría de bien, disfrutar de las maravillas del Universo y de la superioridad intelectual y espiritual de nuestra especie; y nuestro deber y recompensa, fomentar el progreso y desarrollo moral, social, cultural, científico, tecnológico y económico de la humanidad.

Esperanza humana
La esperanza humana debe aspirar a encontrar el camino para descubrir a Dios, al Universo y al hombre y contribuir a hacer grande la obra de Dios. La inteligencia busca incansablemente la verdad y no se deja engañar por nada ni por nadie, y la conciencia nos mueve a hacer el bien y a rechazar el mal. La ciencia es cerebral e inflexible y solo admite como cierta la verdad positiva de los hechos incuestionables, y los científicos, como otros muchos hombres, tenemos una curiosidad y ansia insaciables de saber y una fe a prueba de bomba en la realidad de la naturaleza y del hombre, en todo lo que buscamos e investigamos con tanto ahínco y entrega. Y tenemos también la esperanza avalada por la evidencia de que podemos descubrir y revelar su magnificencia y belleza. Pero los hombres necesitamos no solo creer y saber sino amar y confiar. El poder de la esperanza proviene de la fe en Dios, en la verdad y el bien. Dios es luz, amor y verdad. Un mundo sin Dios es un mundo a oscuras, sin esperanza. Los hombres debemos dar responsablemente todos los días gracias a Dios y a nuestros padres que nos dieron la vida, por los dones de la Creación: luz, agua, aire, tierra… y por las sabias leyes naturales que gobiernan desde el principio el Universo y, en particular, nuestro sistema solar, la vida en nuestro planeta y a nosotros mismos. La vida, y en especial la vida humana, no es una banalidad sin sentido, sino un fascinante y hermoso milagro.

La esperanza cristiana es una reconfortante realidad presente desde hace dos mil años que cree con firme convicción en Dios y el hombre, en un ideal basado en el respeto y cumplimiento de la ley moral, en las enseñanzas de las Escrituras y especialmente del Evangelio, y en el triunfo de los valores del Espíritu: verdad, bondad y belleza, hasta hacerlos suyos y dar su vida por ellos. No hay nada más grande y poderoso en nuestras vidas que el amor, un amor siempre vivo que procede de Dios. El amor de Dios es nuestra verdadera esperanza y supera toda temporalidad; ni siquiera la verdad lo iguala, y suya será la victoria. Puede quizás causar extrañeza que un científico –biólogo por más señas– que sabe que saber es certeza, y creer confianza y esperanza, pero no certeza, manifieste firme y conscientemente este criterio con conocimiento y sensibilidad anteponiendo a la verdad el amor, si bien subrayando que la verdad es, junto al amor, punto esencial para la esperanza.

Esperanza maternal
Cuando una vez le pregunté de improviso a mi hermana Carmen, religiosa del Carmelo en el convento de la Encarnación de Cuerva (Toledo), de quien se fiaba más, si del corazón o de la cabeza, me respondió de inmediato, sin pensarlo siquiera, que del corazón; señal de que lo había meditado antes miles de veces. Así sienten, piensan y esperan los que han entregado por completo todo su ser a Dios y a su Madre. El corazón –que no piensa, pero siente– y la esperanza –que cree y confía en Dios– ganan la batalla a la mente en los terrenos donde esta no puede llegar con su enorme poder de raciocinio, sus ambiciones y potentes resortes económicos. Muchos sabios, filósofos y moralistas han alzado su voz para prevenirnos de que el poder y la ciencia sin conciencia son terribles. Pero el amor del corazón puro y la recta verdad de la razón son bienhechores y en cierto modo divinos. El culto y sensible poeta santanderino Gerardo Diego expresó hermosamente estas ideas y sentimientos en el siguiente verso, inspirado en el amor a Dios:

«Para llegar a Dios
no hay más camino
que el del amor
que vence y perdura».

La esperanza mariana de los cristianos se fundamenta en la creencia evangélica de que la Virgen María es por obra del Espíritu Santo –el verdadero protagonista divino de la Encarnación– Madre de Jesús, el Salvador del género humano. Dios, Padre del Verbo y Creador del Universo, eligió desde el principio a la Virgen María nada menos que para ser Madre de su Hijo Jesucristo, el Mesías de Israel, el Ungido de Dios con su Santo Espíritu. María es la estrella de la esperanza que nos guía en este complicadísimo mundo para que no naufraguemos. Después de despedir con júbilo a su Hijo en la Ascensión y de recibir al Espíritu Santo en Pentecostés, la Virgen María ascendió a la Gloria y nos espera como Reina de los Cielos junto al Padre y al Hijo para que todos unidos bajo su protección gocemos de una vida perdurable como seres bienaventurados. La Asunción de María es un misterio de alegría y esperanza. ¿Puede el hombre, pobre criatura terrenal aspirar a más, soñar algo más bello? Para que iniciara mi camino en pos de Ella, mi madre me presentó recién nacido a Nuestra Señora de Gracia en la iglesia de la Asunción de Carmona –ciudad histórica y de santos, «lucero de Andalucía», donde vi la luz un amanecer del solsticio de invierno de 1929– confiándome a Ella llena de esperanza maternal.

Esperanza eterna
Los hombres que hemos vivido mucho sabemos lo corta y rápida que es la vida y, aunque se solapen entre sí sus cuatro etapas: infancia, juventud, madurez y ancianidad, tenemos clara experiencia de que son irreversibles y están bien definidas desde la concepción hasta la muerte. ¡Qué milagro inicial la concepción y qué nulidad la muerte! Cuesta hacerse a esta idea y por eso la rehuimos de continuo, pero sabemos con seguridad que en este mundo todo es transitorio y secundario, que al morir dejamos aquí todo y a todos, y que tras la muerte ineludible lo sabremos todo para siempre o no sabremos nunca nada. La muerte es una realidad incontestable, y lo que sea después, será. No hay alternativa posible ni cabe la menor duda. Pero ¿acaba la esperanza con la vida o empieza con la muerte la esperanza? Aunque la esperanza humana esté en crisis, hay que tener fe firme en Dios y en nuestro destino. A los hombres que conscientemente confiamos en Dios, en su Madre y también en los propios hombres, nos queda la esperanza cristiana salvadora, basada en la palabra de Jesús, de que el mal no prevalecerá. Pero ¿es nuestra vida solo la de este mundo o es verdad la fe cristiana? ¿hay o no bien fundadas razones para la esperanza, para no temer, para no vivir agobiados por la pesadumbre del sentimiento trágico de la vida, para vivir creyendo en la otra vida, en la vida inmortal?

Según san Pablo, la resurrección de Cristo fue primicia: ni nuestra fe ni nuestra esperanza son falsas ni vanas. De acuerdo con san Lucas, Jesús se despidió en la Ascensión bendiciendo a sus discípulos, que por ello volvieron de Betania a Jerusalén con gran júbilo. Como ha subrayado Benedicto XVI en su segundo libro Jesús de Nazaret, esta es la razón permanente de la alegría cristiana. ¿Será así de alegre, deslumbrante y gloriosa nuestra despedida de este mundo y nuestro esperado vuelo al cielo? Esta es nuestra esperanza eterna.

Los cristianos creemos con fe sincera –pero ¡cuánto le cuesta al mundo aceptarlo!– que en la noche del Sábado Santo Jesucristo pasó de la soledad y oscuridad más absolutas del sepulcro a la luz de su Reino y que con su resurrección nos dio a todos los hombres la esperanza de poder gozar de la vida perdurable, y así lo proclamamos llenos de alegría cada Domingo de Pascua con el ¡Aleluya! También nosotros esperamos, y así se lo pedimos con fe millones de veces en el rosario a la Virgen María, que en la hora de nuestra muerte Ella, la Madre del Hijo de Dios y Madre nuestra, ruegue a Dios por nosotros para que perdone nuestros pecados. Y sobre todo confiamos que Ella misma nos consuele y aleje nuestras dudas, temores y angustias diciéndonos con todo su cariño y ternura maternal: ¡No temas, hijo mío, duérmete tranquilo, descansa en paz, no pierdas la esperanza! ¡Pronto estarás a mi lado! ¡Yo te llevaré a un mundo nuevo en el que reinan el amor, la paz y la belleza! ¡No estás abandonado ni dejado de la mano de Dios, sino en mis manos, en los brazos de la Virgen de la esperanza!

Manuel Losada Villasante

Colaborador excepcional
El Granito cuenta en este número con un colaborador excepcional, el Prof. Manuel Losada Villasante, químico, biólogo, doctor en Farmacia. Formado en Alemania y en Estados Unidos, dirigió el Instituto de Biología celular del CSIC en España, cargo que dejó para pasar a ser catedrático de Bioquímica en la Universidad de Sevilla. Es miembro de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica, Doctor Honoris causa por cuatro universidades, e hijo predilecto de Andalucía.

Agradecemos al Prof. Losada que, desde su óptica de investigador de las ciencias, profesor universitario, pero también de cristiano y de hombre preocupado por los problemas que aquejan a nuestra sociedad, nos haya prestado estas hermosas palabras llenas de esperanza y amor a la Virgen, para saborear en la hermosísima fiesta de la Encarnación.

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